«Voy a apagar la luz para pensar en ti»

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III

Lloraba tierra.

De tanto repasar una lágrima, un polvo sucio había modelado recodos en la mejilla del hombre. Por alguna razón, ese reguerillo oscuro me pareció otra herida, el rastro de una pena vertida con los ojos clavados en las montañas. La oscuridad comenzaba a devorar el almendro, descendía en sigiloso planeo hacia la finca. Detrás de mí, sin embargo, la cordillera recogía los últimos fulgores. Debido a la expresión detenida en sus ojos, el hombre daba la impresión de encontrarse fascinado con la puesta del sol.

La visibilidad empezaba a ser escasa, pero suficiente para vislumbrar el círculo de las chapas, y sobre la línea casi invisible de lanzamiento, el tenis enlodado del haitiano. La sangre impregnaba camisa y terreno. Un olor penetrante, repulsivo como trago de agua putrefacta, cargaba el aire. Provenía del sudor atrapado en sus axilas y, aunque había reparado antes en ello, fue la evidencia definitiva: no se trataba de Papa.

(Edouard olía a perfume incluso cuando sudaba)

De todos modos, por si acaso, saqué el recorte de periódico del bolsillo. Con un hilo de aliento que apenas me alcanzó para desdoblar el trozo de papel —no conseguía refrenar los sofocos causados por el muchacho de la gorra—, estiré el brazo. Pero inclinada como estaba, la cabeza del haitiano no coincidía con el cuello de Papa. Intenté de nuevo, moviendo mi mano hacia la derecha, pero desde ese ángulo tampoco pude confirmar si aquella cabeza pertenecía al cuerpo decapitado en la fotografía.

De manera que avancé hacia el almendro. Mi pulgar herido palpitó: o la tierra invadía el hueco en la uña, o una corteza se endurecía sobre el dedo. Observé por largo tiempo el recorte. Aunque el encuadre no mostraba pruebas de excesos, los militares sonreían como en francachela. El más gordo sujetaba la metralleta contra el pecho, en actitud altiva, pero tan afectada que resultaba falsa. A su lado, había un soldado risueño con boina y fusil en ristre. A juzgar por su postura, trataba de proyectar una imagen de militar corajudo. Sin embargo, el gesto en su rostro lo traicionaba. Quizá volvía de correrse una juerga, tal vez evocaba una obscenidad cuando el fotógrafo accionó el obturador. Muy cerca del carialegre estaba Papa, el único de los tres con genuina apostura marcial, el único uniformado conforme el reglamento, y el único, desgraciadamente, sin cabeza.

Debajo de la fotografía, fechada en 1994, se podía leer:

 

Los militares patrullan desde ayer las calles de Puerto Príncipe. En la imagen (con boina) Prosper “Bounda” Bellamy, cabecilla del Frente por el Avance y Progreso de Haití, junto a dos golpistas no identificados.

 

«Golpistas». Mi madre balbucía, divagaba, desviaba la conversación, pero nunca explicaba con exactitud qué significaba aquella palabra. Durante mucho tiempo, creí que un golpista hacía eso: propinar puñetazos, romper narices, dejar sin sentido a su rival. Un día, sospecho que cansada de mi preguntas, me confesó que así llamaban en Haití a los «militares importantes». Experimenté entonces una oleada de euforia. Papa era amigo del general de la mandíbula prominente y golpista, o sea ¡todo un tutumpote!

A medida que su regreso se dilataba, mi madre dio a la palabra otros significados: «¡Déjame tranquila!» y «¡No seas tan necio, muchacho!». Para colmo, cada vez que pronunciaba una de estas frases, colocaba un coscorrón en mi cabeza, a manera de tilde. Pero los nudillos no apaciguaron mi curiosidad. Por eso elaboré otra definición con aquellas informaciones confusas y las palabras más repetidas del artículo: «poder efectivo», «Jean-Bertrand Aristide», «dictadura militar» y «americanos». Por tanto, «golpista» terminó significando algo así como:

 

Un militar importante y con el poder efectivo de Jean-Bertrand Aristide para dejar tranquila a la dictadura militar americana.

 

Al menos, sonaba interesante.

 

Ahora me pregunto cómo no sentí miedo. A fin de cuentas, aquel era un extraño que había visto agonizando. Por si fuera poco, según Frandy, un espectro transmutado en chivo vagaba por el monte cuando oscurecía. ¿Y si el fantasma caminaba errabundo convertido en muchacho con gorra? Las posibilidades eran remotas, pero por lo que pudiera suceder, me persigné cuatro veces. Así de raro era yo: la historia del chivo me hacía temblar, pero el difunto frente a mis narices no.

Confundir a Papa con ese hombre había sido una estupidez. No obstante, levanté el recorte por segunda vez y, colocándome a un lado del cadáver, contemplé su cabeza ladeada. Tenía sangre en los rebordes de la nariz. Mientras escudriñaba sus facciones, me pareció conocido, pero mi memoria mostraba resistencia a recordar de dónde. Era mi impresión cuando bajé el recorte para examinar sus ojos. Aunque muerto, algo resplandecía en aquellas pupilas, estremecidas aún por el trance último. No estaba equivocado. Había visto esos ojos antes. Y para ser exacto, en dos ocasiones. La primera vez

una voz de vibraciones graves acompañó los acordes iniciales del bolero:

 

Voy a apagar la luz para pensar en ti.

Y así dejar soñar a la imaginación…

 

En el pasillo de Radio Recuerdo, los gatos maullaban dando vueltas alrededor de un cuenco vacío. Apestaba a rancio, pero aquel olor no provenía de la mezcla de excremento y polvo que impregnaba la moqueta. Allí dentro se respiraba una desolación que la escoba de Mamá no desvanecía jamás. Un gato manchado como tigre trepó a una pila de vinilos.

La voz de Don Medardo escapó sorpresivamente de la cabina:

—¡Ahí tienes otra pista!

Un gato negro entró al pasillo y frotó su espinazo contra mis tobillos. Sin parar de remover las hilachas de carne que cargaba en una cacerola, afiné el oído, pero un estrépito de objetos no me dejó adivinar quién interpretaba:

 

Ahí donde todo lo puede, donde no hay imposible.

¿Qué importa vivir de ilusiones si así soy feliz?…

 

Don Medardo atacó de nuevo:

—Septeto Jabón Candado… Hermano de Alfredito y Óscar… ¡Voy a apagar la luz, Eduar!

El gato atigrado abandonó la pila de discos. Mis ojos se abrieron, emocionados. La carátula superior del rimero pertenecía a un bolerista vestido de etiqueta tropical. El disco llevaba por título «Negro bonito». Y para confirmarlo, el mulato de la fotografía sonreía, ensanchando su bigotito estilo Zorro.

—¡Vicentico Valdés!—grité.

—¡Vicentico Valdés!—repitió Don Medardo, complacido.­—Ahora dime, ¿a quién recomendarías este bolero?

Por un instante, la voz de Vicentico me arrastró a un lugar desconocido, donde el cielo era intensamente azul, las palomas batían sus alas y mi madre corría perseguida por Papa:

 

¡Cómo te abrazaré! ¡Cuánto te besaré!

Mis más ardientes anhelos en ti realizaré…

 

Los gatos hundieron su cabeza en el cuenco cuando eché la mezcla de carne y harina. Otro ruido de objetos se oyó en la habitación que Mamá desempolvaba.

—A los enamorados.

—¡Parfè, Eduar!

Don Medardo tosió. Luego, con un hilillo de voz, entrecortando las sílabas, dijo:

—Tu turno. ¿Hoy qué vas a enseñarme?

Entre el viejo locutor y yo existía un convenio que justificaba mi presencia en la estación. Ese acuerdo, firmado con ceniza sobre una carátula del Trío Matamoros, fue bautizado como «Pacto de Intercambio Cultural Mutuo» y, por medio de una cláusula nunca redactada, me hacía responsable de la alimentación de sus gatos. La reciprocidad de conocimientos era sencilla: a cambio de palabras en kreyòl, Don Medardo me enseñaba canciones. Todo comenzó como un juego mientras Mamá combatía la mugre de los rincones, pero con el transcurrir del tiempo, el viejo aprendió a pronunciar correctamente los acentos y yo logré diferenciar un son de una guaracha, sin ningún esfuerzo.

Mientras abultaban la tripa, los gatos hacían un sonido bronco similar al ronquido. Don Medardo me había dicho que así demostraban su alegría. Encogí el cuerpo hacía la moqueta. La cabeza de Lucho Gatica, el gato atigrado, quedó casi frente a la mía, tan próxima que podía sentir su olor, una mescolanza de pis, arena cagada y sudor.

—¡Minino!—le grité a Don Medardo, tendiendo una mano hacia Bienvenido Granda, el gato negro.

Desde el día que pisé Radio Recuerdo por primera vez, había despertado en él una atracción irrefrenable, un amor de «vieja mantenida» como definió Don Medardo, pues la pasión que Bienvenido manifestaba frotando su panza contra mis tobillos, era relegada sin contemplaciones en cuanto tenía comida delante.

La voz de Don Medardo atravesó un interludio de cuerdas:

—¿Chat? ¡Esa fue la lección de lunes! Qué mala memoria, profésé.

Era una voz gruesa pero grata al oído. La Voz de guarapo que durante décadas encarnó galanes de radionovelas, narró carreras de caballos y conmovió a miles con crónicas luctuosas. Sobra decir que cuando Don Medardo hablaba, liberando aquellas palabras empolladas meticulosamente, Mamá soltaba el plumero, cautivada por sus eses. Acaricié el espinazo de Bienvenido Granda. Los pelos erizados pincharon mi palma. El condenado revolvía todo con el hocico, empujando a Lucho Gatica, tragando sin masticar la carne.

—Entonces… ¡Viann!

—¿Cómo dice, profésé?

Viann, señor élèv. ¡Viann!

Viann. ¿Y qué significa, profésé?

—¡Carne, señor élèv! Repita: viann.

Pero del interior de la cabina, sólo escapó el vozarrón acompasado de Vicentico Valdés, anticipando el final del bolero:

 

Te morderé los labios, me llenaré de ti.

Voy a apagar la luz para pensar en ti…

 

Viann, señor élèv—repetí.

—Eduar…

La voz de Don Medardo murió en su garganta. Miré hacia la puerta entreabierta, coronada por un rótulo fundido que rezaba:

 

SILENCIO. EN EL AIRE

 

Esperé todavía unos segundos, pero la Voz de Guarapo había enmudecido. No hubo cambio de elepé, ningún avance informativo, tampoco escuché la grabación que Don Medardo reproducía continuamente para explicar que Radio Recuerdo transmitía «desde Santo Domingo, capital de la República Dominicana, a través de los 100.8 megahertz de frecuencia modulada.»

Un fatídico augurio replegó mi entusiasmo.

—Don Medardo…

Caminé por el pasillo. Aburrido de lamer el cuenco, Bienvenido Granda me adelantó. El corazón sacudía mi pecho con pulsaciones violentas. Había vinilos por todos lados: a lo largo del pasillo enmoquetado, apilados en el vestíbulo. Eran elepés de boleros, guarachas, merengues apambichaos. En las portadas, los artistas presumían su gloria imperecedera, sonriendo como Vicentico. Ante aquel silencio de mal agüero, sin embargo, esas caras radiantes se me antojaron macabras.

Mi voz fue un bisbiseo insuficiente para rasgar el silencio:

—Terminó el disco, Don Medardo.

Al empujar la puerta escuché un sonido: la aguja del tocadiscos rozando las estrías del vinilo. Después, poco a poco, la puerta fue descubriendo, con un agudo rechinar de bisagras,

una fotografía dedicada de Alberto Beltrán,

el bastón blanco,

un micrófono desplegado,

una taza de café,

el cenicero, donde humeaba un cigarrillo,

y a Don Medardo,

con el cuerpo inclinado hacia un lado, junto al tocadiscos. Bienvenido Granda subió a la repisa. Tras un instante de indecisión, comenzó a dar zarpazos cortos sobre la superficie del disco.

—¡No, Bienvenido!

Algo no andaba bien: Don Medardo seguía frente al micrófono sin moverse. Tiré al gato de un manotazo. Bienvenido primero maulló y después permaneció quieto, observándome. Entonces vi de lleno los ojos del viejo locutor. Allí dentro había existido siempre un fangal, donde una intrusa celebraba ahora su infamia, chapoteando. Un deseo de gritar me acometió inesperadamente. Notando quizá el fatídico acontecimiento, Bienvenido acudió a frotarse contra los pantalones de Don Medardo. Escuché un ronroneo a mi espalda: Lucho Gatica avanzaba hacia nosotros con la cola erguida. La cara del viejo parecía reseca. Y en sus mejillas afloraba ya una palidez mortal.

Los giros del vinilo estremecían suavemente la aguja. Trasladé el brazo del tocadiscos al extremo del elepé. De inmediato, el arrullo potente de Vicentico Valdés emergió de los violines:

 

Voy a apagar la luz para pensar en ti.

Y así dejar soñar a la imaginación…

 

La Voz de guarapo murmuró en mis pensamientos.

(Abre tus oídos a la música, Eduar)

El llanto me anegó los ojos.

(Escúchala)

Lucho Gatica maulló.

(Comprenderás las miserias de la gente)

Don Medardo había sido consecuente hasta la muerte. El cable que conectaba los equipos con la antena llevaba varios años roto. De todos modos, él madrugaba día tras día, para complacer al hipotético público que imaginaba ferviente de sus elecciones musicales. Tengo la sensación de que Alberto Beltrán, desde el cartel que colgaba encima del tablero, lo miraba con lástima. Desolado por la oscuridad del cuarto, augurio de lo que acontecería después del entierro —allegados codiciosos, subasta de discos, gatos envenenados, demolición del edificio—, sentí la obligación de cerrar sus ojos. Así que, reprimiendo los sollozos, plegué sus párpados. Acto seguido, razoné sobre la inutilidad del gesto. Desde los veinte años, Don Medardo vivía en tinieblas. No obstante, los ojos cerrados daban a su semblante otra expresión. Sin buscarlo, instalé alivio en su rictus.

Agarré el bastón de ciego. Bienvenido Granda dio unos maullidos largos. En cuclillas, acaricié con la mejilla su cabeza tibia.

—Sí, Bienvenido

En el plato del tocadiscos, el elepé de Vicentico Valdés daba vueltas. La vida podía escabullirse, vencida por las ausencias, el dolor, los infortunios, pero

(La música resiste siempre, Eduar)

Creo que me aclaré la garganta, tragué saliva, respiré profundo. No recuerdo bien. Pero en todo caso, mi voz temblaba cuando entoné:

 

Voy a apagar la luz para pensar en ti…

 

La segunda vez que vi los ojos del haitiano también había música.

Pero era distinta: una música de bullicio y algarada, de viernes dominicano. Curiosamente, ese ritmo armonizaba con el hervidero del barrio. Irrumpía como riada, enredando kòmpas y bachatas, aplacando el estruendo de claxones. Mi madre estaba en cama, con los pulmones inflamados. Yo intentaba restar importancia a sus males, pero sabía que eran graves. A Mamá le costaba respirar porque las paredes revenidas del cuarto la estaban matando. En la calle, los latidos del Pequeño Haití impulsaban un trajín de mercancías. Y esa música seguía perturbando con su cadencia de comparsa, animando el correteo de las putas, colándose por las grietas de nuestro cuarterío.

Había una cucaracha atrapada en el sumidero del patio. La observaba, reclinado en una persiana sin tablillas. Cada cierto tiempo, la cucaracha extendía sus alas para escapar, pero tropezaba siempre con los desperdicios del conducto.

—No te pongas así, por favor.

Las palabras de Mamá tenían una suavidad arrulladora. Si cerraba los ojos, podía imaginar una llovizna bajo sol, el pelaje de Bienvenido Granda, un fósforo despidiendo chispas. Cautivado, volví la cabeza. Mamá intentó animarme, sonriendo. Las costillas se insinuaban a través de su bata, transparentada por el sudor.

Chita tandé, souplé—dijo débilmente, palpando la sabana.

Y eso hice: sentarme a oír. Mamá acarició mi cabeza por un momento. Sentía el ardor de su cuerpo. Olía a ungüento mentolado. Cada noche, le frotaba espalda y pecho con aquel bálsamo. Después salía del cuarto y me volvía centinela de su angustia. El ungüento nunca bajaba la fiebre, pero al menos nos hacía olvidar el tufo a letrina del patio.

—Delia te cuidará. Es tu madrina.—Mamá me rodeó la cintura con un brazo, pero lo retiré enseguida—. Eduar, escúchame.

Me crucé de brazos, bajé la cara. No entendía por qué tenía que irme con aquella mujer, tampoco comprendía la actitud de mi abuela. ¿Por qué no estaba con su hija si vivía a dos cuadras? Mamá levantó mi barbilla y nuestros ojos se encontraron.

—Ahora más que nunca debes ser obediente.

—¿Y la abuela, manman? ¿Y si mejor voy con ella?

Una amargura repentina fue apoderándose del rostro de Mamá. De improviso, sus ojos brillaron con resquemor:

—¡No, con ella no!

—¿Por qué no?

—Déjalo, Eduar. No me siento bien.

Me levanté, furioso:

—¡Pues no voy con esa mujer!

No sabía con toda seguridad qué odiaba más de Madrina: si sus ojos burlones, o los comentarios mordaces. En todo caso, vivir en Carretero, un pueblo fronterizo que, según ella, nunca había aparecido en los mapas, sonaba a castigo. Madrina me repugnó desde el primer momento. Era una mujer emperifollada sin criterio. Tenía pómulos de chimpancé, mechones teñidos de púrpura, y la tarde que apareció en casa, un ridículo pantalón de lycra ceñía su voluminoso trasero. Mientras conversaba con Mamá, examiné su cabellera y las putas del cuarterío llegaron a mi memoria. Todos los domingos se reunían en el patio para suavisarse el pelo. Durante el tiempo en que reían, comparaban bimbines y compartían tragos de cerveza, las melenas brotaban bajo un abrasador efecto químico. Yo las observaba desde el cuarto, medio oculto por las ringleras de ropa, atraído por el olor a sábila o coco que cargaba el aire. A veces, las putas sumergían los cabellos en agua coloreada por jugo artificial. El resultado era invariable: cabellera lacia, teñida de colores tan irrisorios como «zapote verde», «cereza de temporada» y «uva de playa», el color más apreciado por todas, el mismo que Madrina lucía.

En eso pensaba cuando noté que sus ojos me estudiaban. No sabía si aquella mirada expresaba desagrado o disimulaba un odio inexplicable. Madrina encendió un cigarrillo, caminó por el salón y dijo:

—Bueno, es narizón, pero no salió tan prieto.

Había algo de genuina conmiseración en sus palabras:

—Pero que no hable patuá si quiere triunfar.

Mamá me agarró una muñeca y aquel recuerdo se evaporó. Bajo la débil presión de sus dedos había miedo:

—Tienes que ser obediente, Eduar.

—¡No quiero!

Sacudí el brazo, me deshice de ella y fui a la persiana. Debajo del fregadero, la cucaracha se revolcaba. El tubo del sumidero tenía cisuras y afluentes de agua sucia surgían entre las baldosas.

—Mírame, souplé.

Negué con la cabeza.

—¡Mírame, Eduar!

Prefería al insecto.

El ardor en mis ojos presagiaba llanto. No quería ir a Carretero con esa mujer. No quería ir a ningún lado. ¿Por qué me pedía eso? Papa vendría al Pequeño Haití. Y después íbamos a vivir felices los tres en Port-au-Prince. Desesperado, busqué amparo en nuestros planes, pero parecían recuerdos vagos de un tiempo remoto.

Mamá tosió. Aunque volví el rostro, no me acerqué a ella. Respiraba con dificultad, parecía a punto de vomitar, pero sólo trataba de arrancar las flemas del pecho. Cuando la tos paró, me devolvió una mirada desvaída:

—Edouard irá por ti a Carretero.

En vez de alegrarme, aquella noticia me sorprendió.

—¿Papa?

Mamá asintió. Como respiraba por la boca, un hilillo de saliva le empezó a escurrir por el mentón. Su voz sonó trémula.

—Por eso tienes que ir con ella, cariño.

—Júramelo.

Mamá quedó un instante en silencio, con la boca abierta. Al fin, repitió:

—Edouard irá por ti a Carretero.

—Júramelo, manman.

Pero cerró los ojos. Su pecho subía y bajaba con violencia. Afuera, el estrépito crecía. A la mezcla atronadora de ritmos se había sumado una salsa. Dirigí la mirada al portal y alcancé a ver, al otro lado del vestíbulo, los camiones con destino a Haití. Una puta de cabellera roja entro al cuarterío, acompañada de un cliente. Mientras subían las escaleras, tarareó algo incomprensible.

—Te lo juro, mi amor.

Escuché la voz de Mamá y rompí a llorar. Mi vida estaba dando un vuelco. Debajo del fregadero, los espasmos sacudían a la cucaracha. Cuando el temblor de sus patas cesó, se dejó llevar por un riachuelo negro. Me sequé los ojos.

—Cuando te sanes vas a…

Mamá estaba quieta, pero sonreía, observando las grietas del techo.

—¿Manman?

Toqué su frente. Aunque sus ojos miraban hacia arriba, no reflejaban el sol que penetraba en finos rayos, sino un abismo. Eran los ojos de Don Medardo, muy abiertos, sorpresivamente vacíos. Esta vez, sin embargo, sentí una desolación infinita. Tenía apenas ocho años y la presencia de aquella intrusa volvía a destrozarme. Cerré los ojos de Mamá, pero no me acurruqué contra su espalda como de costumbre. Ese cuerpo que siempre me había hecho sentir protegido, parecía distante. Podía tocarlo, es cierto, pero en realidad no estaba allí. De repente, escuché ruidos en la habitación contigua. Primero fueron los muelles de un colchón recobrando su posición, después una conversación:

—Me vuelves loca, papi.

—Porque estoy pagando.

—Te digo la verdad…

Y ya no pude contener el llanto.

(Por debajo del alambre, novela inédita, fragmento)

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