Salvación y renuncia

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(Respuesta a un amigo preocupado porque el protagonista de mi obra Puntada sin hilo es transexual).

La renuncia entendida como necedad es quizá el tema más reiterado en ópera. Norma, la sacerdotisa que Romani perfiló para Bellini con lograda complejidad psicológica, rechaza inmolar a su rival Adalgisa y, por lealtad al pueblo celta, acepta la hoguera. Entre los dramas de Verdi, Aída destaca por ilustrar la crudeza que, a veces, conlleva renunciar: la esclava etíope rehúsa abandonar Egipto y, mientras un coro glorifica al dios Ptah, se entierra viva con Radamés. En otras tragedias líricas, el final es menos sobrecogedor, pero entraña algún tipo de renuncia. La muerte de Carmen, por ejemplo. La gitana está enamorada de Escamillo, pero Don José no quiere renunciar a ella y, cegado por los celos, la apuñala.

Ya sea con canciones o diálogos, el teatro representa estos actos de renuncia porque a través de ellos surgen héroes y antagonistas. Para Aristóteles, el «error trágico» constituye la esencia dramática y básicamente significa necedad. Él o ella renuncia a cumplir leyes humanas o designios divinos y, como cree que actúa correctamente, impone su voluntad. Esta firmeza de carácter supone soberbia. De ahí que Antígona sea la necia por excelencia: desobedece al rey de Tebas y efectúa los ritos fúnebres prohibidos para su hermano Polinices.

Regina, la protagonista de Puntada sin hilo, es otra rebelde trágica. Aunque no encara a un gobernante, al igual que la hija de Edipo, se niega a obedecer, pues lucha contra la imposición que representa su cuerpo. Ambos personajes tienen un desenlace fatal. Mientras Antígona es condenada por violar un edicto, Regina renuncia al tratamiento que podría salvar su vida. La primera afronta una muerte espantosa sin arrepentirse, la segunda acepta dolores terribles antes que traicionar su condición de mujer transexual.

Si morir es consecuencia habitual de enfrentar el destino cuando se obra por reflexión y elección, esto no equivale necesariamente a desgracia. Talvez parezca paradójico, pero tanto Regina como Antígona hallan salvación en sus actos de renuncia: la redención pura que alcanzan únicamente quienes son fieles a sí mismos.

Los medios de comunicación excluyen el heroísmo cotidiano. Basta echar un vistazo a internet o ver noticiarios para confirmar que nuestra sociedad reserva la etiqueta de héroes a protagonistas de hazañas espectaculares: bomberos que rescatan heridos en atentados terroristas, pilotos que realizan acuatizajes exitosos, mujeres que participan en misiones espaciales… El heroísmo propio de la vida ordinaria no interesa, mucho menos si involucra a transexuales. Estas mujeres atrapadas en cuerpos masculinos son auténticas heroínas trágicas, pues viven en todo momento las consecuencias de su «necedad»: asumir la identidad negada.

En República Dominicana, el desprecio hacia la transexualidad está muy arraigado. Un hombre que adopta comportamientos de mujer se juzga por inmoral. Y cuando adquiere caracteres femeninos mediante hormonas e intervención quirúrgica afronta la burla. El primer «contacto» con individuos que se sienten del otro sexo sucede a través de comedias, sketches que ridiculizan amanerados, o programas de televisión que confunden visibilidad con actos escandalosos, restando así seriedad a un tema poco comprendido.

No escribí Puntada sin hilo como obra reivindicativa, sino para reflexionar sobre el valor de la lealtad hacia uno mismo: más allá del dilema que confronta Regina («¿cuál es la salvación? ¿Aceptar el tratamiento y curar mi cuerpo? ¿O morir sin defraudar a la mujer que soy?»), hay una persona que enfrenta sus temores y actúa contra toda oposición. El amor, la amistad, los lazos familiares, el perdón y la muerte también están presentes en esta historia que evita clichés para profundizar en una forma más compleja (pero gratificante) de superación.

Debido al éxito de la literatura de autoayuda, el autoconocimiento hoy se aborda muy a la ligera. Sin embargo, comprender nuestra conducta, moral y pensamientos fue siempre motivo de reflexión entre los filósofos de la antigüedad. Saber quiénes somos es deber, no elección. Asimismo, ser fieles a nuestras convicciones. Regina vive esta disyuntiva en carne propia y, aunque su decisión es extrema, hace patente una gran certeza: hay renuncias que son caminos de salvación.

En la fotografía: los actores Miguel Conde (Regina) y Marco Treviño (Gaspar) en una de las escenas de ‘Puntada sin hilo’, obra que formó parte del montaje Instantáneas, dirigido por Aurora Cano en el Foro Ludwik Margules.

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