– 00:59 para el amanecer

palacio2Vanesa detalla los planes del Corruptillo y su explicación resulta tan minuciosa, tan perturbadora, que arranca gritos de indignación: después de transformar el #edificiodíez en un fastuoso centro comercial, su padre pretende usurpar otros inmuebles de La Zona.

Los monumentos coloniales quedan al margen de la operación.

Hacer obras en lugares como la #fortalezaozama o el #conventodesanfrancisco saldría muy costoso, pero, además, eso enfadaría al Príncipe[1], quien se cree albacea del virrey Colón, Nicolás de Ovando y todos los colonizadores juntos.

De ahí que la expoliación se realice en el área menos turística del casco antiguo.

Edificios como #copello, #lametralla y #saviñón ahora corren el riesgo de acabar convertidos en casinos del «Zonavegas», un remedo tolloso de la truncada Eurovegas para evadir impuestos y desvalijar turistas.

«Si no me creen», advierte Vanesa por medio del megáfono, «vayan ahora mismo a esos lugares: aunque están en perfecto estado, tienen un letrero que dice “inmueble en deterioro” y que ellos colgaron para justificar las demoliciones».

Mientras ella destapa a su padre, yo camino sin rumbo entre los amotinados. Mis sospechas del suicidio colectivo no hacen más que crecer. Cada vez que pregunto sobre el ‘whastapp’ de Vanesa, los consistoriales me responden con las mismas palabras de #vantroy: a las 6:04 de la mañana, es decir, cuando el sol despunte al otro lado del río, todos seremos Lina.

No entiendo por qué están tan relajados. Protestar es importante, necesario, pero acabar de este modo no sería únicamente un acto de rebeldía, sino también la mayor locura.

Para distraerme un poco y no pensar en mi postura cuando empiecen a matarse, acerco los ojos a una hojita pegada a la pared donde está escrito un reglamento firmado por la difunta #lina.

Las instrucciones, reglas y advertencias son sencillas, pero resumen muy bien el espíritu colaborativo del golpe:

1- Una vez dentro, nadie sale

2- Vanesa citará al grupo por WhatsApp

3- Prohibidas las fotos en Facebook o Twitter

4- Recuerden: subiremos a grabar un supuesto cortometraje y si alguien del  museo pregunta, el título es Chapoteando en sangre

5- Eddy bloqueará las puertas

6- Los balcones del palacio estarán asignados por grupos: «músicos», «voceros», «abuelitos que pelearon en Abril[2]», «zoneros del parque Duarte», «gays humillados por el Príncipe» y «gente JARTA[3] en general»

7- No repetiremos la discriminaciones que hemos sufrido: durante el golpe todos los ritmos y gustos serán aceptados… y quien quiera rezar que rece, pero sin meterse con los otros

8- El baño se limpia, los turnos para descansar se respetan y la comida se comparte

9- Si Bola de sebo ordena que disparen, seguiremos bailando

10- Sin sacrificios como este, nada cambiará en La Zona, así que no sientan miedo y ¡¡¡NOVANILA[4]!!!

Leer la función del Eddy me hace sonreír, pero de amargura. Lina y Vanesa pecaron de ingenuas: abandonar banderas, o renunciar a ideales, es algo común entre panitas como él, es decir, entre zoneros instalados en la chercha.

Llegué hasta aquí cargando un termo de café, casi me asfixio por atravesar las alcantarillas coloniales, mi deseo de apoyar el motín es genuino, pero, en honor a la verdad, empiezo a sentir que sobro.

Vanesa me sigue ignorando, nadie advierte la falsedad de Ivory y, para colmo de males, todo apunta a un final sangriento, ya sea por disparos del ejército o la propia inmolación de los amotinados.

Avanzo hasta un balcón y, mientras Vanesa cede la palabra al payaso de Ivory, empujo ligeramente a #joselo, #melvin y #raysa para hacerme sitio en el barandal.

Desde acá arriba todo luce diferente. La famosa bala de Francis Drake[5] que penetró el techo de la #catedralprimada. Los japonesitos que llenan sus iPads con imágenes del motín. Hasta Jairo, Mijaíl y el Eddy, que siguen bajo la estatua de Colón y teclean en sus celulares sin hablarse ni mirarse, presentes en La Zona, pero ausentes, «sonambuleando» y «ZONAmbuleando» como siempre, porque las cosas serias (tú sabe’) son asunto de otra gente.

De pronto, un griterío alcanza mis oídos. Desvío la mirada hacia la calle Meriño y frente a #laesquizofrenia descubro otro tumulto. Sin embargo, este alboroto no se produce por una trifulca entre curiosos: un grupo de periodistas, fotógrafos y camarógrafos avanza rodeados de policías.

Vanesa y Ivory entrecruzan miradas de entusiasmo. Comprenden que con la prensa a nuestros pies, los abusos de Bola de Sebo y las mentiras del Corruptillo quedarán al descubierto.

A continuación sucede algo inesperado.

Vanesa trata de apropiarse el megáfono, pero Ivory se resiste, ella tira de nuevo y, en mitad del forcejeo, otro desorden hace patente el verdadero interés de los medios: el Corruptillo cruza el #parquecolón en dirección al palacio y camina entre guardaespaldas, acompañado por el mismísimo Príncipe.

En esta ocasión, las personas se apartan sin oponer resistencia, creando dos oleadas que abren un pasaje a través del parque.

Jairo, Mijaíl y el Eddy aprovechan para fotografiar al Príncipe. Si tenerlo cerca es garantía de éxito, su imagen es un resguardo para no caer preso.

En La Zona nadie sabe cómo acumuló tanto poder. Algunos dicen que llegó al río Ozama en un cesto de mimbre, otros aseguran que arrastra un pasado virreinal, o, al menos, que tiene sangre de caballero templario, algún circuito de Robocop y corneas con visión infrarroja.

Porque el Príncipe no suda. El Príncipe manda a cualquiera al carajo. Porque en presencia del Príncipe, hasta el Gran Poder de Dios se mea.

En el casco antiguo nada se hace sin su aprobación.

¿Usted quiere vender friquitakis? ¡Pues se arrodilla ante el Príncipe! ¿Quiere una foto en #plazaespaña[6]? ¡Pues pídale permiso al Príncipe! ¿Es hombre y abraza a otro? ¡Pues tendrá que oír la boca del Príncipe!

En opinión de Benito, este curioso personajillo satisface nuestro gusto por la humillación, ese quiste que heredamos del trujillismo y él ceba a base de maldiciones.

Para muchas mujeres, el Príncipe «está bueno» y por eso caen rendidas ante su labia, la misma verbosidad maldita que luego transforma en críticas para deleite de políticos y periodistas, esos que chupan su opinión como un enjambre sediento de néctar.

«¿Usted cree que lloverá hoy, Príncipe?». «¿El domingo saldrá el par de 3 o el par de 2». «Dígame, ¿cuáles son los ingredientes del refresco merengue?».

Con semejante pedigrí, es una sorpresa que sea el Corruptillo la primera persona en dirigirse a nosotros: «A ver, mis hijos, yo entiendo que no comprendan algunas cosas, pero eso de llamarme ladrón no es solo una falta de respeto, sino puras mentiras. Todos aquí saben de mis desvelos por La Zona, de mi amor por La Zona, y que trabajo día y noche para que tengamos una sociedad más justa y con más oportunidades».

¡Diablo, qué botella[7]!

Es el discurso que usó en campaña, el mismo que los periodistas reproducen destacando sus dotes oratorias, ese mareo verbal que nos turba desde que sacamos la cédula[8].

Vanesa responde en voz alta: «Si viniste a repetir lo mismo de siempre, pierdes tu tiempo».

El Corruptillo mantiene la calma y, en vez de replicar, se dirige a la multitud: «Pido disculpas por el comportamiento de mi hija. Ella quiere vivir como el chivo sin ley[9] y, cuando no consigue lo que quiere, hace esta clase de rabietas».

Los periodistas asienten, la gente guarda silencio, el Príncipe se cruza de brazos y Vanesa queda reducida a un par de refunfuños: si ya es difícil que tu padre robe, es mucho más duro que mienta en público.

Ivory no disimula su emoción por el revuelo mediático: si consigue un poco más de protagonismo, su cara aparecerá en los noticiarios, su nombre será citado en los periódicos y es muy probable que su cuenta de Twitter reviente de nuevos followers.

Vanesa clava una mirada furiosa en él. Hasta ahora no había surgido ninguna diferencia entre los cabecillas del motín y la pugna por el megáfono es una grieta que deben cerrar para tranquilidad de los consistoriales.

Como nadie habla desde el palacio, el Corruptillo trata de congraciarse con todos. Esta actitud tan despreciable no me sorprende. El Corruptillo solo manifiesta emociones en presencia de votantes. Su ideología existe en función del dinero. No hay derechas o izquierdas en su cabeza, sino cuánto voy a ganar y cuánto voy a perder.

De manera que aprovecha el momento para hablar del crecimiento turístico y aportar cifras abultadas que nadie entiende.

Mientras discursea, sonríe a las cámaras y, en un momento dado, vuelve los ojos al balcón donde patalea su hija: «Yo fui un idealista como ustedes, Vanesa, pero es mejor que salgan del palacio porque no podemos proyectar esta imagen. Vivimos en una ciudad turística y si este cancito[10] espanta a los turistas, perderemos dinero».

El Príncipe bosteza.

Vanesa separa los labios con intención de refutar, pero entonces sucede algo inaudito: Ivory habla por el megáfono.

«¿Si salimos del palacio que ofrecen a cambio?», pregunta él, sembrando la indignación entre los amotinados.

Vanesa trata de callarlo, pero él hace oídos sordos: «Hagan una buena oferta usted y el Príncipe».

De inmediato, los consistoriales reclaman a Ivory: está tomándose atribuciones que no le corresponden, arruinando el motín.

«No vamos a negociar con nadie, Ivory», grita Vanesa, furiosa, «tenemos un plan y vamos a cumplirlo».

El Príncipe aprovecha esta fisura en el mando para quitarle el megáfono al Corruptillo: «Agradezcan que hemos permitido la protesta».

Los amotinados rechiflan, el Príncipe aguarda unos segundos y ataca otra vez: «Si no bajan en este momento, ordenaré que rompan las puertas y los saquen a la fuerza».

Vanesa me busca con la mirada. No está asustada, pero sí confundida.

Ivory levanta el megáfono y, casi sin darme cuenta, le propino un tremendo puñetazo. En cosa de segundos, #pablo y #yeison lo sacan del balcón, medio inconsciente.

Mi voz llega al Príncipe un poco temblorosa: «Está olvidando algo, Su Majestad». El título desata risas entre los amotinados. «Usted puede creerse dueño de las piedras de esta ciudad, pero no de nosotros».

Los consistoriales rompen a aplaudir.

«¿Y eso qué carajo significa?», pregunta él, sonriendo.

Mi respuesta brota en nombre de todos: «¡NOVANILA!».

Apenas pronuncio este grito, las calles y el palacio se unen en un largo aplauso.

El Príncipe lanza una mirada a Bola de eso y eso basta para que los agentes crucen el pórtico y comiencen a romper las puertas.

Los amotinados se acercan a Vanesa y a mí.

«Están entrando», dice #tina.

Mientras imparte las últimas órdenes, Vanesa aprieta mi mano con fuerza: «Ya saben lo que sigue: todos al mirador… por La Zona y por Lina».

Los muchachos hacen fila para subir a la parte más alta del antiguo cabildo.

«Diles que se detengan, Vanesa», ruego, consciente del peligro, «el motín no tiene que acabar así».

Ella suelta mi mano: «Vete, no tienes que seguirnos».

«¿Pero qué van a ganar con esto?».

«¿Viste cómo nos tratan?».

«Sí, como siempre, pero…».

«Por eso, Kike: como siempre, como que no importamos, comos si estuviéramos muertos».

Una de las puertas cede. El crujido de la madera me espanta. Vanesa besa mi mejilla, se dirige al mirador, pero entonces la tiro del brazo: «¡Espérate!».

«¿Qué?».

No respondo.

«¿Vas a subir?».

Sigo sin hablar.

«¡Kike!».

Y aunque un cielo rojizo anuncia la llegada del sol, ella me arrastra a la oscuridad…

Sonámbulos © Miguel Piccini

Entra a la cuenta de Instagram «SonámbulosRD» para que veas los lugares etiquetados en este capítulo y leas las explicaciones de Kike.

(Fotografía de Esther Hernández-Medina)

[1] Personaje omnipresente y cascarrabias del casco antiguo.

[2] Revolución de 1965.

[3] Para enfatizar nuestro hartazgo, los dominicanos sustituimos la h por j.

[4] Grito de guerra de los amotinados del palacio Consistorial que significa «NO VAmos a NIngún LA’o».

[5] Pirata inglés que invadió Santo Domingo en 1586.

[6] Pan relleno de huevo frito, repollo y aguacate.

[7] Texto memorizado.

[8] Documento necesario para ejercer el voto.

[9] Sin reglas

[10] Fiesta, relajo

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Manual de lavadora

photo(10)Cuando era niño soñaba con tener un View-Master, ya sabes, uno de esos artefactos parecidos a gafas de buceo que sirven para ver imágenes 3-D.

En vísperas del Día de Reyes, me instalaba frente al Santicló de La Margarita[1] y, en vez de prestar atención al bamboleo de aquel horrendo muñeco o aplaudir al duendecillo que le hacía cosquillas, pegaba mi frente al cristal y con ojos ensoñadores buscaba la ringlera de juguetes.

El View-Master no era costoso, pero el miserable de Melchor siempre perdía mis cartas y cada año me dejaba una pistolita de agua.

Nunca me iba de allí hasta que apagaban las luces, Malva. Aguantaba en silencio los empujones de la gente para fantasear a mis anchas, pues además de presentar a Popeye y Las siete maravillas del mundo antiguo, yo creía que los discos del aparato eran una fuente de dicha inagotable.

A los nueve años había entendido que merecía algo más que jugar descalzo en la #calleelconde.

Si coloco ante mis ojos los días posteriores a tu partida, si hago girar aquellos momentos como en disco de View-Master, no veo imágenes a color, tampoco escenas radiantes, ni motivos para sonreír: solo estoy yo, ofendido en cada cuadro, rumiando mi desventura, pero no como el niño ignorado frente aquella vidriera, sino como el amigo que Boris y tú hicieron a un lado.

Tardaste dos meses en enviarme uno de esos párrafos telegráficos que llamabas e-mails.

Madrid bonito. Mucho calor.

Estudio todo el día. Escribe.

 

Aquellas líneas traslucían cierta obligación, un mero compromiso, parecían escritas desde la prisa, Malva, así que cerraba mi correo electrónico y abandonaba el cibercafé sin responderte.

 

¿Por qué no me escribes?

¿Sigues enojado?

Ridículo.

 

El picoteo[2] en la videoteca del Centro Cultural era aburrido: básicamente me pasaba el día catalogando DVD de cine europeo, hojeando ejemplares amarillentos de Cahiers du cinéma y ejercitando la paciencia con los seudocineastas que caían por ahí de vez en cuando.

Algunos hablaban en voz alta para restregarme su cinefilia: «¿Cómo? ¿No sabes quién es Berlanga? ¡No! ¡Me muero!».

Otros se aparecían en plan Visconti presumiendo sus filmes imaginarios: «¿Ustedes qué películas tienen del neorrealismo italiano?… Ah, okey… Sácame todo menos Ladrón de bicicletas… No, no, es buena, pero me sé el guion de memoria… ¿Tú estudias cine?… Ah, sorry, es que soy de la UASD[3]… Ajá, acabo la carrera el año que viene… Por cierto, ‘toy escribiendo un largo que va a romper[4] en este país… Sí, sí, una vaina del otro mundo, imagínate Ocho y medio, de Fellini, en Sabana Perdida[5]».

 

No es para tanto, Kike.

Deja el drama y escríbeme.

 

Aquellos tipos eran cargantes, pero ninguno superaba al director del Centro, un asturiano que iba a todas partes con un pañuelo anudado al cuello y siempre se dirigía a mí desde una atalaya primermundista: «Si quieres que te entienda pronuncia las eses… Necesito que vengas el domingo… ¡Ah! Y quítame a Almodóvar de ahí».

No me decidía a renunciar porque necesitaba el trabajo, pero también porque sentía la necesidad de encarrilar mi vida. Como bien sabes, deseaba escribir, ser como Fabio, despertar cada mañana con mil palabras crepitando en mis dedos. Sin embargo, me había dejado acorralar otra vez por las inseguridades.

 

¡Respóndeme, Kike!

 

No te hacía caso porque lo merecías, Malva, y, además, daba igual si te respondía o no, pues de todos modos me seguías escribiendo.

Con el paso del tiempo, me fui haciendo una idea de tu nueva vida. El nivel de tus compañeros de universidad era muy alto y, para no perder la beca, te tomaste en serio los estudios.

Vivías con un cubano y una guineana en un pisito mal ventilado. Tu afro despertaba admiración en las calles, no te gustaba el sabor del jamón ibérico y pasabas tus noches libres en un «barrio para gays» llamado Chueca.

Tu relación con Marola se enfrió y, al final, cada una continuó con su vida.

 

Tengo novia. Antropóloga.

Noa. Más zorra que yo.

Iremos a Sevilla.

Eres un maldito, Kike.

Pero te extraño.

 

Ahora lamento todo el tiempo que perdí enojado con Boris. Si bien es cierto que Chiara se había convertido en un problema, pues era la clase de novia que ejercía un control total sobre su hombre —desde el clásico «no salgas con ese pantalón» hasta el imperdonable «¿con quién estás hablando?»—, también es verdad que me había cegado el sentimiento de traición, y, de resultas, le allané el terreno para nuestra separación.

Casi no coincidía con ellos, pues iba a los barcitos undergrounds de #laatarazana y Chiara había arrastrado a Boris al glamour de #plazaaespaña. Sin embargo, como La Zona son cuatro cuadras, nos topamos un domingo en una exhibición de carros antiguos.

La ciudad empezó a cambiar en cuanto te fuiste, Malva.

Abrieron lounges para atraer riquitos, boutiques para aparentar refinamiento y se puso de moda exhibir los vehículos lujosos que habían pertenecido a familias vinculadas al trujillismo.

Boris y Chiara me saludaron con frialdad, yo pensé en una excusa para largarme, pero entonces, ella saludó a unos italianos y él aprovechó para acercarse a mí: «Sigo sin vender un cuadro. No gustan ni en las gift shops».

Aquel comentario me dolió mucho, Malva, pues estaba molesto con él, pero seguía siendo mi amigo: «Si quieres hablo con el director del Centro, es un tipo rarísimo y medio comemierda, pero, quién sabe, igual te deja exponer o te compra algo».

Boris acarició el parabrisas de un Chevrolet: «Chiara dice que mi trabajo tiene mucho nivel para este país».

Apenas cerró la boca, enfurecí: «¿Por qué le haces tanto caso a esa tipa? Cuando Chiara te conoció, ya eras artista, Boris. ¡Vuelve a las intervenciones! Tú eres el tipo que iba a forrar el Obelisco, no esa mala copia de Pollock».

Boris clavó la mirada en su reflejo: «Hay que evolucionar, Kike».

«¿Eso te dice ella?».

«No, eso lo digo yo y es verdad: hay que probar otras cosas, cambiar, moverse… ¿No pensarás que voy a pasarme la vida aquí, sentado en un banco de La Zona como…», Boris se interrumpió y, como estaba tan alterado debido a sus palabras, me sentí aludido: «¿Cómo quién? ¿Cómo yo?».

«No, no me refería a ti, sino a…»

«Ahí viene tu novia», dije, apartándome de él, «mejor díselo a ella»…

 

¡¡¡¡KIKE!!!

¿Cuándo piensas escribirme?

 

Pasaron cuatro meses sin noticias de Boris. En aquel ínterin, me sorprendiste con una postal de la Torre del Oro de Sevilla:

 

Noa discutió con el guía porque

dijo que en esa torre guardaban

el oro de América, pero es mentira.

¿Te digo algo?

Sevilla es más bonita que La Zona,

más grande que La Zona…

pero no es La Zona.

 

Aún no te habías reconciliado con la ciudad, pero este arranque de sinceridad me agradó mucho: a diferencia de La Zona, ninguno de esos sitios espectaculares sería tuyo.

 

¿Recibiste la postal?

Aprobé el curso.

Noa y yo felices.

Búscate a alguien, Kike.

Da igual si es hombre o mujer.

Pero no estés solo… ¡y escríbeme, coño!

 

Boris se apareció un día en el Centro: «¿A qué hora sales?».

«Temprano».

«¿Qué es temprano?».

«¿Por?».

«Te espero a las siete en casa».

«No sé si pueda, Boris».

«Si lo dices por Chiara, tranquilo: regresó a Italia».

Sentí de pronto un sobresalto porque pensé que había roto con la italiana.

Boris no abundó en la noticia: «Te veo en un rato. Bye».

Esa noche, antes de aterrizar en su estudio, saqué unas revistas de arte del Centro y compré ron en un colmadito. Creí que Boris me contaría los motivos de la ruptura y, después de un momento de llanto o maldiciones, saldríamos a comer chimi[6] y sobar extranjeras en el bar de las paredes firmadas. Sin embargo, en cuanto me abrió y paseé los ojos por el departamento, comprendí que ocurría algo más grave porque faltaban muchos muebles.

«¿Chiara se llevó tus cosas?», pregunté y, como Boris se quedó callado, dije: «No importa, lo bueno es que por fin se largó».

Mientras él hojeaba las revistas, bebí ron directamente de la botella y miré de reojo en dirección a su cuarto, donde había cajas amontonadas junto al armario.

Boris señaló una pared del salón: «¿Ya viste lo que encontré cuando moví el librero?».

La superficie estaba cubierta de dibujos y palabras.

«Son de Vicente», dijo, con emoción contenida.

Acerqué los ojos a la pared y, a medida que iba descifrando aquellas anotaciones, Boris me recordó la historia del exiliado español que había vivido allí medio siglo antes.

Aunque pobre, La Zona ha sido siempre generosa y, por eso, durante los años 40, acogió a muchos comunistas que huyeron de España tras las Guerra Civil.

Vicente era escultor y durante el gobierno republicano trabajó para el servicio de prensa extranjera. En vez de viajar a México como la mayoría de sus compañeros, cometió el error de apostar por Ciudad Trujillo[7] y se arrepintió muy pronto: la dictadura era tan asfixiante como el calor isleño.

En aquella época, el estudio de Boris pertenecía a una casa de huéspedes, una de esas pensiones tan comunes en la calle El Conde, llenas de forasteros que dormían con mosquitero y compartían la mesa con otros europeos, casi todos judíos que escaparon de Hitler y nunca se acostumbraron a nuestras matronas negras: «¿Kosher? No, mi amor: eso es tajo. ¡O lo comes o lo dejas!».

Vicente enseñó historia del arte a señoritas de Gazcue[8], fue empleado en una sedería, cayó en desgracia por apoyar las huelgas azucareras y murió sin cumplir su sueño de regresar a España.

Cuando comíamos sándwiches en #lacafetera el sitio con la tarja dedicada a los refugiados siempre pensaba en la gente cuyo pasaje de vuelta es el recuerdo.

Las notas escritas por Vicente eran tiernas y muy emotivas:

 

…Cuando vuelva te llevaré de este ron magnífico…

 

…La ciudad es pequeña, hace un calor terrible,

la gente habla muy alto y se cree blanca…

 

…Hoy por fin llovió. Bajó la temperatura y salí

a pisar charcos. Tengo las suelas rotas, pero

no me importó. De hecho, cuando sentí el frío,

cerré los ojos y, por un segundo, regresé a Burgos…

 

«Prométeme que nunca pintarás esa pared», me pidió Boris. Como no entendía sus palabras, me volví y tenía un juego de llaves en la mano: «Te dejo el estudio».

Al principio no entendí, pero a medida que contaba todo, fui comprendiendo la magnitud de mi nueva tragedia: Chiara y él se habían casado en secreto, ella le esperaba en Milán y, durante los primeros meses en Italia, su suegro ayudaría con las facturas y un techo.

«Al final te atrapó», dije, en voz baja.

«No, Kike», comentó él, «simplemente me cansé»

 

Hola, idiota.

Aquí sigo, sin vergüenza,

como Paulina, “esperándote”.

¿Adivina? Si aprueban la ley

del matrimonio gay,

Noa y yo nos casaremos.

Esto es un país, Kike,

no la porquería nuestra.

Renuncié al trabajo de la videoteca y, en las siguientes dos semanas, no me separé de Boris ni un minuto.

Imagínate, Malva: Boris y yo libres en La Zona, riéndonos como siempre, bebiendo como siempre, viviendo al límite como siempre.

El día de su partida me pidió que no fuera al aeropuerto: «Te conozco y no quiero shows delante de la gente».

El taxista tocó bocina, pero en vez de bajar, Boris regresó al sofá.

«Llegó tu taxi, Bo», dije, controlando la emoción.

«Umjú», respondió él sin moverse.

El taxista volvió a tocar.

«¿Y si me vuelvo Vicente?», me preguntó, levantándose, «¿y si nunca regreso?».

Le abrí la puerta: «Pues te jodes».

Después sonrió. Y yo también. Y agarró su maleta. Y miró el estudio por última vez. Y me dijo: «No te pongas a llorar, mujercita». Y besó mi mejilla. Y me abrazó. Y no me quería soltar. Y tuve que empujarlo, Malva. Y solo así salió.

Al poco rato, cuando oí que cerraba la puerta del taxi, no pude controlarme y corrí al balcón.

Boris iba en el asiento trasero y lloraba de una forma tan desesperada que el taxista acariciaba su cabeza.

Cuando el taxi desapareció calle arriba, volé al cibercafé, abrí mi correo electrónico y finalmente te escribí.

Una línea de acuerdo a tu estilo, una línea conforme a mi dolor:

 Boris también se fue…

 

Sonámbulos © Miguel Piccini

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[1] Famosa juguetería de la calle El Conde que cerró sus puertas en la década del 90.

[2] Trabajo informal o muy breve.

[3] Universidad Autónoma de Santo Domingo.

[4] Expresión equivalente a «será exitoso».

[5] Barrio populoso de Santo Domingo Este.

[6] Hamburguesa criolla.

[7] Nombre que recibió Santo Domingo durante la dictadura trujillista.

[8] Primer barrio de clase alta.

-2:25 para el amanecer

cafecitoDurante un buen rato, Vanesa me destierra al gran salón del palacio, donde procuro matar la impaciencia observando el mural que Vela Zanetti[1] dedicó a Santo Domingo.

Afuera, en el balcón principal, la provocación se instala sobre tacones de aguja: Divina Labourdette, la doble de Iris Chacón y Miss Disco Free 1999 alteran famosas canciones del pop para nombrar agentes que maltratan homosexuales, pero, después, cuando se quitan el uniforme, duermen abrazados a sus hombres.

Si los francotiradores que nos apuntan desde el #hotelcondedepeñalba y el balcón sobre la #joyeríadicarlo preocuparon en algún momento a los consistoriales fue algo pasajero, pues ahora, además de improvisar bailes, el grupito de rebeldes anima a la multitud, que repite cada meneo por más que Bola de sebo amenace con «trancarlos a todos».

La venganza de las chicas trans es atroz, pero muy merecida, pues cada vez que pronuncian un nombre, o enumeran vejaciones cometidas por el cuerpo policial, los amotinados y los curiosos unen sus voces bajo el coro:

…«¡E’ pájaro[2]

 «Y Armandito el que patrulla»

 «¡E’ pájaro!»

 «Y el que va de guapo[3] por el Conde»

 «¡E’ pájaro!»

 «Y esos dos morenitos que están ahí»

 «¡TAMBIÉN SON PÁJAROS!»…

Camino hacia un balcón de la calle Meriño, y luego, mientras me hago espacio entre #gina y #lalo —una pareja de diseñadores humillados por teñirse el pelo—, vuelvo los ojos al parque y centro mi atención en la estatua de Colón, pues Jairo, Mijaíl y el Eddy han regresado al «puesto de observación» y teclean en sus respectivos aparatos porque tal vez piensan que llevo mi teléfono.

A decir verdad, viéndolos desde aquí arriba, me parecen unos pobres infelices. Un día finalmente apartarán la vista del celular, pero entonces descubrirán que están bajo su tumba.

En eso pienso cuando escucho a Vanesa detrás de mí: «Si nadie vio cómo entraste, es mejor que te vayas, Kike».

Giro la cabeza, Vanesa evita mirarme a los ojos y entonces Ivory se acerca con expresión triunfal.

«Ven acá, baboso, ¿tú no ibas a partirme la boca?», le digo, recordando nuestro pleito en Twitter, pero ella se interpone entre nosotros de inmediato: «¡Vete, Kike!».

Me cruzo de brazos: «Ivory solo está aquí para sacar provecho, Vanesa, depordió[4], abre los ojos, así es él».

Ivory suelta una carcajada: «¿Cuándo vas a superar que soy mejor músico que tú?».

«¡No mezcles las cosas!».

«Si Diva Negra me ofreció un contrato y ustedes tienen que pasear turistas para conseguir el dinero de su disco, no es mi problema, Kike, prueben con Youtube… o qué sé yo… aprendan solfeo».

Aprieto ambos puños, pero logro dominar a la bestia, a este monstruo que suspira por clavar los colmillos en su garganta: «No estoy aquí por ti, viejo».

Él rodea a Vanesa por los hombros: «Ah, ¿no? ¿Entonces por quién?».

Ella me mira sin pestañear, separa los labios, vacila, pero en vez de hablar, o mejor dicho, confesar la emoción que siente por mis palabras, se aparta bruscamente de Ivory y señala la escalera: «Ven, te acompaño».

Para alguien menos sensitivo, este gesto pasaría desapercibido, pero no es mi caso: Vanesa recrimina mi presencia en el palacio, pero, aunque no quiera admitirlo, se alegra de tenerme cerca.

«Vane…», ruego, avanzando tras ella.

«¡No, Kike! ¡Te tienes que ir!».

«Si me hubieras contado el plan, ¿de verdad crees que no te habría apoyado?».

«Ese no es el punto, Kike, es algo más serio: aquí todos tenemos razones para protestar y llegaremos hasta el final».

«Por eso, Vanesa, ¿y yo qué? También vivo en La Zona y sé cómo son las cosas».

Vanesa guarda silencio, así que aprovecho para hablarle con total sinceridad: «¿Cómo te pido perdón? En serio, dime… Hiciste una cosa muy valiente, pero también muy fuerte, Vanesa: acusaste a tu papá de ladrón…»

«¡Es un ladrón!».

«Y si no hacemos algo arrasará con La Zona, ya sé, pero por eso… por eso…»

«No gaguees…»

«Lo que quiero decir es que… Yo soy uno de ustedes, ¿me entiendes?… Quizá tardé demasiado en darme en cuenta, pero eso no importa en este momento… Ahora estoy aquí y no pienso moverme».

Lanzo a Vanesa una mirada intensa, la clase de mirada que Humphrey Bogart dedicaba a Ingrid Bergman para derretirla, y aquí en el Caribe, los tígueres hemos perfeccionado, pero antes de que haga efecto y ella remita mi falta con un beso, Ivory (¡maldición!) nos interrumpe: «Ven, Vanesa, vamos: Divina y sus mujeres ya acabaron».

Un silencio inesperado envuelve el palacio.

Por unos segundos, Vanesa me observa, confundida.

Ivory señala el termo que llevo en la mano: «¿Eso es café?… Ay, qué lindo, Kikecito, gracias, pero ya tenemos».

Y así, sin más, se aleja con ella hacia el balcón principal.

¿Cómo es posible que sea tan ciega? ¿Por qué no advierte su falsedad? ¿Por qué no entiende que Ivory es una versión joven de su propio padre?

Vanesa sujeta el megáfono y habla a la multitud: «¡Ya falta menos para el amanecer!».

Los amotinados chiflan, saltan y rompen a aplaudir.

En medio de la conmoción, me dirijo a uno de ellos: «¡Hey! Hazme el favor».

El muchacho se vuelve con rostro sudoriento: «¿Qué hay?».

Extiendo una mano: «Kike».

«#vantroy».

«Dime una cosa, Vantroy, ¿qué pasará exactamente cuando amanezca?».

Vantroy entrecierra los ojos, ligeramente sorprendido: «¿No recibiste el mensaje de Vanesa?».

Miento descaradamente: «Sí, claro, pero olvidé qué significa».

Vantroy otea la calle y, después, mientras responde, observa el edificio de #molinosdominicanos, cuyas sombras aún resisten el aleteo del alba: «Cuando salga el sol todos seremos Lina».

A continuación, corre hacia un balcón.

Su explicación del mensaje de Whatsapp que Vanesa envió para convocar a los amotinados es todavía más extraña que el mensaje mismo.

Lina era rebelde, vivía en La Zona y se había cansado de los abusos de autoridad al igual que ellos, así que, desde mi punto de vista, ya todos son Lina, a menos que…

La idea congela mis venas: Lina acabó sus días lanzándose desde el #edificiodíez y bajo ese matiz, las palabras de Vanesa adquieren un significado escalofriante:

«Aquí todos tenemos razones para protestar y llegaremos hasta el final»…

¿Cuál final? ¿Un suicidio colectivo?

Sonámbulos © Miguel Piccini

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[1] Pintor y muralista exiliado de la Guerra Civil Española.

[2] Expresión despectiva usada por los policías y dominicanos en general para referirse a los homosexuales.

[3] Bravucón.

[4] De por Dios, por favor.

Factura telefónica

photo(23)¿Sabes por qué me afectó tanto tu partida? ¿Alguna vez te has preguntado por qué me distancié de Boris? ¿Tienes idea de por qué hice pedazos aquella postal de La Zona? Porque me sentí traicionado por ambos, Malva.

Porque si en verdad querías evitarme dolor, o hacer más llevadera tu decisión de aprovechar la beca, debiste decírmelo y no quebrar la lealtad que nos habíamos guardado durante años.

Cada vez que recordaba nuestro último encuentro en el #bastióndesantabárbara enfurecía, y, de inmediato, me entraban ganas de insultar a Boris.

Nada justificaba el engaño.

Para empezar, yo no era tan débil como suponías, y, además, él también lloró tu ausencia, aunque contaba con Chiara para recorrer el casco antiguo y espantar tu fantasma.

No voy a mentirte: los primeros días fueron horribles.

A ratos pensaba que nuestra amistad se había acabado, pues en mi cabeza, tu decisión de ir a Madrid me convertía en ese extraño que uno teme subir al carro y prefiere olvidar tras el polvo del camino.

De igual forma, hubo momentos de esperanza, tardes de ilusión absurda, sobre todo cuando te buscaba entre los paseantes sudorientos de la #calleelconde, y después de comer gelato con italianos busca cueros (1), de rechazar las mamajuanas de los vendedores ambulantes, de aburrirme con las partidas de ajedrez, me engañaba diciendo que estarías en nuestro colmado favorito, aquella casona frente a la #iglesiadelcarmen, donde veíamos partidos de pelota, o Boris y tú bailaban mientras yo gobernaba la vellonera.

Todo como buenos isleños, Malva: escuchando la misma bachata de siempre, en la misma esquina de siempre y compartiendo las mismas quejas de siempre.

Boris y tú se habían convertido en mi familia. Y hay ausencias que son muertes, o peor, cuchillos enterrados que no retiras nunca.

Cuando decías que parezco mujer porque soy muy afectuoso, tenías razón, pero a medias: esta sensibilidad solo esconde inseguridad porque, en el fondo, doy amor para recibirlo de vuelta, para olvidar mi pasado de privaciones y sin padres.

El momento más desolador después de tu partida fue un atardecer en el malecón.

Boris y Chiara pasaban el día en la playa.

Aunque el sol aún brillaba a mis espaldas, empezó a lloviznar y, en cosa de segundos, apareció esa cortina turbia que a veces el mar nos arroja como un bostezo.

Llovió recio, la gente corrió despavorida, pero no me moví.

Una vez, en aquel mismo lugar, Boris, tú y yo recibimos la lluvia en calzoncillos. Y digo «recibimos» porque te bañaste en boxer igual que nosotros.

Me dolió recordar aquel aguacero, pensar que un instante como ese tal vez nunca se repetiría, pero, al mismo tiempo, agradecí estar allí porque los recuerdos no se guardan únicamente en fotos, Malva, también se quedan en las calles, en el cuarto sucio de pensión, en los jardines sin farolas ni plantas, o bajo el zinc de la casita de infancia.

Por eso uno debe volver a los lugares que amó. Y reír cuando toca el chicle que pegó debajo del banco. Y llorar si derriban tu colegio para abrir un sex shop. Hay que volver siempre, Malva. Porque aunque finjas ser otro, en ese lugar siempre está la persona que realmente eres…

Sonámbulos © Miguel Piccini

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(1) Prostitutas

-3:00 para el amanecer

perroSi el perro abandona la jauría no debe mirar atrás.

Si el perro desoye al amo tiene que aferrarse a su instinto.

Si el perro pierde el norte debe orientarse solo.

Si el perro no encuentra salida, no puede sentir miedo.

Si el perro empieza a dudar… entonces es mejor que muera.

Una noche de relámpagos y viento, vi desde mi estudio cómo Lázaro —el tipo medio chalado que cría viralatas[1] en La Zona— conducía sus perros por la #calleelconde. Ellos se comportaban como siempre, obedeciendo sus órdenes, caminando confiados, sin ladrar.

Cuando cruzaban la #callehostos, uno de los perros se quedó atrás por olfatear una funda[2] de basura. Lázaro gritó su nombre («¡Rubio!»), pero el can no atendió, empeñado en rasgar el plástico.

Tan pronto como notaron la rebeldía de su compañero, los demás perros rodearon al hombre, él palmoteó dos veces y entonces el Rubio corrió hacia ellos. Sin embargo, a mitad de la calle, el animal dudó y se detuvo.

Lázaro perdió la paciencia, amenazó con pegarle, pero el Rubio miró la funda y, de pronto, un camión lo aplastó.

Aquel perro no murió por desobediente: perdió la vida por acobardarse.

Llevo un rato paralizado entre las sombras, en esta oscuridad que me hace vacilar. No debería sentirme aterrado, pues el túnel es amplio, traigo linterna y el #palacioconsistorial está en línea recta.

El problema son las voces de Jairo, Mijaíl y el Eddy. Siguen asomados a la boca del conducto y gritan para que desista de esta locura. «¡Sal de ahí, Kike!». «¡Te vas a perder!». «¡No vayas al Palacio!»

Tengo que avanzar, irme de aquí, o, de lo contrario, terminaré volviendo a la resignación, a ese estado narcótico y de falsa placidez que defienden todos allá arriba.

Sin embargo, por más que intento, mis pies no reaccionan, y dar un paso, o algo tan simple como levantarlos, me resulta casi imposible.

Tal vez no es miedo. Quizá solo espero inconscientemente que Jairo, Mijaíl y el Eddy bajen conmigo. En cuanto reconozco esto, sacudo la cabeza. No ocurrirá, pues ninguno de ellos comprende el significado del motín.

Jairo tiene dificultad para hacer cosas por iniciativa propia. Nunca he conocido a nadie tan ciego de sí mismo. Es buen pana, dócil, divertido, pero no toma decisiones sin consultar a Mijaíl.

Algo similar ocurre con el Eddy.

Su miedo a Bola de sebo —a quien teme como un cuco que devora zoneros[3], como ese padre cruel que debemos respetar— es casi infantil. Porque el Eddy idealiza la autoridad, el Eddy respeta los uniformes, el Eddy levanta sus manitas para recibir pau-pau[4] y es asquerosamente obediente.

Cuando confesó que había bloqueado las puertas del Palacio Consistorial me sorprendió mucho, pues sin directrices claras, el Eddy anda con rodeos y, en resumen, se vuelve una mierda.

Mijaíl es todavía peor.

Vive de acuerdo a sus pautas conformistas («deja esa vaina[5] así», «un tíguere[6] que piensa no hace eso», «loco, pero dime, ¿tú crees que vas a cambiar el mundo?»).

Para colmo, siempre se ha sentido superior a mí y pone tanto ahínco en buscar la aprobación de Benito porque envidia mi buena relación con él. Mijaíl tiende a sermonear, pero si habla de un modo tan crítico sobre los amotinados es simplemente por llevarme la contraria.

Por un segundo, la linterna parpadea, me asusto, pero después proyecta una luz potente.

A medida que avanzo por el túnel, voy descubriendo las paredes y bóvedas que los españoles construyeron para almacenar aguas y comunicar edificios importantes de la antigua ciudad.

Siempre había creído que estas alcantarillas discurrían únicamente bajo el suelo de #santabárbara, cerca de la #antiguatarazana y en los alrededores del #alcázardecolón, pero todo indica que llegan hasta el corazón mismo de La Zona, es decir, el #parquecolón, #lacatedral y el Palacio Consistorial.

Ignoro si el agua corrió alguna vez por estos canales, pero los vecinos de la Colonia aprovecharon su silencio para hacer toda clase de diabluras. Según dicen, algunas monjas tenían aquí sus encuentros amorosos, las esposas infieles se practicaban abortos y los corruptos de la Real Audiencia trazaban planes para saquear el tesoro.

Camino más tranquilo, balanceando el termo de café, hasta que tropiezo con una inesperada bifurcación.

Ambos ramales corren en dirección al mar.

¿Derecha o izquierda, Kike?

Estoy en esa disyuntiva cuando, de repente, la luz de la linterna comienza a vacilar y, entonces, para empeorar mi situación, se extingue lentamente: «¡No!». Presiono el botón: «¿Qué pasa?». Pero el aparato no enciende.

Ahora no sé qué hacer.

Volver a las ruinas del #hospitaldesannicolás es la opción más prudente, pero tal vez estoy a pocos metros del palacio y no es verdad que renunciaré después de llegar tan lejos.

Me decido por el túnel izquierdo y, valiéndome del tacto, atravieso la oscuridad, rogando por no equivocarme.

El corredor parece infinito. En algún lugar, corretean ratas. Un insecto zumba cerca de mi cabeza. Huele a algo podrido. El calor es sofocante… Y por ir de superhéroe, es muy posible que muera asfixiado.

De pronto, entiendo que nunca llegaré al palacio, así que doy media vuelta, y cuando estoy a punto de volver sobre mis pasos, creo escuchar una canción.

Al principio me cuesta identificarla, pero después de unos segundos, mi memoria rescata la melodía de I will survive[7], solo que no es Gloria Gaynor quien canta, sino una voz ronca que cambia la letra original por otra más graciosa: «Cuando me golpearon esa vez, I was petrified[8]»

Espoleado por la canción, corro, pero no para salvarme, porque en este momento solo presto oídos a mi corazón, a este palpitar que me apremia, que me empuja a seguir y ocupar mi lugar en el palacio. Porque yo he sufrido igual que los amotinados, tengo mil razones para protestar y no pienso quedarme callado.

La voz y una luz tenue penetran por un agujero sobre mi cabeza.

Sin pensar dos veces, trepo por unos ladrillos y, en un santiamén, me encuentro en el patio del primer cabildo.

Aquí la voz vibra, resuena por todo lados: «Just turn around now[9], que la guapa ahora soy yo»

Las puertas que conectan patio y vestíbulo están abiertas.

Subo la escalinata y, cuando llego al segundo piso, un grupo de amotinados me observa, extrañado. Sin embargo, su curiosidad dura poco, pues, arrebatados por la canción, empiezan a corear:

«¡Nadie se va! ¡Nadie se va! ¡Yeyeyyy!»…

Miro hacia el balcón principal, donde Divina Labourdette canta en compañía de la doble de Iris Chacón y Miss Disco Free 1999, es decir, la realeza transexual dominicana.

Vanesa baila con Ivory y, de pronto, cuando sus ojos me descubren, se queda de piedra: «Qué… qué… ¿Cómo entraste?».

Ivory también se sorprende, pero disimula, lanzándome una mirada retadora.

«¿Cómo entraste, Kike?», insiste Vanesa, y yo, para mortificarla, solo levanto la barbilla y digo: «¡Novanila[10]!»…

Sonámbulos © Miguel Piccini

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[1] Perros de la calle

[2] Bolsa

[3] Joven que frecuenta la Zona Colonial

[4] Expresión utilizada para amenazar a los niños con golpes

[5] Asunto, cosa

[6] Dominicano listo, avispado, de la calle

[7] Sobreviviré

[8] «Estaba petrificada»

[9] «Así que date la vuelta»

[10] Grito de guerra de los amotinados que significa: «No vamos a ningún lado»

Agenda sin usar

photo(35)En un primer momento, tu plan de abandonar la isla me alarmó, pero si soy sincero, al poco rato dejó de preocuparme, pues pensé que, con el tiempo, acabarías olvidando la humillación que Marola, sus amigas y tú aguantaron en #sanmiguel.

Los vecinos y, sobre todo, los cofrades amigos de Faustino, juzgaron su suicidio como obra de un supuesto demonio que pretendía sodomizar La Zona.

Contaste todo con ese pesar que resulta de una mala acción, pero ninguna de ustedes era culpable, Malva; si acaso, aquellos policías, que nublados de odio, te trataron como basura, revelando la gran pocilga que cargaban dentro.

Aún dormíamos cuando el teniente entró a la celda y, sin dar explicaciones, gritó: «¡Salgan!».

Boris me lanzó una mirada de angustia: el pobre había dado por sentado que nos fusilarían.

Caminamos detrás del policía y, mientras golpeaba barrotes con su pistola, te hablé en susurros: «Nos van a matar sin darnos el último paseo».

Me miraste, intrigada: «¿Qué paseo, Kike?».

El teniente pateó una puerta y, a medida que entraba la luz, dije: «¿No sabías? Antes de morir ahorcados, los reos eran llevados por las calles».

Quizá la anécdota no venía a cuento, pues, para empezar, no habíamos cometido ningún crimen, pero tenía que decir algo para calmarme.

El sol lastimó mis ojos, Boris cubrió su cara con una mano y, en vez de avanzar, te quedaste quieta, con una expresión de sorpresa. A cierta distancia, el #alcázardecolón se dibujaba sobre un cielo dorado, y en el patio no esperaba un pelotón por nosotros, sino Chiara y Piero.

Ella lanzó una mirada furiosa a Boris: «Tenemos mucho de qué hablar, amore, mucho…»

Yo sonreí al Cavaliere Tropical, pero sus labios no me correspondieron porque había echado a perder su plan de engañar a la morenita que deseaba ser modelo.

El teniente devolvió nuestras cosas riendo: era obvio que había cobrado por dejarnos en libertad, pero su actitud hacía patente otra cosa, parecía una advertencia, una invitación a aceptar y callar, el aviso de que, a partir de aquel día, estaría pendiente de todos nuestros movimientos.

Poco después supe su nombre: Parmenio de la Cruz. El tipo era medio analfabeta y antes de ingresar a la policía había tratado de hacer dinero traficando con mujeres públicas en La Bolita[1]. En cuestión de meses se convertiría en instrumento de muchos poderosos para amedrentar zoneros. No debería sorprender: aquí para cometer abusos solo tienes que llevar uniforme.

En cuanto salimos del destacamento[2], Chiara acribilló a Boris con reproches en ambos idiomas. Me dieron ganas de insultarla, pero Piero metió a Boris en un taxi y los tres se largaron.

«Hay que salir de esa loca rápido», dije, decidido.

Si en casa de Boris me había parecido una fresca, en aquel momento la consideré un auténtico peligro, la enemiga que debíamos aplastar para recuperar a nuestro amigo. Mónica parecía una buena solución, pues seguía enamorada de Boris y, aunque era más bajita que Chiara, tenía lengua y uñas suficientes para quitarla de en medio.

Me quedé esperando algún comentario de los tuyos, Malva, alguna broma cruel, no sé, pero aquel noviazgo era un tema que no te interesaba: «Vete y descansa, Kike, mañana hablamos».

«¿Adónde vas?».

«¡Te llamo mañana!».

«¿No vas por El Conde?».

«Bye!».

Subiste por la calle Emiliano Tejera y, una vez en el #conventodesanfrancisco, fuiste en dirección a #sanantón. Aquello me sorprendió, pues tu pensión estaba en dirección contraria, frente a la #plazoletamaríatrinidadsánchez. De todos modos, como había dormido tan mal, en lugar de seguirte me fui a casa.

A medida que pasaban los días fui olvidando tu plan de abandonar la isla. Era tan ingenuo que llegué a creer que olvidarías el incidente en San Miguel, que Marola regresaría al país y se mudarían juntas.

Boris trató de vender sus horrendas pinturas en las gift shops de la calle El Conde, yo empecé a trabajar en la videoteca del Centro Cultural y, por alguna extraña razón, durante las siguientes semanas nos vimos poco. Para mí las aguas habían vuelto a su cauce, pues ignoraba el plan que urdías a mis espaldas.

Por teléfono todo parecía normal:

«Móntame, jevita».

«Dime, anormal».

«”Anormal”».

«¡Estúpido!».

«Oye, mañana tenemos expo con videos y performances, ¿vienes?».

«¿Van a ir chamaquitos comemierdas?».

«Posiblemente».

«¿Y tus artistas wannabe?».

«También».

«Olvídalo».

«Brindarán ron».

«Ah, pues voy».

Pero nunca aparecías, yo te llamaba al día siguiente y actuabas con total normalidad:

«Hermana, ¿pero y qué fue? ¡Me planchó[3]!».

«Olvidé que tenía un examen, Kike».

«¿Estás embarazada?».

«¡Volví a la universidad, imbécil!».

«¿Y eso?».

«Ahora no puedo hablar, voy a entrar a clase».

«No, no, explícame».

«¡Que volví a la universidad! ¿Qué más quieres que te diga?».

«Sin gritos, linda».

«Tú también deberías hacerlo».

«Ajá».

«En serio, Kike».

«Te apuesto a que no acabas el semestre».

«Hablamos después».

«Oye, mañana hay concierto en Plaza España, ¿vamos?».

«Kike…»

«¿Hm?».

«¡Búscate una novia!».

Tu vuelta a la universidad era un chisme para hablar doce horas, así que llamé a Boris, pero quien respondió fue:

«Pronto!».

«Ponme a Boris, Chiara».

«Primero se saluda».

«¡¡¡PONME A BORIS!!!».

«Ahora no puede hablar, Kike».

«Dime una cosa, ¿todas las italianas son como tú?».

«¿Así cómo?».

«¡Peores que lapas!».

Un día fui a comer a esa fondita de la calle Nouel que tanto te gustaba. Allí siempre había buena charla, concón caliente y una clientela variopinta. Cuando estaba llegando a la esquina, te vi salir en compañía de tu maestra. No te llamé, Malva, tampoco te lo mencioné después, pero en aquel momento sentí que me estabas ocultando algo.

Esa noche pude hablar por teléfono con Boris:

«¿Malva está bien?».

«Sí, ¿por?».

«No sé… Volvió a la universidad…»

«¿Y?».

«Es que la vi con su maestra, ¿te acuerdas? La arqueóloga del Museo Naval. Y no sé por qué me acordé de la beca que le ofreció para estudiar en España».

Boris guardó silencio.

«¿Boris?».

«Sí, aquí estoy».

«¿Qué pasa? ¿Por qué no hablas?».

«Voy al cine con Chiara, te marco después».

Días más tarde nos citaste en el #bastióndesantabárbara. Yo nunca había estado en esa zona de la muralla, pues, aunque ofrecía una vista impresionante del casco antiguo, era frecuentada por delincuentes y estaba llena de basura.

En honor a la verdad, parecías contenta. Dijiste que te iba bien en la universidad, que Marola se había mudado a Rhode Island y se verían en verano.

«¿Ves? Te dije que volvería», comenté y, de repente, cambiaste de conversación: «Qué grande se ve La Zona desde aquí».

«Y bonita», dije.

«Ay, sí, gran vaina La Zona», soltó Boris.

«¡Hey! No hables así de La Primada, de la Atenas del Nuevo Mundo», le ordené, bromeando.

«Y tú no seas tan ridículo, Kike», dijiste, contemplando el puerto, «Boris tiene razón, esta ciudad es una porquería y además…». Cerraste los ojos, tuve la impresión de que ibas a llorar, pero entonces te volviste hacia mí: «¿De verdad te gusta vivir aquí?».

No entendía por qué me preguntabas eso, pero besaste mi mejilla y antes de que pudiera responder algo, te alejaste por una rampa.

«¡Malva!», grité, y, cuando me miraste, añadí: «Mañana es viernes y voy a cobrar, ¿nos vemos en la noche?».

Pero no respondiste, Malva, no podías responder, porque entonces ya había un océano entre nosotros.

Al día siguiente te busqué en la pensión. Milagrito revisaba los premios de la lotería. Apenas sintió mi presencia, quitó los ojos del periódico y dijo: «Llegaste tarde, moreno, la pájara[4] ya se fue».

Corrí a tu cuarto sin dar crédito a sus palabras y abrí la puerta. Encima del catre había un sobre abierto. No tenía nombre, pero supe que iba dirigido a mí. Cuando volví la postal que había dentro reconocí tu caligrafía. Era un grabado antiguo de La Zona y tu mensaje decía:

Te dejo con ella.

Y perdóname, Kike.

Si esto te duele, imagina cómo me siento yo.

Me dejé caer sobre el catre, la dureza de los resortes lastimaba, pero eso hice a partir de entonces: quedarme con ella, quedarme en ella. Miré la postal otra vez y, acto seguido, llovió sobre La Zona. Primero fue una gota, luego varias y después todo un torrente.

Si mal no recuerdo, me ovillé sobre tu cama y empecé a extrañarte. Así como te cuento, Malva: inútil, solo, olvidado, como esa mecha que intenta no apagarse en medio de la cera…

Sonámbulos © Miguel Piccini

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[1] Monumento en forma de globo terráqueo construido en 1955 para celebrar los 25 años de dictadura trujillista y convertido hoy en punto de prostitución.

[2] Jefatura policial.

[3] Dejar plantado.

[4] Despectivo de lesbiana.