-3:00 para el amanecer

perroSi el perro abandona la jauría no debe mirar atrás.

Si el perro desoye al amo tiene que aferrarse a su instinto.

Si el perro pierde el norte debe orientarse solo.

Si el perro no encuentra salida, no puede sentir miedo.

Si el perro empieza a dudar… entonces es mejor que muera.

Una noche de relámpagos y viento, vi desde mi estudio cómo Lázaro —el tipo medio chalado que cría viralatas[1] en La Zona— conducía sus perros por la #calleelconde. Ellos se comportaban como siempre, obedeciendo sus órdenes, caminando confiados, sin ladrar.

Cuando cruzaban la #callehostos, uno de los perros se quedó atrás por olfatear una funda[2] de basura. Lázaro gritó su nombre («¡Rubio!»), pero el can no atendió, empeñado en rasgar el plástico.

Tan pronto como notaron la rebeldía de su compañero, los demás perros rodearon al hombre, él palmoteó dos veces y entonces el Rubio corrió hacia ellos. Sin embargo, a mitad de la calle, el animal dudó y se detuvo.

Lázaro perdió la paciencia, amenazó con pegarle, pero el Rubio miró la funda y, de pronto, un camión lo aplastó.

Aquel perro no murió por desobediente: perdió la vida por acobardarse.

Llevo un rato paralizado entre las sombras, en esta oscuridad que me hace vacilar. No debería sentirme aterrado, pues el túnel es amplio, traigo linterna y el #palacioconsistorial está en línea recta.

El problema son las voces de Jairo, Mijaíl y el Eddy. Siguen asomados a la boca del conducto y gritan para que desista de esta locura. «¡Sal de ahí, Kike!». «¡Te vas a perder!». «¡No vayas al Palacio!»

Tengo que avanzar, irme de aquí, o, de lo contrario, terminaré volviendo a la resignación, a ese estado narcótico y de falsa placidez que defienden todos allá arriba.

Sin embargo, por más que intento, mis pies no reaccionan, y dar un paso, o algo tan simple como levantarlos, me resulta casi imposible.

Tal vez no es miedo. Quizá solo espero inconscientemente que Jairo, Mijaíl y el Eddy bajen conmigo. En cuanto reconozco esto, sacudo la cabeza. No ocurrirá, pues ninguno de ellos comprende el significado del motín.

Jairo tiene dificultad para hacer cosas por iniciativa propia. Nunca he conocido a nadie tan ciego de sí mismo. Es buen pana, dócil, divertido, pero no toma decisiones sin consultar a Mijaíl.

Algo similar ocurre con el Eddy.

Su miedo a Bola de sebo —a quien teme como un cuco que devora zoneros[3], como ese padre cruel que debemos respetar— es casi infantil. Porque el Eddy idealiza la autoridad, el Eddy respeta los uniformes, el Eddy levanta sus manitas para recibir pau-pau[4] y es asquerosamente obediente.

Cuando confesó que había bloqueado las puertas del Palacio Consistorial me sorprendió mucho, pues sin directrices claras, el Eddy anda con rodeos y, en resumen, se vuelve una mierda.

Mijaíl es todavía peor.

Vive de acuerdo a sus pautas conformistas («deja esa vaina[5] así», «un tíguere[6] que piensa no hace eso», «loco, pero dime, ¿tú crees que vas a cambiar el mundo?»).

Para colmo, siempre se ha sentido superior a mí y pone tanto ahínco en buscar la aprobación de Benito porque envidia mi buena relación con él. Mijaíl tiende a sermonear, pero si habla de un modo tan crítico sobre los amotinados es simplemente por llevarme la contraria.

Por un segundo, la linterna parpadea, me asusto, pero después proyecta una luz potente.

A medida que avanzo por el túnel, voy descubriendo las paredes y bóvedas que los españoles construyeron para almacenar aguas y comunicar edificios importantes de la antigua ciudad.

Siempre había creído que estas alcantarillas discurrían únicamente bajo el suelo de #santabárbara, cerca de la #antiguatarazana y en los alrededores del #alcázardecolón, pero todo indica que llegan hasta el corazón mismo de La Zona, es decir, el #parquecolón, #lacatedral y el Palacio Consistorial.

Ignoro si el agua corrió alguna vez por estos canales, pero los vecinos de la Colonia aprovecharon su silencio para hacer toda clase de diabluras. Según dicen, algunas monjas tenían aquí sus encuentros amorosos, las esposas infieles se practicaban abortos y los corruptos de la Real Audiencia trazaban planes para saquear el tesoro.

Camino más tranquilo, balanceando el termo de café, hasta que tropiezo con una inesperada bifurcación.

Ambos ramales corren en dirección al mar.

¿Derecha o izquierda, Kike?

Estoy en esa disyuntiva cuando, de repente, la luz de la linterna comienza a vacilar y, entonces, para empeorar mi situación, se extingue lentamente: «¡No!». Presiono el botón: «¿Qué pasa?». Pero el aparato no enciende.

Ahora no sé qué hacer.

Volver a las ruinas del #hospitaldesannicolás es la opción más prudente, pero tal vez estoy a pocos metros del palacio y no es verdad que renunciaré después de llegar tan lejos.

Me decido por el túnel izquierdo y, valiéndome del tacto, atravieso la oscuridad, rogando por no equivocarme.

El corredor parece infinito. En algún lugar, corretean ratas. Un insecto zumba cerca de mi cabeza. Huele a algo podrido. El calor es sofocante… Y por ir de superhéroe, es muy posible que muera asfixiado.

De pronto, entiendo que nunca llegaré al palacio, así que doy media vuelta, y cuando estoy a punto de volver sobre mis pasos, creo escuchar una canción.

Al principio me cuesta identificarla, pero después de unos segundos, mi memoria rescata la melodía de I will survive[7], solo que no es Gloria Gaynor quien canta, sino una voz ronca que cambia la letra original por otra más graciosa: «Cuando me golpearon esa vez, I was petrified[8]»

Espoleado por la canción, corro, pero no para salvarme, porque en este momento solo presto oídos a mi corazón, a este palpitar que me apremia, que me empuja a seguir y ocupar mi lugar en el palacio. Porque yo he sufrido igual que los amotinados, tengo mil razones para protestar y no pienso quedarme callado.

La voz y una luz tenue penetran por un agujero sobre mi cabeza.

Sin pensar dos veces, trepo por unos ladrillos y, en un santiamén, me encuentro en el patio del primer cabildo.

Aquí la voz vibra, resuena por todo lados: «Just turn around now[9], que la guapa ahora soy yo»

Las puertas que conectan patio y vestíbulo están abiertas.

Subo la escalinata y, cuando llego al segundo piso, un grupo de amotinados me observa, extrañado. Sin embargo, su curiosidad dura poco, pues, arrebatados por la canción, empiezan a corear:

«¡Nadie se va! ¡Nadie se va! ¡Yeyeyyy!»…

Miro hacia el balcón principal, donde Divina Labourdette canta en compañía de la doble de Iris Chacón y Miss Disco Free 1999, es decir, la realeza transexual dominicana.

Vanesa baila con Ivory y, de pronto, cuando sus ojos me descubren, se queda de piedra: «Qué… qué… ¿Cómo entraste?».

Ivory también se sorprende, pero disimula, lanzándome una mirada retadora.

«¿Cómo entraste, Kike?», insiste Vanesa, y yo, para mortificarla, solo levanto la barbilla y digo: «¡Novanila[10]!»…

Sonámbulos © Miguel Piccini

Entra a la cuenta de Instagram «SonámbulosRD» para que veas los lugares etiquetados en este capítulo y leas las explicaciones de Kike.

[1] Perros de la calle

[2] Bolsa

[3] Joven que frecuenta la Zona Colonial

[4] Expresión utilizada para amenazar a los niños con golpes

[5] Asunto, cosa

[6] Dominicano listo, avispado, de la calle

[7] Sobreviviré

[8] «Estaba petrificada»

[9] «Así que date la vuelta»

[10] Grito de guerra de los amotinados que significa: «No vamos a ningún lado»

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