Manual de lavadora

photo(10)Cuando era niño soñaba con tener un View-Master, ya sabes, uno de esos artefactos parecidos a gafas de buceo que sirven para ver imágenes 3-D.

En vísperas del Día de Reyes, me instalaba frente al Santicló de La Margarita[1] y, en vez de prestar atención al bamboleo de aquel horrendo muñeco o aplaudir al duendecillo que le hacía cosquillas, pegaba mi frente al cristal y con ojos ensoñadores buscaba la ringlera de juguetes.

El View-Master no era costoso, pero el miserable de Melchor siempre perdía mis cartas y cada año me dejaba una pistolita de agua.

Nunca me iba de allí hasta que apagaban las luces, Malva. Aguantaba en silencio los empujones de la gente para fantasear a mis anchas, pues además de presentar a Popeye y Las siete maravillas del mundo antiguo, yo creía que los discos del aparato eran una fuente de dicha inagotable.

A los nueve años había entendido que merecía algo más que jugar descalzo en la #calleelconde.

Si coloco ante mis ojos los días posteriores a tu partida, si hago girar aquellos momentos como en disco de View-Master, no veo imágenes a color, tampoco escenas radiantes, ni motivos para sonreír: solo estoy yo, ofendido en cada cuadro, rumiando mi desventura, pero no como el niño ignorado frente aquella vidriera, sino como el amigo que Boris y tú hicieron a un lado.

Tardaste dos meses en enviarme uno de esos párrafos telegráficos que llamabas e-mails.

Madrid bonito. Mucho calor.

Estudio todo el día. Escribe.

 

Aquellas líneas traslucían cierta obligación, un mero compromiso, parecían escritas desde la prisa, Malva, así que cerraba mi correo electrónico y abandonaba el cibercafé sin responderte.

 

¿Por qué no me escribes?

¿Sigues enojado?

Ridículo.

 

El picoteo[2] en la videoteca del Centro Cultural era aburrido: básicamente me pasaba el día catalogando DVD de cine europeo, hojeando ejemplares amarillentos de Cahiers du cinéma y ejercitando la paciencia con los seudocineastas que caían por ahí de vez en cuando.

Algunos hablaban en voz alta para restregarme su cinefilia: «¿Cómo? ¿No sabes quién es Berlanga? ¡No! ¡Me muero!».

Otros se aparecían en plan Visconti presumiendo sus filmes imaginarios: «¿Ustedes qué películas tienen del neorrealismo italiano?… Ah, okey… Sácame todo menos Ladrón de bicicletas… No, no, es buena, pero me sé el guion de memoria… ¿Tú estudias cine?… Ah, sorry, es que soy de la UASD[3]… Ajá, acabo la carrera el año que viene… Por cierto, ‘toy escribiendo un largo que va a romper[4] en este país… Sí, sí, una vaina del otro mundo, imagínate Ocho y medio, de Fellini, en Sabana Perdida[5]».

 

No es para tanto, Kike.

Deja el drama y escríbeme.

 

Aquellos tipos eran cargantes, pero ninguno superaba al director del Centro, un asturiano que iba a todas partes con un pañuelo anudado al cuello y siempre se dirigía a mí desde una atalaya primermundista: «Si quieres que te entienda pronuncia las eses… Necesito que vengas el domingo… ¡Ah! Y quítame a Almodóvar de ahí».

No me decidía a renunciar porque necesitaba el trabajo, pero también porque sentía la necesidad de encarrilar mi vida. Como bien sabes, deseaba escribir, ser como Fabio, despertar cada mañana con mil palabras crepitando en mis dedos. Sin embargo, me había dejado acorralar otra vez por las inseguridades.

 

¡Respóndeme, Kike!

 

No te hacía caso porque lo merecías, Malva, y, además, daba igual si te respondía o no, pues de todos modos me seguías escribiendo.

Con el paso del tiempo, me fui haciendo una idea de tu nueva vida. El nivel de tus compañeros de universidad era muy alto y, para no perder la beca, te tomaste en serio los estudios.

Vivías con un cubano y una guineana en un pisito mal ventilado. Tu afro despertaba admiración en las calles, no te gustaba el sabor del jamón ibérico y pasabas tus noches libres en un «barrio para gays» llamado Chueca.

Tu relación con Marola se enfrió y, al final, cada una continuó con su vida.

 

Tengo novia. Antropóloga.

Noa. Más zorra que yo.

Iremos a Sevilla.

Eres un maldito, Kike.

Pero te extraño.

 

Ahora lamento todo el tiempo que perdí enojado con Boris. Si bien es cierto que Chiara se había convertido en un problema, pues era la clase de novia que ejercía un control total sobre su hombre —desde el clásico «no salgas con ese pantalón» hasta el imperdonable «¿con quién estás hablando?»—, también es verdad que me había cegado el sentimiento de traición, y, de resultas, le allané el terreno para nuestra separación.

Casi no coincidía con ellos, pues iba a los barcitos undergrounds de #laatarazana y Chiara había arrastrado a Boris al glamour de #plazaaespaña. Sin embargo, como La Zona son cuatro cuadras, nos topamos un domingo en una exhibición de carros antiguos.

La ciudad empezó a cambiar en cuanto te fuiste, Malva.

Abrieron lounges para atraer riquitos, boutiques para aparentar refinamiento y se puso de moda exhibir los vehículos lujosos que habían pertenecido a familias vinculadas al trujillismo.

Boris y Chiara me saludaron con frialdad, yo pensé en una excusa para largarme, pero entonces, ella saludó a unos italianos y él aprovechó para acercarse a mí: «Sigo sin vender un cuadro. No gustan ni en las gift shops».

Aquel comentario me dolió mucho, Malva, pues estaba molesto con él, pero seguía siendo mi amigo: «Si quieres hablo con el director del Centro, es un tipo rarísimo y medio comemierda, pero, quién sabe, igual te deja exponer o te compra algo».

Boris acarició el parabrisas de un Chevrolet: «Chiara dice que mi trabajo tiene mucho nivel para este país».

Apenas cerró la boca, enfurecí: «¿Por qué le haces tanto caso a esa tipa? Cuando Chiara te conoció, ya eras artista, Boris. ¡Vuelve a las intervenciones! Tú eres el tipo que iba a forrar el Obelisco, no esa mala copia de Pollock».

Boris clavó la mirada en su reflejo: «Hay que evolucionar, Kike».

«¿Eso te dice ella?».

«No, eso lo digo yo y es verdad: hay que probar otras cosas, cambiar, moverse… ¿No pensarás que voy a pasarme la vida aquí, sentado en un banco de La Zona como…», Boris se interrumpió y, como estaba tan alterado debido a sus palabras, me sentí aludido: «¿Cómo quién? ¿Cómo yo?».

«No, no me refería a ti, sino a…»

«Ahí viene tu novia», dije, apartándome de él, «mejor díselo a ella»…

 

¡¡¡¡KIKE!!!

¿Cuándo piensas escribirme?

 

Pasaron cuatro meses sin noticias de Boris. En aquel ínterin, me sorprendiste con una postal de la Torre del Oro de Sevilla:

 

Noa discutió con el guía porque

dijo que en esa torre guardaban

el oro de América, pero es mentira.

¿Te digo algo?

Sevilla es más bonita que La Zona,

más grande que La Zona…

pero no es La Zona.

 

Aún no te habías reconciliado con la ciudad, pero este arranque de sinceridad me agradó mucho: a diferencia de La Zona, ninguno de esos sitios espectaculares sería tuyo.

 

¿Recibiste la postal?

Aprobé el curso.

Noa y yo felices.

Búscate a alguien, Kike.

Da igual si es hombre o mujer.

Pero no estés solo… ¡y escríbeme, coño!

 

Boris se apareció un día en el Centro: «¿A qué hora sales?».

«Temprano».

«¿Qué es temprano?».

«¿Por?».

«Te espero a las siete en casa».

«No sé si pueda, Boris».

«Si lo dices por Chiara, tranquilo: regresó a Italia».

Sentí de pronto un sobresalto porque pensé que había roto con la italiana.

Boris no abundó en la noticia: «Te veo en un rato. Bye».

Esa noche, antes de aterrizar en su estudio, saqué unas revistas de arte del Centro y compré ron en un colmadito. Creí que Boris me contaría los motivos de la ruptura y, después de un momento de llanto o maldiciones, saldríamos a comer chimi[6] y sobar extranjeras en el bar de las paredes firmadas. Sin embargo, en cuanto me abrió y paseé los ojos por el departamento, comprendí que ocurría algo más grave porque faltaban muchos muebles.

«¿Chiara se llevó tus cosas?», pregunté y, como Boris se quedó callado, dije: «No importa, lo bueno es que por fin se largó».

Mientras él hojeaba las revistas, bebí ron directamente de la botella y miré de reojo en dirección a su cuarto, donde había cajas amontonadas junto al armario.

Boris señaló una pared del salón: «¿Ya viste lo que encontré cuando moví el librero?».

La superficie estaba cubierta de dibujos y palabras.

«Son de Vicente», dijo, con emoción contenida.

Acerqué los ojos a la pared y, a medida que iba descifrando aquellas anotaciones, Boris me recordó la historia del exiliado español que había vivido allí medio siglo antes.

Aunque pobre, La Zona ha sido siempre generosa y, por eso, durante los años 40, acogió a muchos comunistas que huyeron de España tras las Guerra Civil.

Vicente era escultor y durante el gobierno republicano trabajó para el servicio de prensa extranjera. En vez de viajar a México como la mayoría de sus compañeros, cometió el error de apostar por Ciudad Trujillo[7] y se arrepintió muy pronto: la dictadura era tan asfixiante como el calor isleño.

En aquella época, el estudio de Boris pertenecía a una casa de huéspedes, una de esas pensiones tan comunes en la calle El Conde, llenas de forasteros que dormían con mosquitero y compartían la mesa con otros europeos, casi todos judíos que escaparon de Hitler y nunca se acostumbraron a nuestras matronas negras: «¿Kosher? No, mi amor: eso es tajo. ¡O lo comes o lo dejas!».

Vicente enseñó historia del arte a señoritas de Gazcue[8], fue empleado en una sedería, cayó en desgracia por apoyar las huelgas azucareras y murió sin cumplir su sueño de regresar a España.

Cuando comíamos sándwiches en #lacafetera el sitio con la tarja dedicada a los refugiados siempre pensaba en la gente cuyo pasaje de vuelta es el recuerdo.

Las notas escritas por Vicente eran tiernas y muy emotivas:

 

…Cuando vuelva te llevaré de este ron magnífico…

 

…La ciudad es pequeña, hace un calor terrible,

la gente habla muy alto y se cree blanca…

 

…Hoy por fin llovió. Bajó la temperatura y salí

a pisar charcos. Tengo las suelas rotas, pero

no me importó. De hecho, cuando sentí el frío,

cerré los ojos y, por un segundo, regresé a Burgos…

 

«Prométeme que nunca pintarás esa pared», me pidió Boris. Como no entendía sus palabras, me volví y tenía un juego de llaves en la mano: «Te dejo el estudio».

Al principio no entendí, pero a medida que contaba todo, fui comprendiendo la magnitud de mi nueva tragedia: Chiara y él se habían casado en secreto, ella le esperaba en Milán y, durante los primeros meses en Italia, su suegro ayudaría con las facturas y un techo.

«Al final te atrapó», dije, en voz baja.

«No, Kike», comentó él, «simplemente me cansé»

 

Hola, idiota.

Aquí sigo, sin vergüenza,

como Paulina, “esperándote”.

¿Adivina? Si aprueban la ley

del matrimonio gay,

Noa y yo nos casaremos.

Esto es un país, Kike,

no la porquería nuestra.

Renuncié al trabajo de la videoteca y, en las siguientes dos semanas, no me separé de Boris ni un minuto.

Imagínate, Malva: Boris y yo libres en La Zona, riéndonos como siempre, bebiendo como siempre, viviendo al límite como siempre.

El día de su partida me pidió que no fuera al aeropuerto: «Te conozco y no quiero shows delante de la gente».

El taxista tocó bocina, pero en vez de bajar, Boris regresó al sofá.

«Llegó tu taxi, Bo», dije, controlando la emoción.

«Umjú», respondió él sin moverse.

El taxista volvió a tocar.

«¿Y si me vuelvo Vicente?», me preguntó, levantándose, «¿y si nunca regreso?».

Le abrí la puerta: «Pues te jodes».

Después sonrió. Y yo también. Y agarró su maleta. Y miró el estudio por última vez. Y me dijo: «No te pongas a llorar, mujercita». Y besó mi mejilla. Y me abrazó. Y no me quería soltar. Y tuve que empujarlo, Malva. Y solo así salió.

Al poco rato, cuando oí que cerraba la puerta del taxi, no pude controlarme y corrí al balcón.

Boris iba en el asiento trasero y lloraba de una forma tan desesperada que el taxista acariciaba su cabeza.

Cuando el taxi desapareció calle arriba, volé al cibercafé, abrí mi correo electrónico y finalmente te escribí.

Una línea de acuerdo a tu estilo, una línea conforme a mi dolor:

 Boris también se fue…

 

Sonámbulos © Miguel Piccini

Entra a la cuenta de Instagram «SonámbulosRD» para que veas los lugares etiquetados en este capítulo y leas las explicaciones de Kike.

[1] Famosa juguetería de la calle El Conde que cerró sus puertas en la década del 90.

[2] Trabajo informal o muy breve.

[3] Universidad Autónoma de Santo Domingo.

[4] Expresión equivalente a «será exitoso».

[5] Barrio populoso de Santo Domingo Este.

[6] Hamburguesa criolla.

[7] Nombre que recibió Santo Domingo durante la dictadura trujillista.

[8] Primer barrio de clase alta.

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