– 00:59 para el amanecer

palacio2Vanesa detalla los planes del Corruptillo y su explicación resulta tan minuciosa, tan perturbadora, que arranca gritos de indignación: después de transformar el #edificiodíez en un fastuoso centro comercial, su padre pretende usurpar otros inmuebles de La Zona.

Los monumentos coloniales quedan al margen de la operación.

Hacer obras en lugares como la #fortalezaozama o el #conventodesanfrancisco saldría muy costoso, pero, además, eso enfadaría al Príncipe[1], quien se cree albacea del virrey Colón, Nicolás de Ovando y todos los colonizadores juntos.

De ahí que la expoliación se realice en el área menos turística del casco antiguo.

Edificios como #copello, #lametralla y #saviñón ahora corren el riesgo de acabar convertidos en casinos del «Zonavegas», un remedo tolloso de la truncada Eurovegas para evadir impuestos y desvalijar turistas.

«Si no me creen», advierte Vanesa por medio del megáfono, «vayan ahora mismo a esos lugares: aunque están en perfecto estado, tienen un letrero que dice “inmueble en deterioro” y que ellos colgaron para justificar las demoliciones».

Mientras ella destapa a su padre, yo camino sin rumbo entre los amotinados. Mis sospechas del suicidio colectivo no hacen más que crecer. Cada vez que pregunto sobre el ‘whastapp’ de Vanesa, los consistoriales me responden con las mismas palabras de #vantroy: a las 6:04 de la mañana, es decir, cuando el sol despunte al otro lado del río, todos seremos Lina.

No entiendo por qué están tan relajados. Protestar es importante, necesario, pero acabar de este modo no sería únicamente un acto de rebeldía, sino también la mayor locura.

Para distraerme un poco y no pensar en mi postura cuando empiecen a matarse, acerco los ojos a una hojita pegada a la pared donde está escrito un reglamento firmado por la difunta #lina.

Las instrucciones, reglas y advertencias son sencillas, pero resumen muy bien el espíritu colaborativo del golpe:

1- Una vez dentro, nadie sale

2- Vanesa citará al grupo por WhatsApp

3- Prohibidas las fotos en Facebook o Twitter

4- Recuerden: subiremos a grabar un supuesto cortometraje y si alguien del  museo pregunta, el título es Chapoteando en sangre

5- Eddy bloqueará las puertas

6- Los balcones del palacio estarán asignados por grupos: «músicos», «voceros», «abuelitos que pelearon en Abril[2]», «zoneros del parque Duarte», «gays humillados por el Príncipe» y «gente JARTA[3] en general»

7- No repetiremos la discriminaciones que hemos sufrido: durante el golpe todos los ritmos y gustos serán aceptados… y quien quiera rezar que rece, pero sin meterse con los otros

8- El baño se limpia, los turnos para descansar se respetan y la comida se comparte

9- Si Bola de sebo ordena que disparen, seguiremos bailando

10- Sin sacrificios como este, nada cambiará en La Zona, así que no sientan miedo y ¡¡¡NOVANILA[4]!!!

Leer la función del Eddy me hace sonreír, pero de amargura. Lina y Vanesa pecaron de ingenuas: abandonar banderas, o renunciar a ideales, es algo común entre panitas como él, es decir, entre zoneros instalados en la chercha.

Llegué hasta aquí cargando un termo de café, casi me asfixio por atravesar las alcantarillas coloniales, mi deseo de apoyar el motín es genuino, pero, en honor a la verdad, empiezo a sentir que sobro.

Vanesa me sigue ignorando, nadie advierte la falsedad de Ivory y, para colmo de males, todo apunta a un final sangriento, ya sea por disparos del ejército o la propia inmolación de los amotinados.

Avanzo hasta un balcón y, mientras Vanesa cede la palabra al payaso de Ivory, empujo ligeramente a #joselo, #melvin y #raysa para hacerme sitio en el barandal.

Desde acá arriba todo luce diferente. La famosa bala de Francis Drake[5] que penetró el techo de la #catedralprimada. Los japonesitos que llenan sus iPads con imágenes del motín. Hasta Jairo, Mijaíl y el Eddy, que siguen bajo la estatua de Colón y teclean en sus celulares sin hablarse ni mirarse, presentes en La Zona, pero ausentes, «sonambuleando» y «ZONAmbuleando» como siempre, porque las cosas serias (tú sabe’) son asunto de otra gente.

De pronto, un griterío alcanza mis oídos. Desvío la mirada hacia la calle Meriño y frente a #laesquizofrenia descubro otro tumulto. Sin embargo, este alboroto no se produce por una trifulca entre curiosos: un grupo de periodistas, fotógrafos y camarógrafos avanza rodeados de policías.

Vanesa y Ivory entrecruzan miradas de entusiasmo. Comprenden que con la prensa a nuestros pies, los abusos de Bola de Sebo y las mentiras del Corruptillo quedarán al descubierto.

A continuación sucede algo inesperado.

Vanesa trata de apropiarse el megáfono, pero Ivory se resiste, ella tira de nuevo y, en mitad del forcejeo, otro desorden hace patente el verdadero interés de los medios: el Corruptillo cruza el #parquecolón en dirección al palacio y camina entre guardaespaldas, acompañado por el mismísimo Príncipe.

En esta ocasión, las personas se apartan sin oponer resistencia, creando dos oleadas que abren un pasaje a través del parque.

Jairo, Mijaíl y el Eddy aprovechan para fotografiar al Príncipe. Si tenerlo cerca es garantía de éxito, su imagen es un resguardo para no caer preso.

En La Zona nadie sabe cómo acumuló tanto poder. Algunos dicen que llegó al río Ozama en un cesto de mimbre, otros aseguran que arrastra un pasado virreinal, o, al menos, que tiene sangre de caballero templario, algún circuito de Robocop y corneas con visión infrarroja.

Porque el Príncipe no suda. El Príncipe manda a cualquiera al carajo. Porque en presencia del Príncipe, hasta el Gran Poder de Dios se mea.

En el casco antiguo nada se hace sin su aprobación.

¿Usted quiere vender friquitakis? ¡Pues se arrodilla ante el Príncipe! ¿Quiere una foto en #plazaespaña[6]? ¡Pues pídale permiso al Príncipe! ¿Es hombre y abraza a otro? ¡Pues tendrá que oír la boca del Príncipe!

En opinión de Benito, este curioso personajillo satisface nuestro gusto por la humillación, ese quiste que heredamos del trujillismo y él ceba a base de maldiciones.

Para muchas mujeres, el Príncipe «está bueno» y por eso caen rendidas ante su labia, la misma verbosidad maldita que luego transforma en críticas para deleite de políticos y periodistas, esos que chupan su opinión como un enjambre sediento de néctar.

«¿Usted cree que lloverá hoy, Príncipe?». «¿El domingo saldrá el par de 3 o el par de 2». «Dígame, ¿cuáles son los ingredientes del refresco merengue?».

Con semejante pedigrí, es una sorpresa que sea el Corruptillo la primera persona en dirigirse a nosotros: «A ver, mis hijos, yo entiendo que no comprendan algunas cosas, pero eso de llamarme ladrón no es solo una falta de respeto, sino puras mentiras. Todos aquí saben de mis desvelos por La Zona, de mi amor por La Zona, y que trabajo día y noche para que tengamos una sociedad más justa y con más oportunidades».

¡Diablo, qué botella[7]!

Es el discurso que usó en campaña, el mismo que los periodistas reproducen destacando sus dotes oratorias, ese mareo verbal que nos turba desde que sacamos la cédula[8].

Vanesa responde en voz alta: «Si viniste a repetir lo mismo de siempre, pierdes tu tiempo».

El Corruptillo mantiene la calma y, en vez de replicar, se dirige a la multitud: «Pido disculpas por el comportamiento de mi hija. Ella quiere vivir como el chivo sin ley[9] y, cuando no consigue lo que quiere, hace esta clase de rabietas».

Los periodistas asienten, la gente guarda silencio, el Príncipe se cruza de brazos y Vanesa queda reducida a un par de refunfuños: si ya es difícil que tu padre robe, es mucho más duro que mienta en público.

Ivory no disimula su emoción por el revuelo mediático: si consigue un poco más de protagonismo, su cara aparecerá en los noticiarios, su nombre será citado en los periódicos y es muy probable que su cuenta de Twitter reviente de nuevos followers.

Vanesa clava una mirada furiosa en él. Hasta ahora no había surgido ninguna diferencia entre los cabecillas del motín y la pugna por el megáfono es una grieta que deben cerrar para tranquilidad de los consistoriales.

Como nadie habla desde el palacio, el Corruptillo trata de congraciarse con todos. Esta actitud tan despreciable no me sorprende. El Corruptillo solo manifiesta emociones en presencia de votantes. Su ideología existe en función del dinero. No hay derechas o izquierdas en su cabeza, sino cuánto voy a ganar y cuánto voy a perder.

De manera que aprovecha el momento para hablar del crecimiento turístico y aportar cifras abultadas que nadie entiende.

Mientras discursea, sonríe a las cámaras y, en un momento dado, vuelve los ojos al balcón donde patalea su hija: «Yo fui un idealista como ustedes, Vanesa, pero es mejor que salgan del palacio porque no podemos proyectar esta imagen. Vivimos en una ciudad turística y si este cancito[10] espanta a los turistas, perderemos dinero».

El Príncipe bosteza.

Vanesa separa los labios con intención de refutar, pero entonces sucede algo inaudito: Ivory habla por el megáfono.

«¿Si salimos del palacio que ofrecen a cambio?», pregunta él, sembrando la indignación entre los amotinados.

Vanesa trata de callarlo, pero él hace oídos sordos: «Hagan una buena oferta usted y el Príncipe».

De inmediato, los consistoriales reclaman a Ivory: está tomándose atribuciones que no le corresponden, arruinando el motín.

«No vamos a negociar con nadie, Ivory», grita Vanesa, furiosa, «tenemos un plan y vamos a cumplirlo».

El Príncipe aprovecha esta fisura en el mando para quitarle el megáfono al Corruptillo: «Agradezcan que hemos permitido la protesta».

Los amotinados rechiflan, el Príncipe aguarda unos segundos y ataca otra vez: «Si no bajan en este momento, ordenaré que rompan las puertas y los saquen a la fuerza».

Vanesa me busca con la mirada. No está asustada, pero sí confundida.

Ivory levanta el megáfono y, casi sin darme cuenta, le propino un tremendo puñetazo. En cosa de segundos, #pablo y #yeison lo sacan del balcón, medio inconsciente.

Mi voz llega al Príncipe un poco temblorosa: «Está olvidando algo, Su Majestad». El título desata risas entre los amotinados. «Usted puede creerse dueño de las piedras de esta ciudad, pero no de nosotros».

Los consistoriales rompen a aplaudir.

«¿Y eso qué carajo significa?», pregunta él, sonriendo.

Mi respuesta brota en nombre de todos: «¡NOVANILA!».

Apenas pronuncio este grito, las calles y el palacio se unen en un largo aplauso.

El Príncipe lanza una mirada a Bola de eso y eso basta para que los agentes crucen el pórtico y comiencen a romper las puertas.

Los amotinados se acercan a Vanesa y a mí.

«Están entrando», dice #tina.

Mientras imparte las últimas órdenes, Vanesa aprieta mi mano con fuerza: «Ya saben lo que sigue: todos al mirador… por La Zona y por Lina».

Los muchachos hacen fila para subir a la parte más alta del antiguo cabildo.

«Diles que se detengan, Vanesa», ruego, consciente del peligro, «el motín no tiene que acabar así».

Ella suelta mi mano: «Vete, no tienes que seguirnos».

«¿Pero qué van a ganar con esto?».

«¿Viste cómo nos tratan?».

«Sí, como siempre, pero…».

«Por eso, Kike: como siempre, como que no importamos, comos si estuviéramos muertos».

Una de las puertas cede. El crujido de la madera me espanta. Vanesa besa mi mejilla, se dirige al mirador, pero entonces la tiro del brazo: «¡Espérate!».

«¿Qué?».

No respondo.

«¿Vas a subir?».

Sigo sin hablar.

«¡Kike!».

Y aunque un cielo rojizo anuncia la llegada del sol, ella me arrastra a la oscuridad…

Sonámbulos © Miguel Piccini

Entra a la cuenta de Instagram «SonámbulosRD» para que veas los lugares etiquetados en este capítulo y leas las explicaciones de Kike.

(Fotografía de Esther Hernández-Medina)

[1] Personaje omnipresente y cascarrabias del casco antiguo.

[2] Revolución de 1965.

[3] Para enfatizar nuestro hartazgo, los dominicanos sustituimos la h por j.

[4] Grito de guerra de los amotinados del palacio Consistorial que significa «NO VAmos a NIngún LA’o».

[5] Pirata inglés que invadió Santo Domingo en 1586.

[6] Pan relleno de huevo frito, repollo y aguacate.

[7] Texto memorizado.

[8] Documento necesario para ejercer el voto.

[9] Sin reglas

[10] Fiesta, relajo

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