Proyecto Cupido

EmboscadaCupidoLa idea quizá parezca descabellada, pero como el cine es así, me he propuesto «reinterpretar» el guión que Juan Bautista Alfonseca escribió para Las emboscadas de Cupido[1], segunda película de Francisco Palau, estrenada en marzo de 1924.

Como saben, los negativos de este filme se perdieron durante el ciclón San Zenón y las únicas referencias proceden de reseñas escritas en Listín Diario, los ensayos de José Luis Sáez y el trabajo documental de René Fortunato.

Mi idea es aprovechar estas fuentes, la lista de locaciones y los pocos fotogramas que se conservan, para escribir una versión de la comedia que, según los críticos, imitaba en argumento y estructura a las películas italianas o «americanas» de la época.

El guión respetará las convenciones del cine mudo. Y para hacerme una idea del lenguaje visual utilizado por Alfonseca y Palau, estoy consultando películas del período 1915-1922 que pudieron influir al momento de concebir la historia.

Por ahora, la gran tarea es determinar con precisión el argumento porque hay muchas diferencias entre el resumen de Fortunato y, por ejemplo, las notas firmadas por el crítico puertorriqueño Santiago Indalecio Rodríguez.

El guión definitivo estará disponible para su filmación. Informaré por esta vía de los avances en escritura.


[1] En su libro Escritos de cine, René Fortunato se refiere a la película en singular: La emboscada de Cupido.

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El oficio desdeñado

GuionistasEscribiendo

John Laroche: Look, we’re not lost (Adaptation)

Aunque no pretenda contagiar la euforia que desbordan muchos artículos sobre el cine en República Dominicana, admito que aquel sueño candoroso de Francisco Palau (pionero de nuestra cinematografía) es por fin una realidad en la que germinan artistas y técnicos necesarios para despegar como industria. Hace apenas seis años, la filmación simultánea de varias películas era inusual. Hoy sucede y, por si fuera poco, cada estreno confirma que existe un público no formidable, pero sí interesado en historias con etiqueta «erredé».

El futuro infunde aliento. La entrada en vigencia de la Ley 108-10 para el Fomento de la Actividad Cinematográfica que, entre otros objetivos, aspira convertir a nuestro país en un destino seguro para filmar, así como la esperadísima apertura de Pinewood Indómina Studios —el complejo de rodaje más completo del Caribe—, son pruebas irrefutables de que nuestro cine importa, progresa y algún día será un negocio rentable.

Hasta aquí todo luce esperanzador. La resistencia a producir cintas dramáticas (La lucha de Ana, Bladimir Abud) está desapareciendo. Nuestras películas ganan premios (La hija natural, Leticia Tonos, tercer lugar del Audience Choice Award del Festival de Cine de Chicago). Y desde su portal de internet, la Dirección General de Cine (DGCINE) ofrece un catálogo de profesionales vinculados al quehacer cinematográfico: editores, gaffers, encargados de vestuario, etcétera.

Podría aplaudir de satisfacción, pero mientras el trabajo de directores y actores se reconoce públicamente, los guionistas seguimos siendo esos parientes desconocidos del álbum cinematográfico, gente nombrada únicamente cuando algún crítico dice: «Nuestro cine necesita buenos escritores». Aunque 2012 fue productivo en número de películas, para mí representó un tanteo. En otros países, la figura del director-autor no es regla, pero la mayoría de productores dominicanos aún respaldan esta idea.

Si piensas que exagero, echa un vistazo a los filmes del pasado año: la mayoría fueron escritos por sus directores o son resultado de «colaboraciones» (Jaque Mate, El rey de Najayo). La perspectiva para 2013 se vislumbra idéntica, pues salvo contadísimas excepciones (Biodegradable, ópera prima de Juan Basanta, con guión de Marcel Fondeur), nos esperan muchas películas escritas, dirigidas y hasta producidas por la misma persona.

Cada vez que comparto con aspirantes a guionistas me entra la curiosidad. Vender un guión en República Dominicana es complicado; y nuestro oficio, fatigoso. ¿Por qué anhelan entonces escribir para cine o televisión? Si es por glamour o reconocimiento, perderán su tiempo: pocos guionistas recorren la alfombra roja o son laureados por un primer guión como Diablo Cody.

Cuidado: no intento que renuncien (imposible, si la necesidad de contar es auténtica), pero me resulta inevitable desmitificar al tipo que crea la «historia perfecta» mientras acaba una cajetilla de cigarrillos y, sin mucho esfuerzo, consigue productor. Ojalá fuera tan simple. El guionista escribe libretos que nunca se filman. El guionista acepta cada revés narrativo y sigue creando. El guionista resuelve conflictos dramáticos, incluso cuando duerme.

Abrir un documento de Final Draft, escoger un lugar insólito para desarrollar la acción y soltar dos o tres diálogos ingeniosos no te hace un escritor cinematográfico. Para ejercer este oficio indispensable y, lamentablemente, poco comprendido, hay una serie de requisitos además de la cinefilia.

Leer no, devorar libros. Es el primer gran error de un principiante: creer que la lectura sobra al momento de escribir películas. El guionista lee. Mucho. Y además de filmes y series completas de televisión, consulta libros sobre dramaturgia, psicología (¿o cómo crees que inventamos personajes creíbles?), historia, etcétera. Los manuales para formatear guión, esos How to tan populares en Estados Unidos, son útiles, pero hacen falta pesos pesados para superar bloqueos creativos: Arte Poética, de Aristóteles; La vida del drama, de Eric Bentley; o El arte de la escritura dramática, de Lajos Egri, por ejemplo.

Paciencia. ¿Sabes por qué muchas películas dominicanas resultan frustrantes? Porque llegan a la gran pantalla con errores básicos de guión: un primer acto demasiado largo, personajes trillados, final predecible o chocante (¿recuerdas la Biblia que sujeta Manuel —Hensy Pichardo— para enfrentar al espíritu maligno en Andrea?). A veces pienso que nuestros cineastas no desean compartir buenas historias, sino llenar salas de cine. Esto explicaría la urgencia de filmar, aun sabiendo que el guión contiene fallos. Un guionista respeta los ciclos creativos, entrega la historia acabada y, cuando es necesario, escribe una nueva versión o tratamiento.

Cultivar ideas. Con frecuencia, la intención de escribir guiones surge así: «¡Tengo una idea buenísima!». Y como escribir novela es tedioso, el «próximo» Paul Haggis dice: «Mejor escribiré una película». ¡Felicidades! Supongo que, además de esa idea única, estupenda y «costosa», tendrás al menos otras 800 para incorporarte al staff de una productora, redactar biblias de series, crear personajes inolvidables, escribir decenas de tratamientos, pulir diálogos en pleno rodaje, pasar de un género a otro… En definitiva, vivir nuestro oficio.

Disponibilidad 24/7. Es obligatoria cuando formas parte de un equipo de escritores. Los guionistas de telenovela, por ejemplo, cumplen calendarios de entrega muy estrictos: un libreto diario. Llevar a efecto estos cronogramas implica trabajar los fines de semana y, sobre todo, de madrugada. Tu adaptación debe ser rápida, pues te aguarda otro ajetreo: «incubación de ideas». Durante la cumbre de guionistas celebrada en Ciudad México, la doctora Linda Seger —autora de La escritura subtexto: lo que está abajo, y consultora de guiones para CBS, ABC, NBC y Disney Animation— explicó que la creatividad es circular, por tanto «tiene que haber tiempo de procesamiento inconsciente». En otras palabras: las ideas no respetan horarios, emergen mientras friegas, trotas, cenas…

Escribir por encargo. Así funciona este negocio: un director envía su argumento y tú desarrollas el guión; un productor compra los derechos de una serie exitosa y te encarga la adaptación. Si tus únicos intereses son musicales, comedias románticas o historias de zombis, empieza a documentarte un poco más. El guionista sabe qué ocurrió durante la Guerra Fría y siente sin reparos las emociones de un asesino. ¿Que cuándo escribirás tus guiones originales? Mientras llega el siguiente proyecto.

En Escritos sobre cine, una compilación de entrevistas y artículos dedicados a la obra documental de René Fortunato, el autor de la trilogía El poder del jefe señala que, aunque alentador, el panorama actual del cine dominicano es también preocupante: «Mientras predomine la “farándula cinematográfica” en el Gobierno y en una parte del conglomerado del sector cine, difícilmente se pueda establecer en nuestro país una industria cinematográfica con bases sólidas».

Comparto esta observación y, de hecho, la puedo extrapolar a nuestro oficio. Así como existe la falsa creencia de que cualquiera puede interpretar un papel, también es falso que cualquiera puede escribir una buena película. Sin guionistas, seguiremos como una «familia cinematográfica», pero jamás nos convertiremos en industria. Si en verdad quieres contar historias, el futuro del cine dominicano te pertenece. Tarde o temprano, los productores reconocerán la importancia de nuestro trabajo. Una producción exitosa es idéntica a una constelación: brilla porque suma talentos.

Publicado en la revista El grito (#1, febrero de 2013).

Salvación y renuncia

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(Respuesta a un amigo preocupado porque el protagonista de mi obra Puntada sin hilo es transexual).

La renuncia entendida como necedad es quizá el tema más reiterado en ópera. Norma, la sacerdotisa que Romani perfiló para Bellini con lograda complejidad psicológica, rechaza inmolar a su rival Adalgisa y, por lealtad al pueblo celta, acepta la hoguera. Entre los dramas de Verdi, Aída destaca por ilustrar la crudeza que, a veces, conlleva renunciar: la esclava etíope rehúsa abandonar Egipto y, mientras un coro glorifica al dios Ptah, se entierra viva con Radamés. En otras tragedias líricas, el final es menos sobrecogedor, pero entraña algún tipo de renuncia. La muerte de Carmen, por ejemplo. La gitana está enamorada de Escamillo, pero Don José no quiere renunciar a ella y, cegado por los celos, la apuñala.

Ya sea con canciones o diálogos, el teatro representa estos actos de renuncia porque a través de ellos surgen héroes y antagonistas. Para Aristóteles, el «error trágico» constituye la esencia dramática y básicamente significa necedad. Él o ella renuncia a cumplir leyes humanas o designios divinos y, como cree que actúa correctamente, impone su voluntad. Esta firmeza de carácter supone soberbia. De ahí que Antígona sea la necia por excelencia: desobedece al rey de Tebas y efectúa los ritos fúnebres prohibidos para su hermano Polinices.

Regina, la protagonista de Puntada sin hilo, es otra rebelde trágica. Aunque no encara a un gobernante, al igual que la hija de Edipo, se niega a obedecer, pues lucha contra la imposición que representa su cuerpo. Ambos personajes tienen un desenlace fatal. Mientras Antígona es condenada por violar un edicto, Regina renuncia al tratamiento que podría salvar su vida. La primera afronta una muerte espantosa sin arrepentirse, la segunda acepta dolores terribles antes que traicionar su condición de mujer transexual.

Si morir es consecuencia habitual de enfrentar el destino cuando se obra por reflexión y elección, esto no equivale necesariamente a desgracia. Talvez parezca paradójico, pero tanto Regina como Antígona hallan salvación en sus actos de renuncia: la redención pura que alcanzan únicamente quienes son fieles a sí mismos.

Los medios de comunicación excluyen el heroísmo cotidiano. Basta echar un vistazo a internet o ver noticiarios para confirmar que nuestra sociedad reserva la etiqueta de héroes a protagonistas de hazañas espectaculares: bomberos que rescatan heridos en atentados terroristas, pilotos que realizan acuatizajes exitosos, mujeres que participan en misiones espaciales… El heroísmo propio de la vida ordinaria no interesa, mucho menos si involucra a transexuales. Estas mujeres atrapadas en cuerpos masculinos son auténticas heroínas trágicas, pues viven en todo momento las consecuencias de su «necedad»: asumir la identidad negada.

En República Dominicana, el desprecio hacia la transexualidad está muy arraigado. Un hombre que adopta comportamientos de mujer se juzga por inmoral. Y cuando adquiere caracteres femeninos mediante hormonas e intervención quirúrgica afronta la burla. El primer «contacto» con individuos que se sienten del otro sexo sucede a través de comedias, sketches que ridiculizan amanerados, o programas de televisión que confunden visibilidad con actos escandalosos, restando así seriedad a un tema poco comprendido.

No escribí Puntada sin hilo como obra reivindicativa, sino para reflexionar sobre el valor de la lealtad hacia uno mismo: más allá del dilema que confronta Regina («¿cuál es la salvación? ¿Aceptar el tratamiento y curar mi cuerpo? ¿O morir sin defraudar a la mujer que soy?»), hay una persona que enfrenta sus temores y actúa contra toda oposición. El amor, la amistad, los lazos familiares, el perdón y la muerte también están presentes en esta historia que evita clichés para profundizar en una forma más compleja (pero gratificante) de superación.

Debido al éxito de la literatura de autoayuda, el autoconocimiento hoy se aborda muy a la ligera. Sin embargo, comprender nuestra conducta, moral y pensamientos fue siempre motivo de reflexión entre los filósofos de la antigüedad. Saber quiénes somos es deber, no elección. Asimismo, ser fieles a nuestras convicciones. Regina vive esta disyuntiva en carne propia y, aunque su decisión es extrema, hace patente una gran certeza: hay renuncias que son caminos de salvación.

En la fotografía: los actores Miguel Conde (Regina) y Marco Treviño (Gaspar) en una de las escenas de ‘Puntada sin hilo’, obra que formó parte del montaje Instantáneas, dirigido por Aurora Cano en el Foro Ludwik Margules.