Agenda sin usar

photo(35)En un primer momento, tu plan de abandonar la isla me alarmó, pero si soy sincero, al poco rato dejó de preocuparme, pues pensé que, con el tiempo, acabarías olvidando la humillación que Marola, sus amigas y tú aguantaron en #sanmiguel.

Los vecinos y, sobre todo, los cofrades amigos de Faustino, juzgaron su suicidio como obra de un supuesto demonio que pretendía sodomizar La Zona.

Contaste todo con ese pesar que resulta de una mala acción, pero ninguna de ustedes era culpable, Malva; si acaso, aquellos policías, que nublados de odio, te trataron como basura, revelando la gran pocilga que cargaban dentro.

Aún dormíamos cuando el teniente entró a la celda y, sin dar explicaciones, gritó: «¡Salgan!».

Boris me lanzó una mirada de angustia: el pobre había dado por sentado que nos fusilarían.

Caminamos detrás del policía y, mientras golpeaba barrotes con su pistola, te hablé en susurros: «Nos van a matar sin darnos el último paseo».

Me miraste, intrigada: «¿Qué paseo, Kike?».

El teniente pateó una puerta y, a medida que entraba la luz, dije: «¿No sabías? Antes de morir ahorcados, los reos eran llevados por las calles».

Quizá la anécdota no venía a cuento, pues, para empezar, no habíamos cometido ningún crimen, pero tenía que decir algo para calmarme.

El sol lastimó mis ojos, Boris cubrió su cara con una mano y, en vez de avanzar, te quedaste quieta, con una expresión de sorpresa. A cierta distancia, el #alcázardecolón se dibujaba sobre un cielo dorado, y en el patio no esperaba un pelotón por nosotros, sino Chiara y Piero.

Ella lanzó una mirada furiosa a Boris: «Tenemos mucho de qué hablar, amore, mucho…»

Yo sonreí al Cavaliere Tropical, pero sus labios no me correspondieron porque había echado a perder su plan de engañar a la morenita que deseaba ser modelo.

El teniente devolvió nuestras cosas riendo: era obvio que había cobrado por dejarnos en libertad, pero su actitud hacía patente otra cosa, parecía una advertencia, una invitación a aceptar y callar, el aviso de que, a partir de aquel día, estaría pendiente de todos nuestros movimientos.

Poco después supe su nombre: Parmenio de la Cruz. El tipo era medio analfabeta y antes de ingresar a la policía había tratado de hacer dinero traficando con mujeres públicas en La Bolita[1]. En cuestión de meses se convertiría en instrumento de muchos poderosos para amedrentar zoneros. No debería sorprender: aquí para cometer abusos solo tienes que llevar uniforme.

En cuanto salimos del destacamento[2], Chiara acribilló a Boris con reproches en ambos idiomas. Me dieron ganas de insultarla, pero Piero metió a Boris en un taxi y los tres se largaron.

«Hay que salir de esa loca rápido», dije, decidido.

Si en casa de Boris me había parecido una fresca, en aquel momento la consideré un auténtico peligro, la enemiga que debíamos aplastar para recuperar a nuestro amigo. Mónica parecía una buena solución, pues seguía enamorada de Boris y, aunque era más bajita que Chiara, tenía lengua y uñas suficientes para quitarla de en medio.

Me quedé esperando algún comentario de los tuyos, Malva, alguna broma cruel, no sé, pero aquel noviazgo era un tema que no te interesaba: «Vete y descansa, Kike, mañana hablamos».

«¿Adónde vas?».

«¡Te llamo mañana!».

«¿No vas por El Conde?».

«Bye!».

Subiste por la calle Emiliano Tejera y, una vez en el #conventodesanfrancisco, fuiste en dirección a #sanantón. Aquello me sorprendió, pues tu pensión estaba en dirección contraria, frente a la #plazoletamaríatrinidadsánchez. De todos modos, como había dormido tan mal, en lugar de seguirte me fui a casa.

A medida que pasaban los días fui olvidando tu plan de abandonar la isla. Era tan ingenuo que llegué a creer que olvidarías el incidente en San Miguel, que Marola regresaría al país y se mudarían juntas.

Boris trató de vender sus horrendas pinturas en las gift shops de la calle El Conde, yo empecé a trabajar en la videoteca del Centro Cultural y, por alguna extraña razón, durante las siguientes semanas nos vimos poco. Para mí las aguas habían vuelto a su cauce, pues ignoraba el plan que urdías a mis espaldas.

Por teléfono todo parecía normal:

«Móntame, jevita».

«Dime, anormal».

«”Anormal”».

«¡Estúpido!».

«Oye, mañana tenemos expo con videos y performances, ¿vienes?».

«¿Van a ir chamaquitos comemierdas?».

«Posiblemente».

«¿Y tus artistas wannabe?».

«También».

«Olvídalo».

«Brindarán ron».

«Ah, pues voy».

Pero nunca aparecías, yo te llamaba al día siguiente y actuabas con total normalidad:

«Hermana, ¿pero y qué fue? ¡Me planchó[3]!».

«Olvidé que tenía un examen, Kike».

«¿Estás embarazada?».

«¡Volví a la universidad, imbécil!».

«¿Y eso?».

«Ahora no puedo hablar, voy a entrar a clase».

«No, no, explícame».

«¡Que volví a la universidad! ¿Qué más quieres que te diga?».

«Sin gritos, linda».

«Tú también deberías hacerlo».

«Ajá».

«En serio, Kike».

«Te apuesto a que no acabas el semestre».

«Hablamos después».

«Oye, mañana hay concierto en Plaza España, ¿vamos?».

«Kike…»

«¿Hm?».

«¡Búscate una novia!».

Tu vuelta a la universidad era un chisme para hablar doce horas, así que llamé a Boris, pero quien respondió fue:

«Pronto!».

«Ponme a Boris, Chiara».

«Primero se saluda».

«¡¡¡PONME A BORIS!!!».

«Ahora no puede hablar, Kike».

«Dime una cosa, ¿todas las italianas son como tú?».

«¿Así cómo?».

«¡Peores que lapas!».

Un día fui a comer a esa fondita de la calle Nouel que tanto te gustaba. Allí siempre había buena charla, concón caliente y una clientela variopinta. Cuando estaba llegando a la esquina, te vi salir en compañía de tu maestra. No te llamé, Malva, tampoco te lo mencioné después, pero en aquel momento sentí que me estabas ocultando algo.

Esa noche pude hablar por teléfono con Boris:

«¿Malva está bien?».

«Sí, ¿por?».

«No sé… Volvió a la universidad…»

«¿Y?».

«Es que la vi con su maestra, ¿te acuerdas? La arqueóloga del Museo Naval. Y no sé por qué me acordé de la beca que le ofreció para estudiar en España».

Boris guardó silencio.

«¿Boris?».

«Sí, aquí estoy».

«¿Qué pasa? ¿Por qué no hablas?».

«Voy al cine con Chiara, te marco después».

Días más tarde nos citaste en el #bastióndesantabárbara. Yo nunca había estado en esa zona de la muralla, pues, aunque ofrecía una vista impresionante del casco antiguo, era frecuentada por delincuentes y estaba llena de basura.

En honor a la verdad, parecías contenta. Dijiste que te iba bien en la universidad, que Marola se había mudado a Rhode Island y se verían en verano.

«¿Ves? Te dije que volvería», comenté y, de repente, cambiaste de conversación: «Qué grande se ve La Zona desde aquí».

«Y bonita», dije.

«Ay, sí, gran vaina La Zona», soltó Boris.

«¡Hey! No hables así de La Primada, de la Atenas del Nuevo Mundo», le ordené, bromeando.

«Y tú no seas tan ridículo, Kike», dijiste, contemplando el puerto, «Boris tiene razón, esta ciudad es una porquería y además…». Cerraste los ojos, tuve la impresión de que ibas a llorar, pero entonces te volviste hacia mí: «¿De verdad te gusta vivir aquí?».

No entendía por qué me preguntabas eso, pero besaste mi mejilla y antes de que pudiera responder algo, te alejaste por una rampa.

«¡Malva!», grité, y, cuando me miraste, añadí: «Mañana es viernes y voy a cobrar, ¿nos vemos en la noche?».

Pero no respondiste, Malva, no podías responder, porque entonces ya había un océano entre nosotros.

Al día siguiente te busqué en la pensión. Milagrito revisaba los premios de la lotería. Apenas sintió mi presencia, quitó los ojos del periódico y dijo: «Llegaste tarde, moreno, la pájara[4] ya se fue».

Corrí a tu cuarto sin dar crédito a sus palabras y abrí la puerta. Encima del catre había un sobre abierto. No tenía nombre, pero supe que iba dirigido a mí. Cuando volví la postal que había dentro reconocí tu caligrafía. Era un grabado antiguo de La Zona y tu mensaje decía:

Te dejo con ella.

Y perdóname, Kike.

Si esto te duele, imagina cómo me siento yo.

Me dejé caer sobre el catre, la dureza de los resortes lastimaba, pero eso hice a partir de entonces: quedarme con ella, quedarme en ella. Miré la postal otra vez y, acto seguido, llovió sobre La Zona. Primero fue una gota, luego varias y después todo un torrente.

Si mal no recuerdo, me ovillé sobre tu cama y empecé a extrañarte. Así como te cuento, Malva: inútil, solo, olvidado, como esa mecha que intenta no apagarse en medio de la cera…

Sonámbulos © Miguel Piccini

Entra a la cuenta de Instagram «SonámbulosRD» para que veas los lugares etiquetados en este capítulo y leas las explicaciones de Kike.

[1] Monumento en forma de globo terráqueo construido en 1955 para celebrar los 25 años de dictadura trujillista y convertido hoy en punto de prostitución.

[2] Jefatura policial.

[3] Dejar plantado.

[4] Despectivo de lesbiana.

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