La última carta de Wesolowski

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Por Miguel Piccini*

Son las cinco de la mañana de un viernes de agosto. En el Colegio de los Penitenciarios, de Ciudad del Vaticano, un franciscano recorre los pasillos. De pronto, a sus oídos llega un rumor de voces. El religioso se acerca a una puerta, toca dos veces, pero nadie abre. Tras una espera de varios segundos, grita un nombre, pero tampoco recibe respuesta.

El franciscano lleva su mano al pomo, respira hondo y empuja la puerta. Una luz azulada baña las paredes y los muebles de una habitación pulcra. Delante del televisor encendido hay un hombre de cabello blanco, frente ancha y mofletes. Es Josef Wesolowski y, aunque tiene los ojos muy abiertos, lleva varias horas muerto…

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Tal vez nunca será posible reconstruir con exactitud las últimas horas de vida del ex nuncio apostólico acusado de abusar sexualmente de adolescentes dominicanos, pero el hermetismo entorno a su muerte sigue propiciando toda clase de especulaciones y teorías, pese a los esfuerzos de la alta jerarquía católica por cerrar el caso.

La nota sobre el entierro divulgada por Associated Press vuelve a plantear interrogantes. Son apenas tres párrafos acompañados por una fotografía de la ceremonia fúnebre. En la imagen, un grupo de allegados espera por el féretro mientras sacerdotes y monaguillos se organizan para despedir al ex prelado. El artículo sería irrelevante, salvo por un detalle: la mención de una carta —o cartas, según la agencia AFP— leída por familiares de Wesolowski durante el sepelio.

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En estas misivas, cuya transcripción no ha sido publicada por ningún medio, el ex nuncio insistía en su inocencia y alegaba que le fueron «atribuidas acciones que jamás cometió». Si las pocas informaciones que se pueden deducir son correctas, se tratarían de cartas enviadas por Wesolowski en fechas indeterminadas y que mueven a sospecha: ¿el ex nuncio presentía su muerte, son mensajes escritos cuando fue recluido en el Colegio de los Penitenciarios… o la revelación de una «despedida premeditada»?

La enfermedad imprecisa, oportuna y suspicaz

La muerte sorpresiva del ex nuncio generó un sinnúmero de hipótesis y no es para menos: con su desaparición física quedaba sin efecto un juicio que pretendía crear precedentes en la historia del catolicismo. Wesolowski era el primer ex obispo bajo arresto en el Vaticano, el primer ex religioso que sería juzgado por casos de pederastia y uno de los pocos en recibir la «degradación al estado laico», pena máxima para un prelado.

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Un día antes de la apertura del juicio, la salud del ex nuncio saltó a los titulares. Su abogado presentó un documento en el que certificaba que había sido ingresado la noche anterior en el hospital romano Gemelli. En aquel momento se habló de problemas cardiacos, pero poco después fuentes no oficiales del hospital declararon a la agencia AFP que Wesolowski habría tratado de suicidarse con una mezcla de medicamentos y alcohol.

A partir de entonces, las conjeturas más variadas sobre el estado real del ex nuncio se empezaron a propalar en todos los corrillos. Algunos medios señalaron que Wesolowski padecía problemas cardiacos, otros se limitaron a destacar unos quebrantos tan imprecisos como «apropiados» para evitar los tribunales, pero la hipótesis del intento de suicido continuó gravitando sobre Ciudad del Vaticano.

Finalmente, a las pocas semanas, el ex diplomático, que había nacido 67 años antes en la ciudad polaca de Czorsztyn, fue hallado sin vida en el apartamento donde guardaba prisión y, de inmediato, la autoridades explicaron que su muerte se había producido por «causas naturales», información confirmada días después a través de la autopsia encargada por la propia cúpula católica.

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Descorrer el velo tan tupido que cubre esta muerte, encargar otro examen al cadáver, entrevistar a las últimas personas que estuvieron con Wesolowski, romper la legendaria reserva del Vaticano suena a labor titánica, pero el Gobierno dominicano debería asumirla si aún pretende llevar algo de justicia a las víctimas del ex nuncio. Para empezar, habría que publicar el contenido de las citadas cartas, pero también investigar quiénes son las fuentes del hospital Gemelli que, aquella noche de julio, dijeron a los periodistas de AFP que Wesolowski había tratado de quitarse la vida con una mezcla de alcohol y pastillas.

(*) Publicado en la revista digital Retina

Notas: las fotografías pertenecen a agencias y medios digitales. Si desea que no aparezcan en esta nota, agradeceré me envíe un mensaje a piccini.miguel@gmail.com. 

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Cuatro observaciones para Hipólito

1- “Hay gente que quiere modificar todo a uno, hasta cómo sentarse. Tendré que sentarme como un mariconcito”.

Como ya conoce la forma de sentarse de un “mariconcito”, no vendría mal una demostración. Digo: para alertar a la ciudadanía. De este modo, si un hombre cruza las piernas, la gente podrá gritar: “¡Peligro! ¡Un mariconcito!”.

Me sorprende su mala memoria. En el pasado, para referirse a los homosexuales, usó una expresión más denigrante y dominicana: “pájaro”. Sin embargo, en aquella ocasión, el colectivo LGTB resultaba favorable para sus aspiraciones.

(Ver desde el minuto 2:00 hasta el minuto 2:15)

TRANSCRIPCIÓN:

Hipólito Mejía: Yo tuve un movimiento: ‘Pájaros con Hipólito’. En Esperanza.

(Carcajadas de los tertulianos, entre ellos Ramón Núñez) 

Huchi Lora: (burlón) ¿¡Qué!? Eso… no puede ser, ombe…

Hipólito Mejía: ¿Qué tú quieres? Son una realidad. Hay muchísimos. Y nada más inscribió (el movimiento) a seis (al partido).

(Más risas burlonas de los tertulianos)

Hipólito Mejía: Esos pájaros son ricos todos. Ahí no hay pobres…

2- ”No, yo quiero ser como soy, al pan, pan, y al vino, vino… Mucha gente dice ‘tú no deberías decir eso’. Lo digo y qué”.

Lea esta oración cinco veces para que entienda su gran contradicción.

“Usted quiere ser como es” (y lo hace, no cabe duda). Y eso mismo desean homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, etcétera. Perdón, para que me entienda: “el gremio de los mariconcitos”.

Mucha gente considera que usted es bruto por su forma tan campechana de expresarse. Asumo que no le molesta.

3- “‘Creced y multiplicaos’ y así no se crece. No hay forma de embarazar a un compañero tuyo”.

La realización personal no se alcanza necesariamente con hijos. Hay hombres y mujeres estériles, parejas heterosexuales que deciden no dejar descendencia.

Me vuelve a sorprender, mi querido. Reduce la sexualidad a la procreación. Usted que pregona “dar estilla”.

4- “Si a mí me toca firmar un decreto de matrimonio (igualitario), yo no lo firmo” (entrevista anterior).

Para firmar un decreto tendría que ser presidente y con estas declaraciones tan desafortunadas le costará muchísimo…

Aquí la nota publicada por El Diario NY:

http://www.eldiariony.com/hipolito-mejia-crea-polemica-por-comentarios-anti-gay

 

Ondas de un recuerdo

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Escuchar la radio fue fundamental en la vida de mi abuela.

Ella pertenecía a una generación de mujeres sin presencia pública, y, tal vez por eso, hizo del radiorreceptor su fuente para penetrar al mundo y sobrevivir en una sociedad convulsa, regida por las balas y el desorden.

La banda sonora de mi infancia está ligada a sus radionovelas favoritas, los jingles de la emisora HIZ, las ocurrencias de Tres Patines y los análisis políticos de Tribuna Democrática, un programa que me hacía escuchar aunque no comprendiera el significado de PRD o PLD, ni la razón de su enojo cuando el locutor mencionaba a un tal Balaguer.

Mi abuela solo parió hijas y sentía predilección por sus nietos varones, cosa que yo aproveché en mi condición de «el más pequeño» y, sobre todo, por vivir pegado a su falda.

Mi abuela era la mujer más cariñosa del mundo, pero también la más severa. Te podía felicitar si sacabas buenas calificaciones y, acto seguido, soltarte un rapapolvo porque llevabas los zapatos sucios.

Mi abuela nació en 1908 cuando la ausencia de un orden constitucional permitía revueltas, caciquismos, dictaduras, y el pobre Mon Cáceres trataba de organizar la aldea amurallada que era Santo Domingo.

Mi abuela vivió los principales acontecimientos del siglo XX que yo aprendí en la escuela. Era niña cuando los marines ocuparon el país, una adolescente mientras gobernaba Horacio Vásquez y una mujer con hijas durante la dictadura de Trujillo.

Mi abuela perdió su casa del barrio San Carlos y a su primogénita —mi tía Lourdes, tres meses de nacida— bajo la furia del ciclón San Zenón.

Mi abuela sufrió la desaparición de un sobrino en las cárceles trujillistas y nunca ocultó su desprecio hacia el calié de la familia.

Mi abuela defendía al PRD de Juan Bosch, admiraba a Peña Gómez y hablaba de la Revolución de Abril con detalles casi cinematográficos. Porque mi abuela —una mujer que apenas sabía garrapatear números— era una narradora excepcional.

Una vez me contó el viaje que hizo en goleta desde Santo Domingo a San Pedro de Macorís.

La situación económica de su familia era precaria y mi bisabuelo Abad Romero decidió probar suerte en la industria azucarera. Mi abuela tenía seis o siete años y recordaba con emoción el olor del mar, las muñequitas de trapo que hacían sus hermanas en cubierta y la entrada del bote al río Higuamo…

Cuando hizo falta, mi abuela lavó ajeno, vendió juguetes, cosió por encargo. Mi abuela era divertida, sencilla, amorosa.

Mi abuela Caridad Saldaña (La Cari, doña Cari) hoy tendría 106 años y la pequeña radio de sus últimos meses de vida es mi herencia más preciada.

El patricio rentable

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Un librito que influyó en mi generación fue Vida y obra de Juan Pablo Duarte. Este texto era lectura obligatoria en clases de historia, incluía un resumen del famoso Ideario y, para deleite de niños y niñas, una ilustración en cada capítulo. Mi favorita mostraba al patricio como niño nórdico, de ojos azules y mejillas sonrojadas, garabateando las primeras letras en compañía de su madre.

Con el tiempo descubrí que aquel grabado idílico, propio de un cuento de Jacob Grimm, no era fiel a su biografía. Doña Manuela Díez, la madre de Juan Pablo, era analfabeta, y para mayor sorpresa, solo existía un retrato auténtico del patricio. Desde entonces, hablar de Duarte me resulta extraño: demasiada ficción entorno a su figura, demasiado oportunista utilizando su nombre.

En estos días de arrebato que vivimos es igual de peligroso no endiosar a Duarte que refutar al extremismo nacionalista. Si haces lo primero, te acusan de «traidor», y si cometes lo segundo, te conviertes en «enemigo». Como resultado, Duarte hoy flota en las aguas de la fábula, alejado de un pueblo que desconoce o no termina de adoptar sus principios.

A medida que las naciones latinoamericanas nacían, alrededor del dirigente independentista se fue tejiendo el mito. La historia reservaría páginas gloriosas a su estrategia política o militar, algunas veces alteradas, otras veces inventadas, pero destacando siempre su mayor virtud: la capacidad de unir fuerzas para configurar un nuevo Estado.

Con Duarte fue peor: su obra quedó a merced de patrioteros y, por efecto, su figura se fue manipulando, transmutando, falseando. Un semidiós sin mácula ni flema. Un idealista plano y aburrido. El niño rubio de mi librito.

Desde un tiempo hacia acá, cada 26 de enero no puedo evitar compadecerme del patricio, pues, aunque fue ideólogo del movimiento independentista, conocedor de las corrientes más liberales de su época y defensor de la unidad racial, su pensamiento político se distorsiona al servicio de intereses partidistas.

Hoy, como cada año, las flores inundarán el Altar de la Patria, veremos funcionarios cantar el himno con manita al pecho, lloverán discursos, advertencias de invasión y los inevitables gritos apasionados. Pero mañana, cuando el fervor patriótico cese y las últimas hordas «duartianas» regresen de la playa, Duarte volverá al lugar de siempre: ese rinconcito del cajón destinado a la bandera.