«No digas que me viste»

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Uno

II

 

Corrimos pendiente abajo, avanzamos en el sentido de la alambrada, luego cruzamos los tablones del canal artificial y dejamos atrás la finca. La tierra crujía. Y con cada pisada, con cada hoja aplastada, dos palabras crepitaban en mis oídos.

(Pitit mouin)

Para llegar a la carretera, acortamos por el monte. A medida que nos abríamos paso a través de la espesura, una idea se fue metiendo en mi cabeza.

(Pitit mouin)

El ocaso había alborotado a decenas de mosquitos. Cuando atravesé el nubarrón de insectos, me vino una sospecha. Ni el zumbido de trompetilla, ni los picotazos y su consecuente ardor me agobiaron tanto como aquella emoción repentina.

(Pitit mouin)

Distinguí la copa del almendro en una colina y comprendí de inmediato que no me faltaba aire porque había corrido; una sospecha oprimía mi pecho, producía la sensación de asfixia.

Frandy separó las ramas de un arbusto:

—Mejor por aquí, ¡apúrate!

Empujado por la angustia, negué con la cabeza y no me moví.

«Hijo mío».

Un sentimiento terrible impedía a mis pies avanzar. Exceptuando mamá, nadie me había llamado así, ninguna persona vestía de ternura una expresión tan corriente. La parte lógica en mí rechazaba al hombre muerto, renegaba de cualquier lazo entre nosotros. El sector del fantaseo, en cambio, se aferró a una posibilidad escalofriante:

 

ATANSION

Consumido por la desnutrición y el agotamiento, Edouard Péralte, capitán del Ejército haitiano, regresa por su hijo tras finalizar con éxito una misión secreta.

 

—Eduar, ¡muévete!

—Voy a regresar.

—¿Qué?

—Olvidé mis chapas—mentí.

Frandy me miró con ojos sorprendidos. O no asimilaba del todo mis intenciones, o creía simplemente que había perdido el juicio. Al mismo tiempo que intentaba descifrar su prolongado parpadeo, la sensatez me impulsó a una orilla de la memoria donde las palabras de mi madre rompían, entretejiendo recuerdos, quizá inexactos o ilusorios, pero vitales en cualquier caso:

(No tengo sueño, manman. Háblame de Papa)

(Ya te dije: es un militar elegante, fuma puros)

(¿Y qué más?)

(Siempre cuida la raya de los pantalones al cruzar las piernas)

(¿Qué más?)

(Es un negro buenmozo, las mujeres fantasean con sus manos)

Cuando Madrina escarbaba en los recuerdos de mamá para avivar las incertidumbres entorno a Papa, yo encontraba refugio en aquella voz entre cariñosa y exasperada:

(¿Papa vendrá por nosotros?)

(Duérmete)

(¿En un tanque grande?)

(Sí, en un tanque grande, con escolta)

(¿Oliendo a perfume, manman?)

(Oliendo a perfume)

Pensaba a menudo en ese encuentro. Tras un largo periplo por terrenos escabrosos, Papa cruzaría la frontera en uno de esos vehículos blindados con cañón y tracción de oruga. En la calle, los niños correrían para alcanzar el tanque y las mujeres suplicarían por tocar al «haitiano apuesto». Más tarde, Papa entraría al cabaré de Madrina, rodeado de soldados y despidiendo un agradable vaho a roble. Con los codos apoyados en la barra, preguntaría en kreyòl:

—¿Quién es el niño junto al tocadiscos?

Yo soltaría el trapo de limpiar vinilos:

—Tu hijo, Papa.

—¡Pitit mouin!

Observaría los galones del rango de capitán en su manga.

—Sí, soy yo.

Edouard

Eduar. Es como tu nombre pero con menos letras. Mamá pidió «Edouard». La señora del registro entendió «Eduard». Y el escribiente copió «Eduar»… ¿No te acuerdas?

Papa acariciaría mi cabeza porque los militares no abrazan ni besan. Y finalmente, los miembros de su escolta romperían a palmotear en señal de entusiasmo.

Así tenía que ser nuestro encuentro, así había prometido mi madre que sería. ¿Por qué entonces aquel muerto me quitaba el sosiego? Papa no era un llorica. Papa jamás salía sucio a la calle. Papa nunca se arrastraba por el suelo… Bueno, quizá para avanzar bajo redes de alambre de espino, pero eso sí, flanqueado siempre por hombres rana.

En aquella época imaginaba La Sospecha como una señora embustera que fingía la voz de Madrina para exponer sus conjeturas. Que Frandy pusiera los ojos en blanco cuando mencionaba a Papa me tenía sin cuidado, pero abrir los oídos al sarcasmo impertinente de esa voz era insufrible. Digamos que, por ejemplo, le comentaba al barman del cabaré que Mamá solía consultar la lotería en mi iris derecho, pues al instante surgía un murmullo ensordecedor:

(Los prietos como tú tienen ojos negros)

Así, pues, olvidaba los ojos dorados y en cuanto empezaba a narrar detalles del glorioso arribo de Papa a Carretero, la puñetera vocecilla irrumpía nuevamente taponando mis orejas, debilitando mi voluntad de continuar el relato:

(Ya son tres años, papito, ¿y por qué no llega?)

No era nada fácil seguir esperando y al mismo tiempo hacerme el sordo. Ignorar la ironía de Doña Sospecha, es decir pasar por alto el tono burlón que empleaba Madrina para referirse a Papa, significaba apaciguar una ansiedad que luchaba constantemente con las promesas de Mamá. Muchas veces cerraba los ojos, con la frente apoyada contra la pared, o tendido en mi catre, y repetía hasta cansarme:

¡Papa es mano derecha del general de la mandíbula prominente!

¡Papa es un experto desarmando ametralladoras!

¡Papa

(vieja estúpida)

está vivo!

Los ojos de Frandy dejaron de taladrarme:

—Busca chapas en el mercado.

—No—lancé una rápida mirada a mi alrededor, la luz había dejado de proyectar sombras.—Tengo que volver, Frandy.

Él no parecía preocupado, pero sí perplejo.

—Allá tú, palomo.

Con un movimiento brusco, se hizo espacio entre dos tallos y la emprendió a toda prisa por un camino terroso. Después el silencio extendió un gran manto: arropó sus pisadas, ondeó con pliegues densos entre la arboleda, ahogó el zumbido de los mosquitos. Eché a andar por el atajo angosto que él había elegido, una especie de vereda con huellas de ganado. Giré en una bifurcación, avancé por un ramal inhóspito, y divisé a lo lejos el declive del canal de riego. A varios metros de allí, el almendro transmitía su desolación, recortado contra la oscuridad incipiente.

Me cuesta precisar cuándo noté los movimientos dentro de la maleza. ¿Me di cuenta antes de tropezar con el raíl camuflado en madera? No, creo que los advertí después. El pedazo de carril rompió la punta de mi tenis. Casi me derrumbé hacia un lado. A través de la abertura, asomó la uña ensangrentada del dedo gordo. Cuando lo presioné para detener la hemorragia escuché un enérgico manotazo, seguido de una palabrota en kreyòl. Sentí un temor nuevo, pero estaba tan obstinado en llegar al almendro que, apartando cualquier conclusión alarmante, supuse que Frandy había vuelto.

—¡Vete! ¡No necesito tu cabeza!—caminé por un sendero, en dirección opuesta a las ruinas del almacén.—¡Y palomo eres tú!

De repente, escuché con total claridad las pisadas, un crujir de ramas y nuevos

plaf

(¡nan gèt!)

plaf

(¡nan gèt!)

plaf

(¡med!)

El pánico me turbó de tal modo que permanecí inmóvil en medio del camino. Aquella voz no pertenecía a Frandy. Él tenía una disposición innata para proferir sanantonios, rasgo distintivo —junto con los tobillos despellejados— de los niños de Carretero, pero no hablaba patuá, como llamaba despectivamente al kreyòl. El zumbido de un mosquito resonó cerca. Alguien corrió entre los matorrales: sus pisadas primero se oyeron lentas, después muy rápidas. El mosquito posó sus pies en mi antebrazo, hundió el aguijón y lo despachurré con la palma.

¡Plaf!

Limpié mi mano del grumo sanguinolento y poco a poco, conforme transcurrían los segundos, cobré conciencia del error que había cometido. El golpe atrajo la atención del extraño: la dirección de sus pisadas cambió. En vez de escucharlas al otro lado del matorral, oí cómo se acercaban despaciosamente. Mis párpados cayeron vencidos por el miedo. Al cabo de unos segundos eternos, las pisadas cesaron. Entonces reuní valor, levanté la mirada y contemplé

la uña rota de mi pulgar,

boñiga seca,

piedras y yerbajos,

trozos de madera podrida,

la vía despedazada del ferrocarril

y un muchacho,

con una gorra calada hacia atrás, transpirando a chorros. Presumo que estaba tan aterrado como yo: un leve temblor sacudía su labio inferior. Algo abultaba su camisa en el costado izquierdo. Nos miramos un rato, con las mandíbulas tiritando en sincronía.

Pa di ké ou ouè-m—dijo, apuntándome con un objeto brillante.

Tenía la boca tan seca que no pronuncié palabra.

El muchacho empezó a retroceder. El objeto brilllante era un reloj de pulsera. Mientras dirigía sus pasos en dirección al almacén, insistió:

—¡Pa di ké ou ouè-m!

«No digas que me viste».

Sin darme cuenta prácticamente, se volvió un monigote veloz al final del sendero. Cuando sus pisadas se apagaron, nuevas preguntas enfilaron la espiral de mi ansiedad. ¿Quién era él? ¿Qué escondía bajo la camisa? ¿Por qué no podía mencionar nuestro encuentro? Pasé un buen rato preguntándome si tenía sentido lo que pretendía hacer. A esa hora, Madrina me esperaba en el cabaré para repasar la selección de boleros. El haitiano muerto no era Papa. Tenía que alejar esa idea de mi pensamiento, pero…

(Pitit mouin)

Lo imaginé reclinado contra una estacada

(Ya te dije: es un militar elegante, fuma puros)

o, mejor dicho, imaginé «aquello» que consideraba Papa:

(Ya son tres años, papito, ¿y por qué no llega?)

brazos fibrosos, pantalón de camuflaje,

(Sí, en un tanque grande, con escolta)

botas lustrosas, atadas por encima de los tobillos,

(Oliendo a perfume)

todo cubierto de sangre.

La incertidumbre destilaba agonía. Por eso, atento a cada sonido esporádico que escuchaba a mis espaldas, aguanté el dolor del dedo gordo, crucé los tablones del canal artificial y subí la pendiente…

(Por debajo del alambre, novela inédita, fragmento)

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