Factura telefónica

photo(23)¿Sabes por qué me afectó tanto tu partida? ¿Alguna vez te has preguntado por qué me distancié de Boris? ¿Tienes idea de por qué hice pedazos aquella postal de La Zona? Porque me sentí traicionado por ambos, Malva.

Porque si en verdad querías evitarme dolor, o hacer más llevadera tu decisión de aprovechar la beca, debiste decírmelo y no quebrar la lealtad que nos habíamos guardado durante años.

Cada vez que recordaba nuestro último encuentro en el #bastióndesantabárbara enfurecía, y, de inmediato, me entraban ganas de insultar a Boris.

Nada justificaba el engaño.

Para empezar, yo no era tan débil como suponías, y, además, él también lloró tu ausencia, aunque contaba con Chiara para recorrer el casco antiguo y espantar tu fantasma.

No voy a mentirte: los primeros días fueron horribles.

A ratos pensaba que nuestra amistad se había acabado, pues en mi cabeza, tu decisión de ir a Madrid me convertía en ese extraño que uno teme subir al carro y prefiere olvidar tras el polvo del camino.

De igual forma, hubo momentos de esperanza, tardes de ilusión absurda, sobre todo cuando te buscaba entre los paseantes sudorientos de la #calleelconde, y después de comer gelato con italianos busca cueros (1), de rechazar las mamajuanas de los vendedores ambulantes, de aburrirme con las partidas de ajedrez, me engañaba diciendo que estarías en nuestro colmado favorito, aquella casona frente a la #iglesiadelcarmen, donde veíamos partidos de pelota, o Boris y tú bailaban mientras yo gobernaba la vellonera.

Todo como buenos isleños, Malva: escuchando la misma bachata de siempre, en la misma esquina de siempre y compartiendo las mismas quejas de siempre.

Boris y tú se habían convertido en mi familia. Y hay ausencias que son muertes, o peor, cuchillos enterrados que no retiras nunca.

Cuando decías que parezco mujer porque soy muy afectuoso, tenías razón, pero a medias: esta sensibilidad solo esconde inseguridad porque, en el fondo, doy amor para recibirlo de vuelta, para olvidar mi pasado de privaciones y sin padres.

El momento más desolador después de tu partida fue un atardecer en el malecón.

Boris y Chiara pasaban el día en la playa.

Aunque el sol aún brillaba a mis espaldas, empezó a lloviznar y, en cosa de segundos, apareció esa cortina turbia que a veces el mar nos arroja como un bostezo.

Llovió recio, la gente corrió despavorida, pero no me moví.

Una vez, en aquel mismo lugar, Boris, tú y yo recibimos la lluvia en calzoncillos. Y digo «recibimos» porque te bañaste en boxer igual que nosotros.

Me dolió recordar aquel aguacero, pensar que un instante como ese tal vez nunca se repetiría, pero, al mismo tiempo, agradecí estar allí porque los recuerdos no se guardan únicamente en fotos, Malva, también se quedan en las calles, en el cuarto sucio de pensión, en los jardines sin farolas ni plantas, o bajo el zinc de la casita de infancia.

Por eso uno debe volver a los lugares que amó. Y reír cuando toca el chicle que pegó debajo del banco. Y llorar si derriban tu colegio para abrir un sex shop. Hay que volver siempre, Malva. Porque aunque finjas ser otro, en ese lugar siempre está la persona que realmente eres…

Sonámbulos © Miguel Piccini

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(1) Prostitutas

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