Por debajo del alambre (fragmento)

tumblr_o0a9axvm8B1srxjpho1_1280

Uno

 

I

 

Cuando hallé la imagen, tuve que esconder mi cara. Si Frandy me pillaba riendo, estaba perdido. Desde el árbol de quenepa, su cabeza parecía un melón. Era tan singular que la examinaba en secreto. Por su tamaño podía aparentar una sandía, pero si advertías la deformidad del cráneo pensabas en un coco. Frandy echó atrás la cabeza, sus ojos buscaron los míos, pero no habló. De pronto apoyó una rodilla en el suelo y empezó a clasificar nuestras chapas de refresco. Cubrí mi boca con la mano: tenía razón, aquella cabeza recordaba un melón.

Una sensación de borboteo recorrió mi garganta, desató una carcajada. La risa mudó en eco, se esparció colina abajo y fue tragada por el follaje. Frandy reunió las chapas en dos grupos. Sentí entonces remordimiento. Bueno, a decir verdad, no era pesar, sino más bien un malestar impreciso. Él era mi único amigo. Y para conservar una amistad hay que evitar ciertos juicios, reprimir el impulso de gritar: «¡En un circo, tu cabeza me haría rico!».

Frandy hundió un palo en el terreno.

—¿Y quenepa?—pregunté, tocando el racimo que colgaba frente a mí—. Intenta decir quenepa.

En el espacio formado entre mis piernas, vi su cuerpo inclinado hacia delante, mientras trazaba una línea.

—Baja—dijo, al fin, mirándome.

El sudor le escurría por la frente. En la frontera, el calor más envolvente escapa de la tierra.

Arranqué el racimo de quenepas:

Kénèp, se dice kénèp.

Moví las piernas para gozar el vacío que me separaba del suelo. Sin soltar el racimo, miré nuevamente bajo las ramas. Frandy se había agachado para dibujar un círculo. La risa por poco me ahoga. Observando con suficiente detalle, su cabeza no parecía un melón, sino una semilla de quenepa, una semilla descomunal de quenepa.

—¿De qué te ríes, narizón?—me gritó, arrojando el palo a unos matorrales.

«Narizón». Antes de continuar, voy a dejar en claro una cosa: yo tengo grandes las narices, es cierto, pero su cabeza era la más fea del mundo.

 

Me gustaba subir al árbol de quenepa y extender la vista por el campo. El sol atravesaba las hojas, calentaba mi cara. Había muchos parajes agrietados, pero también una prolongada extensión cultivada de plátanos. En los límites de esa plantación, empezaba una senda que conducía al almacén abandonado de sisal, un lugar que Frandy y yo rara vez pisábamos. Detrás del almacén se hallaba el lecho de un río extinguido. Y un poco más allá, una serie de montañas altas que eran Haití.

Durante el atardecer, esas montañas parecían tonos rebajados de una pintura. La luz palidecía sus contornos, acentuando el aspecto de lejanía. A veces un humo denso las desvanecía durante días enteros. Cuando eso ocurría, en el aire flotaban restos muy finos de madera calcinada y respirar ardía. Las montañas altas que eran Haití no brillaban ni siquiera en tardes como aquélla, que hasta las piedras centelleaban.

Frandy escupió sobre la tierra que cubría su chapa:

—Voy a comenzar sin ti, Eduar.

En Santo Domingo, yo era diestro con las bolas de vidrio. Atesoraba frascos repletos de ojos de gato, esas pequeñas esferas con un filamento interior que semejaban el ojo del animal. De vez en cuando jugaba con chapas, pero nunca como en Carretero, donde era parte del entretenimiento llenarlas de tierra. Cuando llegué al pueblo, me sorprendieron las peñas de juego. Eran auténticas cofradías dirigidas por pequeños rufianes con poder para cancelar partidas o rechazar jugadores.

Como pueden imaginar, en mi condición de forastero rasaba el suelo igual que las chapas. Podía participar en el juego, pero haciendo de espectador mudo, siempre de brazos cruzados y a la sombra. Mi situación me convertía en una carga vergonzosa, incluso para los «guanajos», una categoría que agrupaba a niños pequeños, novatos y jugadores degradados por rencillas interminables.

Los «guanajos» barrían el terreno de juego. Los «guanajos» tenían callos en los nudillos. Los «guanajos» no jugaban con muchachitos como yo porque

era «capitaleño»,

(Se cree mejor que nosotros por sus canicas)

«medio haitiano»

(Si pierde te hace brujería)

y para mayor escarnio, «torpe».

(Tira como una mujercita)

Un día, deambulando por el mercadillo, descubrí a un chico que revolvía la verdura podrida. La impresión que su cabeza causó en mí fue de consternación: se movía a ambos lados, sin intermisión, cual pesada mole a punto de derribar un muro. Desde un lado, aquella cabeza oblonga parecía una guanábana; desde el otro, un tinaco para almacenar agua. ¿Qué estoy diciendo? Era una guanábana y un tinaco para almacenar agua. No. Era una guanábana, un tinaco para almacenar agua, pero también el balón de basquetbol desinflado de Cayeyo, una bombilla, la Tierra vista desde el Apolo 17 y las nalgas de mi madrina sobre una silla. Todo al mismo tiempo.

El cabezudo estudiaba una chapa con residuos de tomate. Había escuchado a los «guanajos» intercambiar anécdotas fabulosas sobre él. De hecho, hasta imitaban su estilo de caminar, ese saltito encajado cada dos pasos que, según el canon reggaetonero, bastaba para intimidar, pero que únicamente invitaba al pitorreo.

Aquella cabeza multiforme reaccionaba cuando articulabas un apodo:

—¿Dedos de metralla?

El chico levantó la cabeza, pero la bajó enseguida y fingió examinar la chapa.

—Haz cita.

—Tú eres Dedos de metralla, ¿verdad?

Desde el suelo me dirigió una mirada de fastidio:

—No hablo con… ¿Eres «guanajo»?

En efecto, frente a mí estaba Frandy, Dedos de metralla, una gloria del juego de chapas. En aquel momento ignoraba que mi vida cambiaría, que ganaría un compinche, que mejoraría los lanzamientos. Y todo gracias al rasgo más llamativo de mi cara, un atributo que encantaba y repelía.

—¡Qué pedazo de nariz!—exclamó él, tras examinarme de pies a cabeza.—¿Y tú por cuántos respiras, chamaco?

Una ira repentina hincó mi pecho, revolviéndolo. Seamos sinceros, una cosa es tener conciencia de tus defectos y otra muy diferente que alguien haga alusión a ellos. ¿Qué se había creído el «globo terráqueo» ese?

—Respiro por mí y por tu cabeza.

Frandy me observó pasmado. Antes de que pudiera resarcir el agravio, ya se había levantado. Me sacaba una cabeza, poco más o menos, pero teniendo en cuenta las dimensiones de la suya, aquello era una barbaridad. «Me voy a quedar sin dientes», dije para mis adentros. Si sus dedos eran de metralla, los puños tendrían indudablemente dureza de acero. Frandy no dijo palabra, ni hizo el menor movimiento. Cuando apreté los ojos para recibir el primer puñetazo, rompió a reír. Mi descaro —¿o debería decir cobardía?— le había divertido. De esta manera, la Cabeza más grande de Carretero simpatizó por la Nariz más impresionante de Santo Domingo.

Una semana después, las peñas «chaperas» se disputaban mi presencia. A partir de entonces, los «guanajos» empezaron a chismorrear porque

era «pana» de Frandy,

(Se cree mejor que nosotros porque andan juntos)

«bueno» sacando chapas del círculo

(Aprendió haciendo brujería)

y con dedos «parejeros», es decir sin callos.

(¿Tú crees que se unta vaselina?)

Mi destreza repentina con las chapas no tenía nada de sobrenatural. Sólo me había convertido en el alumno aventajado del Método Dedos de Metralla, una táctica de lanzamiento inventada por Frandy y popular a ambos lados de la frontera. No estoy exagerando. Los niños primero memorizaban sus principios y después aprendían las tablas de multiplicar:

 

  • Lejos del círculo, golpeas la chapa con el índice.
  • Cerca del círculo, utilizas el pulgar.

 

—Voy a tirar, después no digas que…

Frandy no terminó la frase y avanzó hacia la línea de lanzamiento, trazada cerca del terreno levantado por las raíces de un almendro.

—Estoy bajando—dije, pero me quedé quieto.

Un cúmulo de mosquitos brilló por encima de los plátanos. Yo estaba un poco embobado con la luz derramada sobre el árbol. Mi mamá decía que los príncipes nacen cuando la tierra recibe el último fulgor del sol, durante esa porción brevísima del atardecer que llamaba curiosamente «hora dorada».

—Frandy, ¿a qué hora naciste?

No respondió. Y su silencio tenía una explicación muy simple. De todos los niños que conocía, Frandy era el único que manifestaba su enfado como adulto: arrugaba la frente, entrecerraba los ojos y enmudecía.

—Yo nací a las cinco y media—hice una pausa.—En la «hora dorada»—descubrí una quenepa especialmente gorda en el racimo.—¿Sabes qué pasó cuando Papa me cargó por primera vez?

—Cenó tu cerebro.

—¡Claro que no!

—¿No dices que es haitiano?

—¡Era la «hora dorada», cabezón! Y los

últimos rayos de sol iluminaban la habitación. Un destello escapó de mi cuna. Papa me tomó en brazos y descubrió trocitos de bronce dentro de mis ojos. Otro padre habría mostrado a su hijo, envanecido por los murmullos de admiración, pero él me escondió. Desde ese momento, sintió la necesidad de descifrar el misterio de mis ojos dorados. En lugar de dormir, se paseaba por la casa, pero por mucho que ahondaba, no lograba encontrar una respuesta al enigma. Durante las noches que pasaba en vela, Papa retrocedía a una etapa entrañable de su vida, o al menos eso creía Mamá, una época de recepciones con champán, juramentos de lealtad a la Junta Militar y puros importados.

A veces, él la despertaba al alba y decía con voz apagada que Simbi De Dlo, el general que habita las aguas, había meado mi cara para anunciar una tragedia. En otras ocasiones explicaba que mis ojos eran reflejo del fuego guerrero de un tal Ogoun. Después de muchas reflexiones, Papa viajó a Port-au-Prince convencido de que los luases habían depositado un mensaje fatalista en mis ojos. Cierto o no, a la semana siguiente, los infantes de marina expulsaron de Haití a su «jefe», un general de mandíbula prominente y apellido Cédras. Para entonces, Simbi De Dlo, Ogoun y demás amigotes habían borrado el color amarillento de mis pupilas.

Mi madrina no dejaba pasar oportunidad para señalar contradicciones, para insistir en que mamá había mitificado este capítulo de mi vida, un recuerdo que, como otros tantos vinculados a Papa, yo creía a pie juntillas. A causa de esas supuestas incoherencias, que ella ponía de relieve torciendo la boca,

(A mí me dijo que tus ojos eran verdes)

pocas personas creían mi versión.

Para ser totalmente franco, no me importaba. Mamá juró antes de morir que mis ojos despedían chispazos bajo la luz y que Papa me buscaría en Carretero. Habían transcurrido tres años desde aquella promesa, es verdad, pero él iba a aparecer tarde o temprano,

(Ueje, ueje)

y yo sería el primero en verlo, desde el árbol de quenepa.

Cuando Papa visitó Santo Domingo por última vez, yo acababa de cumplir dos años y ya farfullaba palabras en kreyòl. Por muy sorprendente que resulte, de esa visita quedaba en mi memoria un recuerdo que Madrina desconocía: la sensación de un perfume intenso, algo rancio, que picaba en la nariz; la prueba fehaciente

(Vieja amargada)

de que Papa existía.

Frandy meneó la cabeza, entornó los ojos al cielo y soltó un resoplido. Con la «hora dorada» había encontrado una estupenda conexión a mi monólogo favorito,

«Papa es perfecto»,

tema que, de tanto escucharlo, terminó aborreciendo. Por eso me callé. No le dije que durante la «hora dorada» sólo ocurrían cosas buenas. Los hijos de los reyes nacían. Tus ojos se volvían oro… ¡Y las quenepas gordas escondían semillas gemelas!

—Con esa cabeza, seguro tapaste el sol.

Frandy levantó hacia mí una mirada burlona:

—Pues yo al menos sí tengo cabeza.

Me dio por pensar que quizá merecía el comentario. Yo había disfrutado a costa de su melón-sandía-coco-quenepa y no sabía cómo era la cabeza de mi propio padre. La única fotografía que tenía de él estaba incompleta. Ilustraba el artículo sobre una conspiración para derrocar al presidente Aristide: tres hombres con metralletas, apoyados contra un jeep. La imagen estaba rota a la altura del cuello del tercer militar. El hombre sin cabeza tenía buen físico, botas de combate y pantalón de camuflaje. Ese hombre era Papa. Y en palabras de Madrina, su «decapitación» era tan precisa como sospechosa.

 

Me pareció escuchar un gemido en algún lado.

—¡Mi papa también tiene cabeza!—dije, inclinándome en dirección a Frandy.—¡Y no tires todavía!—mordí la cáscara ligeramente rugosa de la quenepa y asomó una pulpa doble.—¿Obiste? No bibes bobabía.

Un sabor ácido me llenó el paladar. Las semillas se habían separado. En lugar de chuparlas, me las pasé de una mejilla a otra. Como Frandy seguía sin contestar, metí el racimo de quenepas en un bolsillo y empecé a bajar del árbol. De repente sentí unos movimientos extraños. Algo se arrastraba por el suelo, pero no estaba seguro. No podía mirar a través de las ramas. Quizá había sido el viento que sacudía las quenepas: las hojas se frotaban unas contra otras, haciendo un sonido curioso, como de patas de iguana atravesando yerba seca.

Cuando miré hacia abajo, Frandy me estaba observando de una forma inquietante, con la boca abierta.

—¡Be vi! Bisaste ba binea.

Escupí una semilla y se lo repetí porque parecía ausente:

—Pisaste la línea, ¿verdad?

No respondió. Estaba paralizado, con la cara contraída. Pensé que observaba los matojos que crecían junto a la alambrada de la finca. Separé unas ramas y miré hacia allí, pero vi solamente la sombra del árbol de quenepa sobre hojas secas.

El aire se llenó sorpresivamente de un hedor a sobaco.

—Te vi, Frandy—mentí ante la posibilidad de tirar primero—. No seas tramposo.

Él me miró y como no parpadeaba, noté en sus ojos que intentaba decirme algo. Sin pensarlo dos veces, me colgué de una rama, salté y caí de pie, junto al círculo que rodeaba las chapas. Cuando me acerqué a Frandy y vi finalmente lo que él estaba viendo, sentí que mi garganta se cerraba.

Había un hombre tirado entre los matorrales. Tenía la piel muy oscura, negra como ese hollín que cubre los hornos de carbón. Una respiración agitada estremecía su pecho. Creí que estaba descansando de una larga carrera, pero justo entonces hizo una mueca y se llevó la mano a un costado. No pude reprimir un sobresalto: por entre sus dedos, brotó la sangre. El hombre apretó los ojos. Intentó aspirar aire, pero de su boca escapó algo parecido a un silbido.

—¡Vámonos de aquí, Eduar!—gritó Frandy asustado, y acto seguido empezó a recoger las chapas.

El hombre me paralizó con la mirada. Tenía unos ojos muy negros, nublados de dolor, que vibraban y morían. Esos ojos se apartaron repentinamente de los míos y contemplaron las montañas altas que eran Haití. No sé cómo lo consiguió, pero se arrastró hasta el tronco del almendro. Un chorro de sangre roció el suelo. El hombre señaló el monte con un dedo y me devolvió una mirada suplicante. La frente, los pómulos y las mandíbulas se crisparon en su rostro. Tragué la pulpa de quenepa. La semilla amargó mi boca.

Frandy me agarró del brazo:

—¿Me estás oyendo?

El hombre seguía mirando en dirección a los arbustos. Había soltado un tenis. Cuando vi la suela cubierta de barro y el cordón deshilachado en una punta, sentí una compasión indescriptible. Sin saber con toda seguridad por qué lo hacía, caminé lentamente hacia el almendro.

—Eduar, ¿adónde vas?

Aquel hombre parecía estar esperando algo de mí. Una lágrima escapó de su ojo y se mezcló con la sangre que ensuciaba su camisa. Le miré el pantalón: había cadillos en las perneras, unos puntitos verdes formando constelaciones sobre la tela. Me acerqué un poco más. Sus ojos me miraron con asombro y pude ver el resplandor de la «hora dorada» extinguirse en sus pupilas. En ese momento, un viento repentino barrió la tierra.

El hombre separó los labios:

Pitit mouin

«Hijo mío».

Aquellas palabras helaron el sudor que corría por mi espalda.

Pitit mouin—repitió mientras se apoyaba en el almendro y el polvillo grisáceo que había estado suspendido en el aire caía sobre sus cabellos. La mirada que, por un instante, escapó de su agonía repasó las montañas altas que eran Haití. A continuación soltó un gemido y su cabeza se inclinó de golpe.

—¿Qué dijo?

Me giré hacia Frandy. Estaba lejos, bajo el árbol de quenepa, intentando relajar el rostro, que mantenía tenso, con la expresión de todos los temores imaginables. Escupí la semilla, pero el sabor amargo permaneció en mi boca. El brillo fue desapareciendo lentamente de los ojos del hombre. Sólo entonces advertí un detalle que había pasado por alto: era haitiano.

—Murió—dije.

Frandy dio tres zancadas y se detuvo a mi lado:

—¿Cómo lo sabes?

No era la primera vez que estaba cerca de un muerto, pero había tantas voces dentro de mí, tantos pensamientos confusos, que no fui capaz de decírselo. Frandy miró al haitiano, hizo un gesto de repugnancia y dio media vuelta.

—Los muertos hieden.

Después corrió hacia los matorrales y desapareció.

En algún lugar del monte, se levantó el sonido agudo y continuado de un insecto. Sentía un vacío raro en el estómago. Bajo mi camisa, el corazón palpitaba fuerte. Los matorrales brotaban al borde de una pendiente árida, salpicada de guasábaras. Empecé a alejarme del almendro, volviendo la cabeza de vez en cuando hacia el haitiano. El crepúsculo cayó sobre las montañas altas que eran Haití. En cuestión de segundos, la «hora dorada» se esfumó, arrastrada por las sombras…

Anuncios

Un pensamiento en “Por debajo del alambre (fragmento)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s