-4:19 para el amanecer

sannicolasEl helicóptero hace un giro temerario. Mientras ladea, su reflector busca cómplices en la antigua cárcel municipal, el #palaciodeborgellá y los balcones del hotel Conde de Peñalba. Vuela como un insecto fastidioso: zumba, se aleja, regresa al mismo punto…

El autor de semejante maniobra es Godzilla. Ahí está, en plena calle, controlando al piloto por walkie-talkie. La aeronave repasa tejados, y cuando completa su segunda vuelta, los amotinados se burlan del teniente. Simplezas como «palomo» y «¡va de ahí!» caen sobre él, pero también insultos del tipo «hijodelagranputa» y «azaroso».

Esta ofensa en particular saca de quicio a Godzilla, que desaparece entre la multitud, maldiciendo. Vanesa levanta los brazos para celebrar, pero esta vez Ivory toma consciencia del peligro y, en vez de aplaudir, ordena a Otto que interrumpa la música.

Mi corazón se estremece: si el Corruptillo planea convertir el #edificiodíez en un centro comercial, entonces Godzilla podría cometer una masacre con todos ellos. Así de atroz es el Caribe; así de crueles, sus poderosos.

El helicóptero queda suspendido sobre la torre y, de repente, suelta una escalerilla por la que baja un soldado vestido de negro.

«Ay, diablo». (Es cierto). «¿Y ahora?». (Este motín acabará con muertos).

En cosa de segundos, otro soldado empieza a descender, y cuando el primero se acerca al mirador, un grupo de consistoriales aparece, portando espejos.

A simple vista parece una táctica para distraer a los soldados, pero tan pronto el helicóptero ilumina la torre se desata una ráfaga de destellos. Ivory, Dj Pancita y Otto encabezan la defensa. Desde puntos estratégicos del palacio, dirigen a los amotinados, que se defienden con espejos de todos los tamaños.

Con cada barrido, la luz del helicóptero rebota en los cristales y termina por enceguecer al piloto, que retira la aeronave, con ambos soldados disparando al aire.

La algarabía en la calle es tremenda, pero quienes festejan el triunfo no son los consistoriales sino la gente, que ahora corea «novanila», haciendo suyo el grito de guerra.

Lamento que Benito no haya presenciado esta nueva victoria: durante la Guerra de 1965, cuando la Fuerza Aérea bombardeaba La Zona, los vecinos también se defendieron instalando espejos en sus azoteas.

Regreso al estudio sudando a mares. Aunque pasa de medianoche, hace un calor espantoso. El termo de café que la vendedora me entregó sigue sobre la mesa.

A decir verdad, ahora no aguanto las ganas de entrar al #palacioconsistorial, de acompañar a Vanesa en el balcón, de confesar todas las veces que fui humillado por Bola de sebo, pero llegar hasta allí sería una misión kamikaze: el Eddy no solo bloqueó las puertas, sino que no hay forma de sortear el cerco policial.

Mientras doy vueltas por el cuarto, la imagen de Ivory dirigiendo la protesta me irrita sobremanera: él no cree en causas sociales, pero se ha convertido en líder gracias a Twitter, donde explota una imagen de muchacho sensible, comprometido con proyectos nobles.

Ivory retuitea mensajes de denuncia sin leerlos.                                                              Ivory comparte noticias sobre igualdad aunque en privado nos llame «prietos».
Ivory acepta invitaciones a eventos comunitarios, sabiendo de antemano que no asistirá.

De todos modos, aunque resulte difícil de creer, su fama de joven ejemplar crece como la espuma, al igual que su legión de followers.

Según cuenta Mijaíl, en algunos círculos, Ivory es conocido como el «Social Media Star» porque sus fotos en Instagram suman el millón y medio de likes, tiene varios «K» de seguidores y, desde hace un par de meses, su cuenta de Facebook alcanzó el límite de usuarios permitidos.

Me lo puedo imaginar, dentro de unos años, capitaneando la sección juvenil de algún partido o politiqueando en programas radiales: para triunfar en este país, además de bultero, basta con ser hipócrita.

Ivory no fue la causa de mi última pelea con Vanesa, pero siempre que ella y yo rompemos, se las ingenia para estar a su lado. A veces como un simple agarre, y otras veces, actuando como su compañero de lucha. No mentiré, extraño a Vanesa, pero ella sigue sin perdonar que no creyera las denuncias que hizo sobre su padre.

Afuera, en algún lado, suenan unas campanas.

Por simple reflejo, miro la hora en mi celular: falta un cuarto para las dos de la mañana. Ahora que recuerdo, en su enigmático mensaje de Whatsapp, Vanesa hacía un guiño a la salida del sol.

Necesito hablar con ella, aclarar ciertas cosas, así que abro la aplicación y escribo:

KIKE:                         ¿Estás?

Debajo de esta pregunta aparecen dos flechitas que confirman su lectura, pero Vanesa no me responde:

KIKE:                         Viste el mensaje, Vanesa, háblame…

Su respuesta surge casi de inmediato:

VANE:                         que quieres kike????

Y nuestra conversación se desarrolla como en los buenos tiempos:

KIKE:                          Vanesa, mi’ja, las tildes existen…

VANE:                        para eso me estas escribiendo???

KIKE:                         No, pero te lo acuerdo…

VANE:                        que quieres??????????????????

KIKE:                         Primero: saber por qué no me dijiste nada del golpe…

VANE:                        no tengo tiempo para eso kike

KIKE:                         ¡DÉJAME ACABAR!

VANE:                       no me grites!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

KIKE                         Ivory te está engañando…

VANE:                       ivory no es como tu

KIKE:                       No, porque yo no miento…

VANE:                      mira kike ahora mismo estoy con gente valiosa con la gente                                     que de verdad le importa esta ciudad

KIKE:                      ¡Ivory te está usando!

VANE:                     si estas celoso es tu problema!!!!!!!!!!!!!!

KIKE:                      Ivory solo quiere estar contigo para brillar… A Ivory no le                                           importa la ciudad, no le importas tú… ¡ABRE LOS OJOS!

Y apenas tecleo el signo de admiración, en la ventana de Whatsapp aparece el siguiente mensaje:

 VANE ABANDONÓ LA CONVERSACIÓN

Los dedos me tiemblan de rabia. Trato de calmarme, pero no puedo: siempre que trato de poner paz entre nosotros es igual. Vanesa tiene que escucharme y si piensa que voy a darme por vencido, está muy equivocada. A continuación, mi dedo pica sobre Larry, el pajarito azul de Twitter, y entonces:

 

El Kike Guía

@vane: me equivoqué y te pido perdón: no pensé que tu papá fuera tan ladronazo…

Tras unos segundos, Vanesa me responde el tuit:

Vane La Necia

@elkikeguía te voy a bloquear!!!!

 

El Kike Guía

@vane OK, pero déjame decirte una cosa: no confíes en Ivory…

Un extraño dolor golpea mi pecho:

… Bueno, allá tú con tu vida, pero no vuelvas a decir que a Ivory le importa la ciudad más que a mí…

Completo el mensaje en otro tuit:

El Kike Guía

@vane … porque es posible que esta ciudad me importe incluso MÁS QUE A TI…

Para mi sorpresa, Ivory se mete en la conversación:

Ivory Star

@elkikeguía @vane cuando vayas a mencionar mi nombre labate la lengua!!!!

 

El Kike Guía

@vane @ivorystar se escribe “lávate”, animal.

 

Ivory Star

@elkikeguía @vane me gustaria tenerte aqui para partirte la voca!!!!

 

El Kike Guía

@vane @ivorystar y boca con B…

 

Vane La Necia

@elkikeguía @ivorystar los voy a bloquear a los dos!!!!!!!!!!

 

El Kike Guía

@vane @ivorystar Mejor tíralo del palacio…

 

Ivory Star

@elkikeguía @vane por que no bienes y me tiras tu???????

 

El Kike Guía

@vane @ivorystar Ok. Voy. Y de paso te llevo un diccionario…

Sin preocuparme en su respuesta, salgo de Twitter y apago el celular: esta vida detrás de un aparato, esta vida de sonámbulo, acabó para mí.

Las amenazas de Ivory no me inquietan, pero, aunque agarro el termo de café, no me muevo, ¿pues cómo demontres voy a llegar hasta ellos?

Tardo largo rato en ordenar mis pensamientos, en idear algún plan, pero nada sensato se me ocurre. Después, cuando estoy a punto de tirar la toalla, en el cuarto penumbroso que hay al fondo, una rata se escabulle por un agujero.

La idea que me asalta es peligrosa, pero posible: si es cierto todo lo que he leído sobre La Zona, si es verdad que existen unas bóvedas de ladrillo bajo el suelo, entonces hay una entrada poco conocida al palacio.

Sin pensar más, busco una linterna, salgo del estudio a toda prisa y, en medio del barullo, emprendo una rápida carrera por la #callehostos hasta las ruinas tenebrosas del #hospitaldesannicolás.

Una vez, bajo esas piedras, estuvo el humilde bohío de la esclava negra que recogía pobres y los curaba. Después, cuando Ovando trasladó la ciudad a esta margen del río, levantó allí un hospital. Al parecer, antes de acabar la construcción, el maestro de la obra conectó uno de los patios con el sistema de alcantarillas coloniales. Y si no es otro embuste convertido en leyenda, ese túnel pasa por debajo del antiguo cabildo, es decir, del Palacio Consistorial.

En cuanto empujo el portón, Jairo, Mijaíl y El Eddy aparecen en la esquina.

«No estoy en ustedes», les advierto, encendiendo la linterna para buscar el hoyo, pero Jairo se atraviesa en mi camino: «Nosotros tampoco estamos en ti… pero… el Eddy quiere decirte algo».

Me vuelvo hacia él, y aunque evita mirarme, ofendido por el rapapolvo de hace un rato, se aclara la garganta y dice: «El mensaje de Whatsapp que envió Vanesa significa…». De repente, se interrumpe.

«¿Significa qué?», pregunto, carcomido de curiosidad, pero el Eddy cambia de conversación: «Loco, ¿de verdad tú crees eso de mí? Porque tú eres mi pana, Kike, en serio».

En momentos así, me cuesta no abrazar al Eddy, acariciar su cabeza como si fuera un hermano pequeño… pero ahora no puedo perder el tiempo: «Okey, Eddy, no importa, yo voy a preguntarle a Vanesa».

Sin más miramientros, avanzo entre las piedras, pero en vez de largarse, el Eddy, Jairo y Mijaíl me persiguen: «¿Vas a entrar al palacio?», «¿Cómo?», «¡Estás loco, Kike!»

El haz de la linterna espanta palomas, descubre arcos roídos y, tras un rato de incertidumbre, finalmente revela la boca del túnel.

La voz de Jairo tiembla a mis espaldas: «N-no… no inventes, Kike».

Clavo mis ojos en el abismo: «Dime una cosa, Eddy, ¿también bloqueaste la puerta del patio?».

Él me estudia con ojos desorbitados mientras niega con la cabeza.

Mijalíl señala el agujero: «Si entras ahí, te vas a morir, Kike».

Lleno de aire mis pulmones: «Y si me quedo aquí afuera también»

Sonámbulos © Miguel Piccini

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«Página en blanco» de Balaguer* (y siguientes)

photo(106)Tres uniformados ejecutaron la infamia, pero el verdadero responsable era un tipejo que había ofrendado sus ojos al demonio. Mandaba desde las sombras, con esa prepotencia tan propia del canalla cuyos arranques los militares complacen.

Así funciona el poder: es una tripa enferma que desecha al rebelde como flatulencia.

No había motivos para arrestarnos. Te negaste a presentar la cédula casi por reflejo, pues ninguna patrulla tenía potestad sobre tus decisiones. Sin embargo, en aquel entonces, algo baladí como caminar de madrugada o beber un último trago frente al mar empezaban a ser delitos, pretextos de la policía para sacar dinero y, en caso de resistencia, forrarte a balazos.

Nada más subirnos al patrullero, otro chaparrón cayó sobre la ciudad. El trayecto fue eterno. Por capricho del teniente, los agentes prolongaron su cacería y bajaban en cada esquina para atrapar «delincuentes»: hombres de gestos afeminados, putas que no cedían sus ganancias, humildes buhoneros señalados como traficantes.

El teniente impartía órdenes desde la cabina. Su sentido del deber era absurdo: no suponía proteger ciudadanos, sino infundir miedo.

La operación duró poco más de una hora y cuando se cansaron de peinar calles desiertas, nos dirigimos al norte, donde la ciudad era olvido. Allí, muy cerca del antiguo barrio de los canteros, estaba aquel almacén transformado en destacamento.

Boris no paraba de exigir explicaciones: «¿Por qué carajo estamos presos? ¿Qué hicimos?». Yo también reclamaba, pero los policías me encañonaron y decidí hacer silencio.

En aquella zona, los edificios deshabitados parecían mendigos, unos aldeanos ofendidos por ese puente que, desde lo alto, desprecia al casco antiguo.

Conforme nos fuimos acercando al destacamento, una idea paralizó mi cuerpo: el teniente mandaría fusilarnos… Está bien, búrlate, pero primero admite que pensabas como yo. Matar en nuestra jungla es sencillo y esconder fechorías, un juego de niños.

Al día siguiente, el teniente convocaría periodistas y, exhibiendo armas inservibles, hablaría de tres jóvenes acribillados junto a #laceiba, un ajuste de cuentas entre bandas, otro «intercambio de disparos».

Los agentes nos bajaron de la camioneta y, a medida que hacían fuerza para meternos al depósito, sus insultos esparcían ecos:

«¡Lacras!» (Cras, cras, cras)…

«¡Tecatos!» (Tos, tos, tos)…

Busqué sosiego en las historias sobre ejecutados que había escuchado de niño. Tal vez ignoras esto, pero bajo su asfalto, Santo Domingo no esconde tierra, sino sangre. La historia de muchos hombres que, en vísperas de morir, hallaron paz mirando los monumentos.

Como el asesino del padre Canales, que no tembló frente a las pailas de alquitrán, o Manuel Rodríguez Objío, que avanzó hacia el paredón dedicando versos. Esos relatos no eran fantasías de cronistas sensibleros: contemplar esta ciudad —incluso en la hora postrera— alivia cualquier pena.

El destacamento olía a fritura. Junto al dispensador de agua había un San Judas descolorido. Debido a la humedad, ya no tenía pupilas y su ceguera parecía simbólica: el letrero «VOCACIÓN DE SERVICIO» saludaba en la pared opuesta.

A diferencia de Boris, caminaste sin protestar y esa resignación me molestó: nos habían arrestado por defenderte, pudiste al menos haber pataleado, pero estuviste callada, aun cuando el teniente se regodeaba.

«Hoy es sábado, ¿saben qué significa eso?», dijo, abriendo la celda.

«Sí, que mañana también se bebe», bromeó Boris y, por efecto, recibió una bofetada: «Ojalá sigas tan graciosito el lunes».

El teniente cerró la puerta.

Boris sacudió los barrotes, enfurecido: «¡No puedes encerrarnos sin una orden! ¡Sácanos de aquí ahora mismo!».

Hiciste fuerza para llevarlo hacia ti: «Cállate, Boris, no compliques las cosas».

El teniente canturreó un merengue y, aunque su rostro carecía de expresión, noté que esperaba vernos arrodillados, rogando por clemencia. Sin embargo, me mordí la lengua y, como muestra de rebeldía, levanté el dedo mayor.

A continuación, mis ojos te buscaron: «¿No piensas protestar?».

El rostro de Boris goteaba sudor: «Sí, Malva, explícanos: ¿por qué diablos botas la cédula y ahora te callas?».

La indignación controlaba mi lengua: «¿Llamamos al hijo de la gran puta y nos bajamos los pantalones?».

Boris alzó la voz: «¿O prefieres que nos ahorquemos para “no complicar las cosas”?».

Seguí tu mirada: parecía examinar las vigas del techo, unos maderos agrietados, donde antaño colgaban embutidos. Tardé en comprender tu actitud: el arresto no te daba igual, simplemente sentías miedo, terror a confesar eso que habías ocultado tanto tiempo.

«¿Ustedes se acuerdan de la fiesta de atabales en #sanmiguel?, preguntaste.

Afirmé con la cabeza, Boris se acercó intrigado y, mientras penetraba el rumor de lluvia, escuchamos tu relato.

Todos los barrios del casco antiguo tienen tradición religiosa, pero ninguna es tan pintoresca como en San Miguel. Alrededor de su iglesia hay manzanas consagradas a la brujería, donde pululan sacristanes santeros, beatas que lloran muertos ajenos y muchos feligreses libidinosos, viejitos que, después de comulgar, ofrecen brebajes, resguardos y «como la cosa está dura» (este… ¿cuál de todas, mi don?), incluso orgasmos.

Desde la época colonial, el arcángel presume doble identidad y cada 29 de septiembre celebra como europeo y africano: durante el día, acepta misas y rezos, pero al cerrar la noche, exige música y jaleo.

Una vez asistí a la celebración y juré que nunca volvería. Las devotas bebían romo para estrujarse con tígueres. Había turistas palpando entrepiernas. Y bajo los árboles del parque, algunos fingían caer en trance.

«La familia de Marola es muy católica», dijiste. «Su abuelo fue pendonista de una hermandad y estaba tan obsesionado con la religión que, de vez en cuando, hacía vía crucis solo por la #calleelconde. Faustino, el papá de Marola, iba para cura, pero se emperró de una repostera y dejó el seminario».

Tu rostro se animó por un momento: «Según Marola, se excitaba comiendo churumbeles, porque tuvieron siete muchachos en cinco años».

Boris sonrió con picardía: «O aprendió a dar canquiña».

Te reíste un poco, de manera involuntaria, casi por contagio: «Marola es la única hembra y, para enfriarse con Dios, Faustino intentó que fuera monja. ¿Se la imaginan en un convento?».

Mi fantasía corrió libremente: «Sí, pero enamorando novicias».

Boris celebró mi ocurrencia: «¡Qué buena porno, loco!».

De repente, te enfadaste: «Los vecinos sabían que Marola es gay, pero Faustino nunca tocaba el tema, y si alguien insinuaba algo, le inventaba enamorados, mucho trabajo o vainas así. Mi mamá es igualita: en vez de aceptarme, me inventa vidas».

Recordé tu primer acto de rebeldía. Una tarde calurosa en Quisqueya Park. Jovencitos formados frente a La Casa del Terror. Nairobi y tú detrás de un quiosco. El algodón de azúcar a medias. Tus labios rozando los suyos. La llegada inesperada de tu madre: «¡Explícame qué están haciendo!». Tu respuesta simple pero retadora: «Besarnos». Y después su mano, aquella intrusa rompiendo tu boca, llevando amargor donde hubo dulzura.

Ahora que pienso, la violencia deslucía siempre tus recuerdos de infancia. Nunca mencionabas momentos felices. Tu niñez fue un saco de boxeo, una hoja atascada en la alcantarilla, esa piedra gris bajo la cascada. Maduraste a fuerza de golpes. Tu madre jamás razonaba y, como buena evangélica, solo citaba la Biblia.

Por eso, cuando cumpliste 15 años, te fuiste de la casa. Eras su única hija, pero nunca te buscó, y si alguna habladuría llegaba a sus oídos («no te ofendas, Valentina, pero Malva parece marimacho»), te convertía en tos, un comentario sobre reumatismo, otra tacita de café.

«Marola me pidió cuerdas para su guitarra porque tenía una fiesta. Creo que no saben, pero cuando ocurrió el accidente, le ofreció un sancocho a San Miguel si Carlota sobrevivía».

Pensé en la desgracia de Fabio, aquella muerte inoportuna, nuestra lectura truncada.

«Todos los años, Faustino dirigía la procesión y luego se iba del barrio por culpa del ruido. La casa se llenó de mujeres. Marola cantó boleros y, mientras unas cocinaban, las demás bebimos cubalibre. Yo agarré un suape[1] rapidísimo y, cuando salíamos al parque, vi el estandarte de San Miguel. No sabes qué chulería, viejo: parecía una capa de carnaval, jevísima, con un tro[2] de flequitos dorados. Como pertenecía a la hermandad, no se podía tocar, pero convencí a Marola y lo sacamos a la calle».

Te paraste debajo del tragaluz. Un relámpago acentuó tu malestar y, antes de sonar el trueno, dijiste algo alarmante: «Nací en La Zona, amo La Zona, pero ya no es para mí».

Quise entender estas palabras, pero hablaste con tanto detalle que volé al parque. Y vi la multitud. Y sentí el sudor. Y escuché los atabales. Tenía ganas de preguntar, pero contaste tan emocionada que caminamos juntos mientras levantabas el estandarte y Marola cargaba la olla. Te quería interrumpir, pero suspiraste tan fuerte que adiviné tu sorpresa cuando tres policías interceptaron al grupo y amenazaron con derramar el sancocho.

«Yo pensé que estaban relajando, pero hablaban en serio. Cerca del parque hay un colmado…»

Boris conocía el lugar: «Sí, a’querosísimo».

Afirmaste con una mueca: «… el dueño es un vivo que celebra San Miguel para vender tragos y comida. Cuando vio nuestro sancocho, mandó que nos trancaran. Los policías vigilaban el parque para impedir pleitos, pero ya saben cómo son: defienden al diablo por dinero».

Tu mirada se tornó grave: «Como ninguna hizo caso, uno de ellos pateó la olla y tiró el sancocho. Marola no pensó dos veces: fue directo al policía y lo noqueó».

Boris te miró pasmado: «¡Qué verduga!».

No mostrabas asombro: «Sí, el tipo cayó boca abajo». Sin embargo, tu frialdad encubría dolor: «Otro policía subió a un banco y dijo que las pájaras debíamos morir. Los músicos dejaron de tocar. La gente empezó a rodearnos. Y el policía preguntó si querían maricones en La Zona. Las santeras gritaron que no. Los deliverys dijeron que no. Y hasta el pasaje de una guagua respondió que no. El dueño del colmado está medio ciego, pero seguía detrás del mostrador, haciendo su agosto con sancocho y cervezas… Unas cervezas cenizas, de esas que uno bebe bailando salsa y que aquel gentío comenzó a levantar para “linchar a las pájaras”».

La primera botella reventó a tus pies. Marola te protegió con su cuerpo y, aunque llorabas, no soltaste el estandarte porque esperabas un milagro. Y sucedió, Malva, pero San Miguel estaba tan borracho que envió al salvador equivocado: Faustino apareció, te arrebató el estandarte y caminó en silencio hacia su casa.

Ninguna salió lastimada porque la lluvia de botellas cesó, pero al poco rato, un disparo estremeció el parque. Los policías se miraron perplejos. Marola, sus amigas y tú corrieron a la casa. Desde el umbral, pudieron distinguir a Faustino: yacía sobre un charco de sangre. Los dedos de su mano derecha empuñaban un revólver; y entre los izquierdos, sobresalía el estandarte.

«No aguantó la vergüenza», añadiste con voz rota. «Todos culparon a Marola y ahora está en Nueva York. Me dijo que volverá, pero yo sé que es mentira».

El silencio nos empujó a rincones distintos. Te enjugaste una lágrima, luego otra, después ninguna.

Quería besar tu frente, decir algo para animarte, pero cometí el error de preguntar: «¿Y ahora qué vas a hacer?».

Fuiste rápida: «Me voy del país»…

Sonámbulos © Miguel Piccini

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* Página del libro Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo que debería esclarecer el asesinato del periodista Orlando Martínez y permanece vacía desde su publicación.

[1] Borrachera

[2] Muchos.

-6:04 para el amanecer

kikesoloLa multitud me arrastra cuesta abajo. Avanzamos por la #callehostos y, a pocas cuadras del #condepeatonal, un pelotón nos cierra el paso: en su afán de sofocar la revuelta, Bola de sebo trajo soldados del ejército.

Hay un tanque frente al #edificiobaquero, francotiradores apuntando hacia el #parquecolón, incluso perros adiestrados para detectar explosivos. El despliegue de fuerzas es aparatoso, pero los amotinados no ceden al pánico y, liderados por Otto, lanzan otra proclama:

«¡Ay, Bola de sebo! ¡Qué gordo tan pendejo! ¡Busca militares porque no tiene huevos

Una especie de «mercado fronterizo» se ha instalado a este lado del cordón, donde circulan haitianos que venden cidís mientras los dominicanos ofertan chicharrón. Unos y otros pregonan su mercancía y, en medio del barullo, dos mujeres se lían a gritos:

«¡La Biblia condena la idolatría!». «¡Devuélvame mi crucifijo!». «¡Lea Isaías 2:8!». «¡Rezar el rosario redime!». «¡Hereje!». «¡Fanática!»

Una evangélica pertrechada de versículos y la única monja exorcista del Caribe caen al suelo pegándose. La riña me espanta hasta tal punto que huyo hacia el cordón.

Tan pronto como llego, un sargento me detiene: «¿Qué pretendes?».

Le observo inflexible: «Voy a mi casa».

El sargento señala el termo que me dio la vendedora: «No, tú quieres vender café».

Me esfuerzo por mantener la calma: «No soy vendedor, pana. ¿Ves aquel edificio de la esquina?».

El militar me empuja: «¿Qué es esa eso de “pana”? ¡Tú y yo no somos iguales!».

Trato de meterlo en razón, pero él hace oídos sordos a mis reclamos: «Nadie pasa hasta que acabemos esta vaina».

La noticia me estremece, pues si el ejército emprende una ofensiva, los consistoriales no vencerán entretejiendo eslóganes. Con la mayor prontitud, pienso en alternativas para traspasar el cerco, pero Rodrigo de Liendo* cimentó tantas iglesias que dejó La Zona sin suficientes pasadizos.

Aceptar el termo de aquella vendedora fue un desacierto: a mi modo de ver, Mambrú disparó en la guerra, no sirvió café.

Atravieso la marea nuevamente, y aunque monja y evangélica están apartadas, ninguna da por terminado el pleito.

«La salvación de esos muchachos es Jesucristo», afirma la protestante, destrozando una talla de San Benito Abad.

«¡Necesitan un exorcismo!», grita la católica, rompiendo unos impresos que nombran a Satanás «creador del dembow».

La monja reza el rosario, la evangélica cita visiones del Apocalipsis y después, como legítimas herederas del Señor, se abofetean.

Este segundo round es menos intenso. No obstante, origina una estampida que me conduce hasta el pórtico mismo del palacio. A medida que invadimos la calle, los amotinados nos aclaman.

La algarabía ofende al teniente, pero es Vanesa quien lastima su amor propio: «¿Te fijaste, Bola de sebo? ¡Santo Domingo no tiene miedo!».

Como esta afirmación arranca vítores, Bola de sebo busca consuelo en Godzilla, pero el asno patalea y, mientras echa maldiciones, ella se dirige a nosotros: «Nadie tiene autoridad para decirnos a quién amar, cómo vestir o en qué creer. La mayoría de nosotros aún no cumple 30 años, hemos nacido en libertad y no consentiremos otra dictadura».

Muchas veces tildé a Vanesa de oportunista, pero estaba equivocado: esta rebeldía no es pantalla, sino consecuencia del odio hacia su padre, ese ex guía turístico que, urdiendo mil artimañas, se convirtió en alcalde.

Para saborear el drama de Vanesa, hay que entender un detalle: los griegos siguen dictando tragedias, pero ahora ubican sus conflictos en quintas lujosas, tienen la corrupción de argumento y por semidioses a miembros del ayuntamiento.

Cuando enseñaba monumentos para sobrevivir, el Alcalde adoctrinó a Vanesa en historia colonial, o mejor dicho, le inculcó orgullo por el pasado glorioso de Santo Domingo, esa sarta de anécdotas coloniales que los turistas disfrutan y funcionan muy bien para impresionar votantes.

Tan pronto empezó su gestión, Vanesa celebró las ocurrencias de su padre (ferias de macramé, conciertos de boleros al aire libre, batón ballets encabezando procesiones), pero meses después descubrió algo terrible: La Zona parecía un chiquero porque él malversaba dinero público.

Cuando estaba a punto de acabar su periodo, el Alcalde gastó millones para reelegirse y, comparando al candidato de la oposición con Alonso de Maldonado**, deslumbró a periodistas que divulgaron su sonrisa, sin mencionar las licencias para casinos que había repartido entre familiares.

Durante un mitin en #santabárbara, el ex guía turístico leyó una pintada que agrietó su placidez: «ESE DINERO PERTENECE A LA PRIMADA».

Su batería de tumbapolvos —falsos bohemios vestidos con chacabana— restó importancia al letrero: «Tranquilo, Alcalde: así se desahogan los agitadores frustrados».

Sin embargo, el mensaje se propagó, cambiando con arreglo a la campaña. Primero como ventana emergente en su página web: «ADMINISTRAR NO SIGNIFICA ROBAR».

Después bajo el repique de telefonazos anónimos: «¿NO ENTIENDE? ESOS CUARTOS NO SON SUYOS».

Y finalmente convertido en trending topic: «#DEVUÉLVALOSCARAJO».

Para decidir cómo atraparían al responsable, la batería de tumbapolvos se instaló en un famoso mesón y, allí, devorando empanaditas de cangrejo, una bombilla imaginaria iluminó sus calvas:

«Fue el candidato de la oposición». «¡Qué inteligente eres!». «¿Verdad que sí?». «Sí, pide más whisky»

La vanagloria de estos tipos se esfumó cuando pasaron al puro: como necesitaban pruebas, no podían incriminar a nadie, así que, temiendo una debacle, el Alcalde contrató al mejor hacker de Bombay, un adolescente con anteojos de hipster llamado Nirek Mahan.

Una tarde, mientras aguardaba por su guiso de curry, Nirek rastreó un tuit que decía: «EL ALCALDE LLENARÁ DE CASINOS LA ZONA», y, antes de zamparse el postre, ya había localizado el iBook del usuario fantasma: se encontraba en la quinta dieciochesca donde vivía su cliente y, para mayor escarnio, pertenecía a su hija.

El Alcalde enfrentó a Vanesa con pura palabrería: «¿Cómo fuiste capaz de hacerme algo así? Gracias a mí, La Zona está llena de turistas. Cuando alguien ama su ciudad…».

Vanesa fue contundente: «No la saquea».

El Alcalde habló entonces de turismo lúdico para eludir su verdadera desazón: haber confirmado la probidad de su hija.

«¡Me das asco!», espetó ella. «¡Malagradecida!», gritó él.

Vanesa dio media vuelta y, mientras metía ropa en su mochila, soltó una frase demoledora: «Pero no corrupta».

Desde entonces, el rencor gotea entre ellos, alimentando un manantial de orgullo. Y como los vecinos del casco antiguo conviven con ratas, un noventa por ciento reeligió al Alcalde.

Ahora vive en la #callelasdamas, maneja un Ferrari y administra casinos en La Zona. Vanesa renta un cuartucho frente al cementerio de Ciudad Nueva, se transporta en concho y malvive diseñando camisetas.

Con respiración acelerada, regreso a la calle Hostos, subo a mi estudio y, cuando enciendo las luces, veo una salamanqueja instalada en el cartel «SI SU CEREBRO ES CHIQUITO NO ENTRE».

Desvío la mirada al instante. Estas palabras aún resultan dolorosas, pues evocan una época en la que fui invencible como los consistoriales porque tenía cerca a Boris y Malva.

Sin soltar el termo de café, me dirijo a la azotea. No comprendo de dónde sale la luz que ilumina el #palacioconsistorial, pero, de pronto, escucho una hélice, los amotinados miran hacia arriba y todo se esclarece: un helicóptero del ejército sobrevuela el área. Su reflector persigue a Vanesa, y, pese al estruendo, Godzilla transmite una amenaza: «¡Tienen cinco minutos para desalojar el edificio o no respondemos!»…

Sonámbulos © Miguel Piccini

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* Arquitecto de los principales edificios religiosos de Santo Domingo.

** Gobernó la colonia desde 1549 hasta 1558. Era corrupto, licencioso y, mientras iba de banquete en banquete, su mujer se dedicaba al comercio ilícito con corsarios.

 

Rollo de papel higiénico

colmadoImagina un charco de agua lluvia. Ahora acércate: flotando entre gusarapos, hallarás un zapato, cáscaras podridas y botellas de plástico. Ahora fíjate bien: el agua refleja a una chica que llora. Eres tú, Malva. Y evocar la primera exposición de Boris, acarrea siempre esta estampa: policías gritando y, en medio de agua sucia, tu tristeza.

La vida te había asestado un golpe, pero trataste de olvidar, echando velo sobre aquel enigmático contratiempo. Para eludir preguntas renunciaste a nuestras salidas.

Desde un principio sospeché que estabas harta. Porque uno se cansa, Malva. Primero de ocultar tengo novio»). Si te obligan a explicar («sí, soy lesbiana, ¿qué pasa?»). Y en cada reclamo («¡no me llames pájara).

Boris solía decir: «El genoma que identifica al dominicano se llama “comeboca”. Por eso cuando un bebé nace no contempla a su madre: averigua si el doctor y la enfermera son amantes».

Como desconocía la razón de tu disgusto, culpé a los llevavidas: quizá algún homófobo te había insultado, tal vez otro blanquito había aborrecido tu afro, o ambas cosas. En Santo Domingo, condenar es pasatiempo y ser auténtico, el peor infierno.

Tu actitud no alarmó a Boris. «No la presiones», me pidió por teléfono, «de seguro tiene una vaina hormonal. Las mujeres serían perfectas si no tuvieran hormonas». Él bromeaba porque sentía remordimientos: en cierta forma, el distanciamiento entre nosotros fue también su culpa.

Chiara logró que Piero, el italiano de la ostería de #plazaespaña, exhibiera los murales de action painting. Me presenté en Casa de Italia por pura cortesía. Llovía a cántaros, pero, además, yo prefería los proyectos urbanos de Boris y cubrir monumentos resultaba absurdo para esos coleccionistas de flamboyanes.

Boris parecía desorientado entre toda esa gente presumida y, mientras Chiara comprometía su talento con supuestos marchantes, me sonrió tímidamente.

En aquellas obras faltaba arte, tanto así que los invitados mostraban más interés en beber vino. Si hubo —como presumía el catálogo— un «artista atormentado», pereció en la primera descarga de pintura.

Quería largarme, pero, de pronto, apareció Piero: «¡Hey! Ragazzo! ¡Cuánto tiempo! Come vai?». Saludaba muy orondo, arrastrando a una mulata en tacones que respondía al nombre de Julio. Aunque no tenía aspecto de travesti, por si acaso, el italiano despejó cualquier duda: editaría un calendario Pirelli con morenas de Boca Chica.

«Hola», murmuré, rogando porque desaparecieran.

Julio enjugó el sudor al mecenas y, luchando por no resbalarse, preguntó emocionada: «Papi, ¿tú eres el fotógrafo del calendario?».

Piero no permitió que respondiera: «Eh… Sí, amore… Un “negrito italiano”».

Me crucé de brazos, incómodo: «No, italiano era mi bisabuelo».

El comentario agradó a Piero: «Y como buen italiano, conquistó una bella dominicana».

Julio sonrió al Cavaliere tropical.

«Sí», acepté malintencionado, «y como buen italiano también le mentía y era mujeriego».

La mulata se apartó de Piero y, acto seguido, él me gritó «¡figlio di puttana!» agitando un dedo.

Nada más gritar, corrí escaleras abajo y tropecé contigo. Buscabas sentido al pintarrajo llamado Tarde nublada frente al Palacio Consistorial, I. Sobresalía por su tamaño, pero era igual de horrendo que las versiones II, III y IV.

Mi aparición inesperada te hizo sonreír.

«¿Boris cree que venderá esta mierda?», dijiste y, por un segundo, creí que habías recuperado el descaro.

Chiara agradeció a Piero por la exposición y, cuando todos aplaudieron, salimos disparados del lugar.

La lluvia había cobrado fuerza.

Recorrimos pocos metros hasta un colmado. Tu llanto en las ruinas del #hospitaldesannicolás me seguía inquietando, pero las burlas al italiano frenaron mi interés de preguntar qué te ocurría.

Apenas abriste la botella de ron, Boris llegó empapado: «Diablo, se fueron, ustedes son dos perros». Si pretendía regañarnos, cambió de opinión súbitamente, pues encendió un cigarrillo: «Bueno, al menos beben romo».

Después abrió los brazos. Porque así de tierno era nuestro Boris. Tal vez dramatizaba sus emociones, pero no existía alguien más comprensivo.

Bailando sobre el mostrador, celebramos su fracaso: aunque nadie compraría un cuadro, aquel «homenaje» a Pollock favoreció nuestro encuentro.

La lluvia dio tregua cuando acabamos el ron.

Sin dinero para comprar otra botella, caminamos hacia la puerta y, de repente, el colmadero deslizó un garrafón sospechoso: «¿Quieren mamajuana?».

Era jaba’o, barrigón y a todas luces parlanchín.

«Todavía es temprano», dijo, ofreciendo aquella bebida de raíces. Mientras elogiaba nuestra amistad, recordé a Santicló: si hubiese nacido en Santo Domingo tendría la misma barba rizada.

«Mis amigos y yo tampoco salíamos de La Zona», confesó, mirando en dirección a una esquina, donde las aguas acumulaban basura. «Qué curioso, ¿verdad? Aquí tenemos la libertad que nos niega el mar. En mi época ibas a los parques para ver minifaldas, aprendías idiomas con marineros olvidados en tierra, o pasabas tardes cambiando elepés por condones… Gracias a los Beatles, hoy no tengo quince hijos».

Al escuchar semejante ocurrencia, Boris y yo reímos, tú en cambio enterraste el humor porque escuchabas con expresión severa.

La facha del hombre gritaba todo menos rock, pero inesperadamente tarareó A Hard Day’s Night y enmudecimos. Quien llamó duendes a los románticos del casco antiguo, olvidó que son colmaderos.

«¿Dónde están esos amigos?», le pregunté, sentándome sobre un guacal. «¿Perdieron el contacto? Boris dice que eso pasará con nosotros tarde o temprano».

El colmadero rellenó nuestros vasos: «Nos vimos por última vez durante la Guerra».

Boris habló con ironía: «Déjeme adivinar: por culpa de una italiana».

El colmadero sorbió su mamajuana: «No, murieron en combate».

Esta confesión nubló mis ojos: en aquella época me costaba imaginar La Zona sin ustedes.

Te pasé el brazo por encima del hombro. Quería entender tu malestar, pero una nostalgia repentina arropó al colmadero:«Nadie recuerda la Revolución», afirmó categórico. «Y no entiendo porqué: aunque no vencimos, ganamos en ideales. Tulio, Servando y yo teníamos 18 años. A esa edad quieres emborracharte, callejear… y con perdón de la señorita: echar buenos polvos. La política aburría. ¡Y mira que aguantamos abusos! Después que los trujillistas y la Iglesia derrocaron a Bosch, en La Zona te metían preso por cualquier pendejada… Llevar barba, por ejemplo. Así cazaban comunistas. Y así justificaban los guantazos».

A medida que hablaba, advertí tu nerviosismo. Por alguna razón, mirabas hacia fuera, estrujando tus manos.

«¡Ah! Usted era de esos comparones que leían a Marx», comentó Boris, bebiendo lentamente.

«No, yo prefería revistas pornográficas», respondió el colmadero carcajeando. «Pero tenía oídos», se apresuró a aclarar: «Y corrían rumores de una invasión cubana porque, según el Gobierno, Bosch era aliado de Fidel. Los policías sacaron provecho al embuste. Cada noche hacían redadas para “limpiar” La Zona de comunistas. El objetivo real, sin embargo, era asustarnos: manipular un país es fácil si los jóvenes están callados».

El colmadero prendió un habano.

«¿Saben por qué nos involucramos en la Guerra? Cuando Caamaño dio el golpe de Estado permanecimos al margen. Era un coronel bueno, quería a Bosch en el Palacio, pero un grupito de guardias bombardeó la ciudad, el pueblo respondió furioso y Santo Domingo se dividió en dos. Servando, Tulio y yo no teníamos intención de pelear, pero un día desembarcaron 42 mil marines dispuestos a destrozar La Zona».

El humo del puro me picó en los ojos.

«Bosch no pudo regresar del exilio, así que Caamaño fue proclamado presidente, y como gobernaba desde La Zona, los gringos vendieron al mundo que aquí se escondían comunistas. A partir de entonces, luchar cobró sentido para nosotros. Aquí habíamos crecido, amado, sufrido… ¡Y ningún invasor iba a pisar sus calles!».

A continuación guardó silencio y, sin ninguna razón aparente, observó la esquina apenado: en lugar de acera, había desperdicios. La Revolución de Abril era un capítulo más en nuestros libros, el episodio histórico que enredaban los maestros torpes, pero en boca del colmadero parecía página de su diario íntimo.

Caminando de aquí para allá, aquel barbudo esparció tristeza: «En los comandos se agruparon toda clase de personas: hombres, mujeres, carajitos, ancianos, gente descalza, uniformada, con fusiles, con palos… La vuelta de Bosch ya no era prioridad, sino defender Santo Domingo. Servando nos proclamó “Tropa de zánganos”. Mi abuelo me prestó dos carabinas. Tulio consiguió una furgoneta. Cubrimos nuestras cabezas con ollas y, esquivando balas, aprendimos a disparar. Los yanquis pensaron que encontrarían una ciudad fácil de someter, pero se equivocaron: Santo Domingo era una trinchera».

De un momento a otro, te miré de soslayo y creí que dormías. Sin embargo, solo mirabas al suelo, pensativa. Tanto silencio atizó mi angustia. Normalmente disfrutabas estos relatos porque nutrían tu rebeldía, esa armadura que muchos consideraban arrogancia y usabas únicamente para afrontar la maldad isleña.

«¿Te pasa algo?», pregunté susurrando.

Clavaste tus ojos en el mostrador y me ignoraste: en vez de seguir con su relato, el colmadero desapareció entre sacos de arroz y, al cabo de unos segundos, regresó cargando un fusil oxidado.

Boris se le acercó, emocionado, y, por tocar aquella carabina, a poco estuvo de besar el suelo: «¿Todavía sirve?».

El colmadero enfiló el arma hacia la esquina: «Sí, es un fusil Cristóbal». Luego tiró del gatillo y sus labios fingieron una detonación. Era obvio que la Guerra no había terminado para él. Quizá cuando encendía la vellonera seguía oyendo lamentos, a mujeres gritando «¡yankees go home!» o el tableteo de metralletas.

«El primer bombardeo nos agarró justo ahí», dijo, apuntando con el cañón, y nuestras miradas confluyeron en aquella esquina plagada de basura.

«Estas carabinas son de retroceso», explicó, chupando el habano, «y cada vez que disparas, te echan hacia atrás. En 1965, una modista vivía aquí mismo, arriba del colmado. Esa mujer tenía un fusil idéntico y descargaba contra los gringos con su perrito chihuahua sobre las piernas. Ella nos enseñó el mecanismo, voceando: “¡Acaricia la carabina como a una hembra, pero tira como si llegara el marido!”. Nuestro blanco eran marines escondidos en las ruinas del #monasteriodesanfrancisco. Cuando creímos que había acabado el combate, la señora nos ofreció cigarrillos. Yo corrí para atrapar el paquete y, de repente, una explosión me derribó. Tardé en levantarme. No quería mirar atrás, pues un proyectil había destrozado la furgoneta. Tulio murió carbonizado frente al volante. La cabeza de Servando rodó hasta aquella alcantarilla».

El colmadero miró la calle con ojos llorosos. Como bien sabes, en las aceras del casco antiguo se amontona basura después de cada aguacero. Tulio y Servando merecían otro tributo: no existe ofrenda más cruel que una pila de pañales sucios.

«No perdimos la Guerra», insistió, hablando sólo consigo, «vencer la indeferencia fue nuestra victoria, pero duró poco: los militares que derrotamos ayer, hoy nos atropellan».

El colmadero aún pronunciaba estas palabras cuando avisaste: «Me tengo que ir».

Tu conducta lindaba la grosería y protesté: «Vieja, el don no ha terminado, ¡espérate!».

Una sirena espantó gallos a cierta distancia. Boris, el colmadero y yo te miramos extrañados. Creí que esperarías, pero abandonaste el colmado sin despedirte.

«¿Dije algo que la ofendió?», preguntó el barbudo poco después, intrigado.

«Lleva varios días así», dije, mientras Boris le ayudaba a bajar la puerta de metal. «No sé qué tiene».

Nos disculpamos, prometimos volver otro día y, lejos de buscarte, caminamos en dirección a un asador del malecón: allí trabajaba una jevita enamorada de Boris que nos brindaba mofongo gratis.

En la calle 19 de marzo empezó a lloviznar. Corrimos velozmente y, frente a la #casadeeltapao, vimos un patrullero.

Los policías interrogaban a una persona que sollozaba de rodillas.

Boris hizo un gesto para dar la vuelta, pero mis piernas flaquearon.

El teniente gritaba: «¡Enséñame la cédula!».

Había un charco bajo sus botas y allí vislumbré tu cara.

«¡Malva!», exclamé y, de inmediato, tres agentes se acercaron.

«¿De dónde vienen?», preguntó el teniente, estudiando a Boris.

«¡Qué te importa!», respondió él, levantándote.

El policía rastrilló su arma y lo encañonó: «¡No te luzcas conmigo, mariconcito! Si me da la gana, te mato ahora mismo».

Apreté los ojos, esperé el tiro temblando y, por fortuna, aquellas bestias solo patearon su estómago.

El patrullero era una camioneta sin matrícula.

Un agente me subió a la fuerza. Boris cayó de bruces. A ti te empujaron brutalmente.

Me perderé en sutilezas, pero no importa. Si el colmadero hubiese estado presente, habría sentido orgullo: cuando la camioneta arrancó, lanzaste tu cédula al charco…

Sonámbulos © Miguel Piccini

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-6:24 para el amanecer

Edificio DíezGestos solidarios silencian el casco antiguo: los colmaderos desconectan sus velloneras, todo altavoz enmudece y, sin bachatas desgarradoras, La Zona muere.

Desde la cocina, paso revista al vecindario. Veo doñas en aceras y esquinas, pasajeros de guaguas asomados a las ventanillas, el tigueraje amontonado dondequiera.

Por muy increíble, la gente escucha.

Consciente de tal rareza, Otto aprovecha para sembrar indignación. Gasta bromas sobre Bola de sebo, recuerda vejaciones sufridas en público, detalla cada arresto injusto.

Cuando calla para recobrar el aliento, los consistoriales aplauden y, al ritmo de atabales, contagian su demanda:

«Si estás cansado, ¡dilo! Si estás molesto, ¡grita! Esta ciudad es nuestra, si no…».

La consigna arropa monumentos, cautiva peatones, apiña nuevos curiosos, entra al departamento y, como Benito duerme por abusar del vodka, taladra nuestro silencio:

«…¡Novanila

Quiero cantar, pero la tensión crece alrededor del fregadero.

El Eddy tira las sobras. Mijaíl sumerge los platos en agua. Y apartado del grupo, Jairo contempla el #edificiodíez.

«¿Cuántas personas siguen viviendo ahí?», pregunto por decir algo.

«Lina y su papá eran los únicos», responde él en voz baja.

Sin nada que replicar, avanzo hacia la ventana, me paro junto a Jairo, y luego, esforzándome por distinguir luces en el inmueble, caigo en cuenta: allí nunca había gente.

Como tantos edificios de La Zona, el Díez padecía olvido, pero aún así se mantenía altanero, con sus balcones desiguales, sobresaliendo entre azoteas.

Aunque pocos tenían su fachada en aprecio, daba distinción al #condepeatonal. Alguna vez fue motivo de presunción. En tal tiempo, Gazcue pertenecía al extrarradio, un crac hundía Wall Street y los dominicanos elegantes bebían brandy. Ahora, medio siglo después, el edificio más europeo de la ciudad sobrevivía como anciano menospreciado, es decir, sin respeto ni dolientes, albergando ludópatas en sus bajos.

«Los últimos vecinos fueron desalojados el año pasado», me explica Jairo, pesaroso. «Lina y su papá protestaron. Al parecer el papá de Vanesa pretendía declarar el edificio en ruina, sobornar arquitectos y, una vez demolido, vender el terreno a hoteleros franceses».

Conocer semejante plan, me irrita sobremanera: «Imposible. Jamás derribarían el Díez. Está protegido».

Jairo dirige sus ojos al malecón: «Eso decían del Hotel Jaragua. ¿Y qué nos queda? Un merengue».

Acto seguido, torna la vista hacia el Conde Peatonal: «El papá de Vanesa y Bola de sebo son enllaves[1]. Como el padre de Lina se resistía al desalojo, lo sacaron a macanazos. Una semana después murió. Los médicos dijeron que a causa de una hemorragia cerebral. Lina aseguraba que fue tristeza. Ella regresó al edificio porque no aceptaba otro hogar. Yo le insistía “no te metas en rojo, jeva, mejor vete, alquila un cuarto”, pero nunca me hizo caso. Según supe por unos jugadores del casino, los franceses rechazaron el contrato porque solo beneficiaba al papá de Vanesa, pero él sigue firme con sus planes y ahora proyecta un centro comercial de ocho pisos. Lina no salía del Díez para impedir su derribo».

Esta noticia hace que pierda la calma: nuestro edificio más elegante transformado en grandes almacenes. De inmediato, comprendo todo: «Claro, por eso Lina organizó el golpe».

Jairo encoge los hombros: «No sé, mano, quizás… Cuando nos vimos la última vez parecía preocupada», una sonrisa aparece en su rostro, «le llevé platanitos y unos cidís de Foo Fighters. Tocó Learn to fly, bebimos ginebra y después recorrimos los pasillos del Díez en silencio. No había luz, estaba lleno de cucarachas y, como notó mi asco, dijo: “Tú ves un edificio viejo, Jairo, yo veo mi vida”. No sé si te acuerdas, pero esa noche llegué tarde al ensayo y Mijaíl me regañó».

Afirmo moviendo la cabeza, pero a decir verdad, mi memoria esfumó aquel momento. Inmediatamente después, Jairo relaja los labios y, a pesar del dolor, tararea Réquiem sobre el Jaragua, el tema que escribió Juan Luis Guerra cuando reventaron aquel hotel:

«Le dién dinamita,/To’ el pueblo lo sabe./Por más que le dieron,/Jaragua no cae»…

Éramos niños y, para despertar nuestra curiosidad, una demolición debía competir con Super Mario Bros., pero a la larga también aprendimos el episodio fabuloso que media ciudad hiló al suceso.

Si bien fue derribado contra la voluntad popular para levantar un hotel más moderno, el Jaragua original —famoso durante la dictadura— resistió la primera detonación, y decenas de testigos propagaron un rumor: por deferencia al ayer, el hotel rechazaba desplomarse. Sin embargo, tras el segundo intento, se vino abajo. Y ante aquella visión devastadora, lloraron incluso las palmeras.

Mientras Jairo canta entre dientes, doy vueltas al asunto, y me entristece que seamos así, unos cretinos que llaman «edificios viejos» a sus recuerdos. Quizá Lina había comprendido el riesgo: sin pasado en nuestras calles, terminaremos olvidando donde estamos.

Jairo entrega su nostalgia al silencio y, durante ese instante, llegan a mi oídos unos ronquidos procedentes del sofá: ahí dormita Benito. Sus piernas reposan entrelazadas y, puesto que sueña lanzando granadas, sacude ambos brazos.

«¡Con la frente en alto, compañeros!», grita, sin despertarse, «¡los invasores yanquis beben Coca-cola, nosotros mabí de bejuco.

Sin quitar ojo al camarada, sonrío brevemente y comunico a Jairo: «Me voy a casa: el palacio se ve mejor desde mi azotea».

Él borra su expresión sombría, me sigue a la cocina y, tras echar una ojeada, descubrimos que Mijaíl y el Eddy no están.

Cerca del #palacioconsistorial, los patrulleros aúllan nuevamente. La resonancia nos acompaña a medida que cruzamos el departamento, y, después de repasar cada habitación, de escudriñar posibles escondites, una puerta entreabierta delata a Mijaíl: «No te mortifiques, loco. Si ella planeó que todo terminaría así, no es problema tuyo».

Aguzo el oído.

«¿Crees que decidan hacerlo?», pregunta el Eddy, atormentado.

«Espero que no sean tan pendejos», responde Mijaíl: «No resolverán nada en La Zona mientras siga mandando Bola de sebo».

Empujo la puerta involuntariamente. Un chirrido detiene el diálogo. Mijaíl se cruza de brazos, intenta decirme algo, pero con tal de evitarme, sale del baño. Como se encuentra sin su rastafari protector, el Eddy ruega: «Déjame orinar tranquilo, ¿sí?».

No pienso ceder: «Primero dime qué está pasando».

El Eddy calla y, como de costumbre, decide chapotear el pantano solo: «¿Qué más quieres saber? ¡Por tu culpa tuve que contarle todo a Benito! Yo cambié las cerraduras del palacio. ¿A quién meterán preso cuando acabe esta vaina? Bola de sebo no perdona… Y vivir es demasiado bueno, men, demasiado bueno».

Ante un auditorio, descargando su furor sobre congas o atabales, el Eddy parece astuto, pero en cuanto reclamas franqueza, actúa como un imbécil. Si con Mijaíl cuesta discutir temas profundos, él destaca por enredar cualquier bobada.

«¿De quién hablaban? ¿De Vanesa?», digo, obligándolo a retroceder. «O me cuentas la verdad o juro por mi madre que te chivateo».

El Eddy voltea la cara, entretanto advierto que, fuera del baño, Jairo observa inquieto y Mijaíl, de brazos cruzados. Quisiera transmitir esta agitación, descubrir qué oculta el mensaje de Whatsapp enviado por Vanesa, hallar sentido a tantas confidencias, pero explicar mis razones sería hablar por demás: no existe peor desgracia que juntar a tres subnormales como estos.

De todos modos, como estoy furioso, zarandeo al Eddy: «Nunca conseguirás que confíen en ti porque ni tú mismo lo haces».

Dado que no responde, me armo de sinceridad y descargo contra Jairo: «¡Y tú eres un grandísimo cobarde, pana!». Sus ojos empequeñecen. «Cuando Lina se quedó sola, en vez de pedirle que se fuera del edificio, debiste apoyarla».

Mijaíl me lanza una mirada desafiante.

«Tú eres el peor», señalo, perdiendo el control: «Siempre te has creído el líder y, al primer descuido, actúas como Ivory a espaldas del grupo. Acordamos que no habría secretos entre nosotros. ¿Por qué prohíbes al Eddy que hable?».

Mijaíl se enciende: «¿Quieres que te diga? ¡Porque jodes todo con tu afán de protagonismo! Te crees la gran vaina porque paseas turistas».

Esta confesión me lastima: «¿Saben qué? ¡Váyanse a la mierda!».

Salgo del departamento.

Una vez afuera, vivo el barullo de cerca. La muchedumbre avanza a trompicones en dirección al palacio. Gritan como si hoy fuera cierre de campaña y los amotinados sus candidatos redentores:

«¡Si di’paran a lo’ jevito’, aquí va a ve’ candela!»…

De repente, alguien me tira del brazo: «¡Moreno!».

Una vendedora ambulante tiende su mercancía.

«No traigo un peso, mi doña», advierto, mirando el fárrago de golosinas, chucherías y cigarrillos.

«Esos muchachos necesitan café», comenta ella, entregándome un termo: «¡Llévaselo!».

La mujer atraviesa el hervidero en sentido contrario y, a medida que desaparece, recuerdo la reprimenda del camarada: «Mucha gente no sabe cómo defenderse de las injusticias, poeta, pero lucha, o al menos lo intenta».

La terquedad es peligrosa: a cambio de valentía, arrebata cordura.

Sin pensar más, hincho de entusiasmo mis pulmones y, empuñando el termo, corro junto al pueblo.

Sonámbulos © Miguel Piccini

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[1] Colegas, compinches.

Cuadernito Petete

plazaespañaAquella tarde fue la primera sin tu risa. Rodando de una esquina a otra, como esas niñas maquilladas que ofrecen sexo a los extranjeros, me arrepentí de no haberte acompañado a #sanmiguel.

La algazara del #condepeatonal transmitía vida. Yo, mientras tanto, agonizaba bajo los toldos pensando que Marola nos distanciaría.

El recelo engendra necedades, Malva. A cada paso, escenas fastidiosas invadían mi imaginación: la malvada mujer disfrutando tus caricias, agradeciendo su buenaventura al santo, bailando contigo entre atabaleros.

Me urgía espantar estos temores y, a mitad del paseo, doblé por una calle y terminé en otro parque.

Árboles raquíticos velaban un pequeño templo dieciochesco. Durante la Colonia, allí confinaban leprosos. Ahora, sin embargo, presumía esplendor en las guías turísticas.

Como no sabía llenar tu ausencia, miré la capilla largo rato. Dominaba una cuesta del barrio más sucio y debido a su simpleza parecía un decorado.

Ocioso al fin, dejé correr la fantasía: enfermos mutilados surgieron ante mis ojos. Pedían con ruegos una sanación, pero yo solo tenía pesares.

Entonces recordé que Fabio resolvía todo escribiendo. A cualquier hora, en cualquier parte. Así que deslicé una piedra por el suelo.

Primero creí que saldrían endecasílabos pero nada ocurrió. Luego pensé el fragmento de una décima y mi mano permaneció quieta. Después formé idea del verso «perfecto», pero tampoco conseguí liberar palabras y arrojé el pedrusco.

Las dudas no tardaron en anidar. ¿Cuándo había escrito el último poema? ¿En verdad era un poeta o simplemente un farsante?

Temiendo que la angustia volviera a embargarme, corrí al estudio de Boris, pues si habría de pasar triste la noche, mejor acompañado.

El portal estaba desierto como siempre, pero un detalle capturó mi atención: bombillas nuevas iluminaban las escaleras. Cuando llegué al rellano, faltaba ese cartel que Boris pintó para espantar a los «caballeros de la moral»: «SI SU CEREBRO ES CHIQUITO NO ENTRE».

Para completar tanta novedad, del cuarto escapaba música electrónica. Dado que Boris no respondía, casi echo la puerta abajo. Mientras gritaba su nombre, Chiara abrió: «Ciao, bello!».

Cerca estuvo de espantarme. Las agarres[1] de Boris iban en panty, lloraban tras coincidir con alguna novia o sugerían tríos totalmente ebrias, pero nunca recibían a las visitas.

«Hola», dije, mirando en derredor, «¿dónde está Boris?».

Una computadora conectada al ecualizador producía aquel sonido aparatoso. Boris rociaba pintura sobre un lienzo formidable, y en cada pulsación musical, modificaba el pintarrajo.

«¡Aquí, manín, mejorando a Pollock!», exclamó, sin alzar los ojos.

Como manchaba la tela casi desnudo, por su espalda escurrían acuarelas.

Chiara bajó el volumen y dijo: «¿Te gusta? Es dripping, una técnica de action painting».

Quería contestar «¿y tú qué coño haces aquí?», pero opiné sobre la obra: «Me parece un tollo».

Boris reprochó el comentario moviendo la cabeza: «Pues tendrás que acostumbrarte, brodel».

Chiara lanzó una carcajada, y sin miedo a equivocarme, era de esas personas que se ríen por todo.

«¿Qué pasó? ¿No ibas a poner un condón al Obelisco?», pregunté, incómodo.

Aunque dirigí mis palabras a Boris, ella aprovechó para anunciar: «Hemos decidido unir nuestras carreras artísticas».

Me quedé unos segundos en silencio. Por lo visto, Chiara había embrujado a Boris con sexo, pues, mirando por encima del hombro, descubrí tacones y maletas arrinconados.

Con ganas de aclarar esta noticia, caminé directo al balcón: «Boris, ¿me puedes dar un minuto?».

Mi menosprecio hacia ella era evidente, y, quizá por eso, tu querido bugartista rodeó su cintura en vez de seguirme: «Claro, dime».

Chiara sonrió victoriosa, dejando traslucir que iniciaba una batalla por Boris.

De modo que regresé al estudio, cambié de estrategia y, cual peón acorralado, ataqué a la reina: «¡Qué idea tan bacana[2], Chiara!».

Ella me miró complacida. Ni por asomo entendía que aceptaba su declaración de guerra.

Así, pues, minutos más tarde, ya compartíamos como compinches. El viento arrullaba La Zona con susurros de mar. Mientras tanto, las botellas de cerveza se acumulaban, Boris imaginaba sus diarreas pictóricas en las paredes del MoMA y mi «carissima» Chiara hacía gala de un fogaraté insoportable.

Entre la italiana y un tíguere no habían diferencias: bebía a pico de botella, eructaba, maldecía y, paseando de un lado a otro, alardeaba de contactos: «Trabajé en su hotel», «fulana es mi amica», «me hospedó cuando llegué a la isla»

En cuestión de minutos demostró ser cretina y babosa. Dijo, por ejemplo, que Boris ganaría la próxima bienal de arte y enumeró galerías donde, según ella, triunfaría.

A veces pedía mi parecer sobre determinados asuntos: «¿Incluimos el Centro Pompidou en nuestra gira o al Reina Sofía?», «¿Un caché de cinco mil euros te parece caro?».

Yo respondía «Sí», «No», «Claro» y, en cuanto daba media vuelta, murmuraba: «Vaffanculo, coño».

Eso faltaba: otra intrusa.

Hoy, pensando en frío, comprendo que Marola no era peligrosa porque era una mujer independiente. Chiara por el contrario había metido sus motetes en casa de Boris y, además de fantasiosa, amenazaba con llevarlo a Europa.

Cerró la noche y fuimos a cenar.

Boris complacía sus caprichos y yo observaba boquiabierto. Nosotros comíamos picalonga, Malva, podíamos esperar un chimi por siglos, incluso compartir sancocho con guachimanes.

Chiara, no, ella tragaba carpaccio, bebiendo vino (el único «rabo encendío» que había entrado en su boca pertenecía a Boris).

Los italianos que conocía iban de adinerados por #plazaEspaña. Te trataban con desdén y, aunque eran jefes de meseros, actuaban como dueños del restaurante. Ciertamente lograban confundir: en nuestro país, cualquier blanco bien vestido pasa por rico. Sin embargo, tarde o temprano soltaban fantochadas, revelando que viejevos adeptos al comemierdismo hay en todos lados.

Aquella osteria tenía terraza y a uno de estos ejemplares. Con menos estatura, Piero hubiese sido gemelo de Berlusconi. Parecía calco del típico visitante italiano, esto es mocasines, poloché entallado y mulata tetona del brazo.

El tipo recomendó antipasti a Chiara y de paso examinó mis tenis sucios. La morena tenía pinta de llamarse Sugey o Yudelka. Sonrió a Chiara y, sin lugar a dudas, pensaba: «A ti te gu’tan tu’ prieto’, ¿verda’? Buena bandida».

Chiara ordenó nuestros platos, Il Cavaliere tropical y Miss Capotillo fueron a otra mesa y, a partir de ese momento, desconecté.

No podía dar crédito: Boris, regularmente burlón y desaliñado, diciendo frases románticas, mirando a Chiara como si fuese perfecta, ¡vistiendo camisa!

Muy tarde, casi medianoche, acabó el martirio.

La morena sirvió tres chupitos de limoncello. Sus ojos transmitían descaro: «Ve bu’cando vaselina, chula, que e’to’ sankipanky son fuelte».

Boris entró al baño.

Una vez solos, Chiara y yo no tardamos en plegar nuestra hipocresía. «Ni creas que está enamorado de ti». «¿Yo te gusto, vero. «El día que rompa contigo celebraré». «No pienso dejarlo». «Porcona[3]!». «Stronzo[4]!».

Media hora después bailaban salsa en El Sartén y yo, sin conciliar el sueño, ideaba planes para separarlos.

Prácticamente ocupé el domingo imaginando cuál sería tu reacción. Chiara manifestaba fortaleza porque ignoraba que harías cualquier cosa por rescatar a Boris.

El lunes no devolviste mis llamadas. Me pareció extraño pero conservé la calma. El martes tampoco diste señales de vida. Y como el miércoles seguías sin comunicarte conmigo, me aparecí en tu pensión.

La dueña, aquella cruel y sucia Milagrito, prestaba oídos a un pequeño radiorreceptor, pues el gallego Rudesindo acusaba de estafador a Trespatines durante otro juicio de La Tremenda Corte.

Hacía un calor del carajo, su tufo a grajo producía arcadas y, desde una repisa, la estatuilla de José Gregorio Hernández sufría resignada.

«¿Buscas a la pájara[5], preguntó Milagrito, esa descarada que escondía su pasado en cabarés, contando que fue aeromoza de Aerovías Quisqueyana.

Su odio hacia ti resultaba incomprensible, así que, ahorrándome el insulto, busqué tu aposento.

«¡Tienes que esperar aquí!», gritó, echando chispas: «¿Tú no oyes, Kike? ¡No puedes pasar!».

Te costará creer esto, pero cuando le enseñé mi dedo obscenamente, el Señor Juez interrumpió a Rudesindo para aplaudirme.

Tu puerta era la única entreabierta de todo el pasillo. Ha transcurrido mucho tiempo, pero todavía sufro siempre que traigo ese día a mi memoria.

Culpaba a Marola de tu desaparación porque nada sabía del maldito contratiempo. ¿Qué otra cosa podía suponer, Malva, si llevabas tres días perdida?

Como estabas quieta sobre el catre, tosí levemente, reclamando atención. Por toda respuesta, la luz del sol huyó del cuarto.

«¿Dónde estabas?», dije, «te llamé como mil veces: ¡Chiara está viviendo con Boris!».

La noticia debía provocar en ti sorpresa o enfado. Sin embargo, continuaste callada y enseguida advertí tus gimoteos. Porque llorabas, Malva. Porque tú, mi amiga fuerte y divertida, habías cambiado.

«¿Qué tienes? ¿Peleaste con Marola?».

Quería borrar aquel llanto, dar rostro al responsable, pero te pusiste de pie y, en tono resuelto, dijiste: «Vamos a caminar un rato».

Y enlazamos nuestras manos.

Y recorrimos La Zona calle por calle, parque por parque, con tu silencio a rastras.

Y señalaste las ruinas del #hospitaldesannicolás.

Y buscamos refugio bajo sus arcos.

Y seguías afligida.

Pero no vi cicatrices en tu cuerpo.

Porque las heridas reales solo dejan recuerdos.

Te acaricié una mejilla: «¿Qué pasó? ¿Marola te hizo algo?».

La amargura en tus ojos dolía: «No, estamos enamoradas».

Esta confesión caldeó mis nervios: «¿Entonces qué pasa?».

Tenías intención de hablar, pero una bandada de palomas alzó vuelo, oímos pasos y, de pronto, apareció una novia.

CLIC.

Y poco después el fotógrafo.

CLIC.

Y luego un tipo trajeado.

CLIC.

Y clavaste la mirada en ellos.

CLIC.

Y murmuraste: «No es justo».

CLIC.

Un beso fingido unió a los novios.

CLIC.

Y cuando el fotógrafo exclamó: «¡Linda pareja!».

CLIC.

Rompiste en sollozos…

Sonámbulos © Miguel Piccini

Entra a la cuenta de Instagram «SonámbulosRD» para que veas los lugares etiquetados en este capítulo y leas las explicaciones de Kike.

(Foto: G. Espallargas)

[1] Conquista.

[2] Chula, interesante, original.

[3] ¡Cerda!

[4] ¡Marica!

-6:44 para el amanecer

ríoozamaMientras Benito se atiborra de espagueti, ninguno de nosotros toca el plato. Con la barbilla hundida en una mano, Jairo rota el tenedor, haciendo ovillos de pasta.

La actitud de Mijaíl —un glotón habituado a tragar— es más chocante si cabe: en lugar de comer, observa al Eddy, quien baja el rostro, eludiendo todo contacto.

Yo revuelvo el espagueti en silencio porque las palabras de Benito me quitaron el apetito: «Sí, poeta, ustedes hablan, comen, andan y, por culpa del puñetero telefonito, hacen todo como sonámbulos: no están despiertos, solo se mueven»…

Tengo la certeza de que Mijaíl y el Eddy ocultan algo.

Al volver del colmado, cuchicheaban. Y ahora, sentados frente a frente, cruzan miradas, alternando curiosos gestos: cuando Mijaíl arquea una ceja, el Eddy arruga la boca. Si Mijaíl achica los ojos, el Eddy menea la cabeza.

Me esfuerzo por atraer la atención de Jairo, golpeo su pierna con mi rodilla, pero él continúa taciturno.

Benito nos mira receloso: «¿Por qué no comen?».

Como Mijaíl clava sus ojos en el Eddy y Jairo no responde, invento una excusa: «Están… muy calientes, camarada».

Benito alza su barbilla: «¿Y desde cuándo prefieren los espaguetis fríos?».

Comemos en seguida y, aunque el camarada guarda silencio, su mirada refleja sospecha: «¿Son mis espaguetis o hay algo más?».

La pregunta va dirigida a Mijaíl, pero quien contesta muy nervioso es el Eddy: «No, camarada, ¿por qué?».

De pronto, un eco penetra al comedor, propaga sonidos de cuerdas y, esfumando a Dj Pancita, trae la voz indignada de Otto: «¡Nadie nos moverá de aquí, carajo!».

Jairo echa una ojeada al #palacioconsistorial. Puedo leer qué transmiten sus ojos: si Lina siguiera viva, estaría tocando la batería con Otto.

Por alguna misteriosa razón, las miradas de Mijaíl y el Eddy se encuentran, sobresaltadas. Entre fuertes latidos del corazón, percibo una gritería confusa, que un estribillo aplaca rápidamente: «Si estás cansado, ¡dilo! Si estás molesto, ¡grita! Esta ciudad es nuestra, si no: ¡novanila.

Los amotinados baten palmas al compás de redoblantes.

«Es la batería de Lina, ¿verdad?», digo, apartando mi plato.

El camarada engurruña la frente: «¿Quién es Lina?».

Respondo con silencio.

Cierto pesar oprime mi garganta, pues nosotros compartíamos murmuraciones contra la policía, entretanto Otto —preso en múltiples redadas por tener tatuajes—, urgía a la rebelión, tocando su guitarra.

Nosotros manteníamos una actitud resignada ante cada afrenta, en cambio los consistoriales gritaban a pocos metros, exigiendo respeto.

Benito tiene razón: somos compañeros, ¿por qué no coreamos novanila con ellos?

El Eddy limpia su boca y dice: «Camarada…». Luego se interrumpe, balbucea incoherencias y añade: «¿Qué es mejor? ¿Cumplir un acuerdo aunque sea una locura o dejar de hacerlo por disparatoso.

En tono solemne, Benito declara: «Qué pregunta más pendeja: un hombre cumple su palabra siempre».

Esta afirmación acalla al Eddy.

«Ustedes saben de computadoras, pero nada de ideologías, mis hijos. La lealtad no se negocia. Uno honra sus pactos sin dudar».

La reflexión causa zozobra en el Eddy: «¿Pero siempre-siempre, camarada?».

Benito sonríe vagamente: «Hasta la muerte».

Cansado de tanto misterio, intervengo: «¿Por qué preguntas eso?».

El Eddy tensa los ojos: «¿Por qué pregunto qué?».

Con frecuencia, mi desconfianza se camufla en rabia: «¡Eso de cumplir acuerdos, Eddy! ¿Por qué preguntas? ¿Porque diste ideas para el golpe y después te asustaste?».

Benito se levanta, soprendido: «¿Ustedes sabían que hoy ocuparían el palacio?».

El Eddy antepone una excusa: «Yo sí… pero vi que eso’ tíguere’ ‘taban loco’ y di pa’trá». Luego muestra su disgusto, señalándome: «Y tú, panita, recuerda que la cordura es una vaina y el miedo, otra».

Este regaño embrolla más el asunto. «¿A qué te refieres con cordura?», pregunto, dispuesto a remover la basura.

Por un instante agoto su talento para evadir, Benito no intercede, pero, en un arranque inesperado, Mijaíl protesta: «¡Mierda, men, pero tú sí fuñes.

Siento fuego por dentro. Conozco mi cuadrilla: si Mijaíl protege al Eddy, esconden un secreto.

A fuer de reclamo, los amotinados cargan el aire, cantando a grito pelado: «Si estás cansado, ¡dilo! Si estás molesto, ¡grita! Esta ciudad es nuestra, si no: ¡novanila

Espero que Benito hable, pero esta vez tampoco media, concentrado en destapar una botella de «Stoli».

Nuestra furia se desvanece inmediatamente. Cuando el camarada bebe vodka significa una cosa: «¿Qué vas a contarnos?», dice Mijaíl, tragando saliva.

Benito camina alrededor de la mesa mientras llena un vaso tequilero. Jairo, El Eddy y yo nos miramos sin modo de escapar. Después, observando la torre del palacio, el camarada apunta: «Si me permiten, compartiré una historia sobre lealtad».

Su intención nos aterra por una razón: en lenguaje benitoniano, «una historia sobre lealtad» equivale a «nuevo episodio de mi apasionante vida».

Las anécdotas de Benito no aburren. Al contrario: hacen que James Bond o cualquier agente de la KGB luzcan como novatos. El problema es que exagera cantidad, y siempre que exprime sus recuerdos, saca un relato distinto.

De todas formas, narra con tal maestría que planeo escribir su biopic, una película biográfica de puros complots, intrépidos espías y malvados capitalistas.

«En 1977 era un dirigente desconocido del Partido Comunista», empieza a relatar, sorbiendo vodka. «Así que imaginen la sorpresa cuando Fidel Castro solicitó mis servicios».

Bien, aquí vamos…

«Perdón, camarada», le interrumpo. «Pero usted emigró a Cuba porque el presidente Balaguer quería matarlo».

Jairo, El Eddy y Mijaíl asienten.

Benito defiende su versión: «No, no, Fidel me llevó a La Habana para una misión peligrosa».

Me cuesta ceder porque miente: «Haga memoria, camarada. La semana pasada explicó que, después del asesinato de Orlando Martínez*, usted sería la siguiente víctima».

Como Benito se imagina afrontando peligros en conspiraciones internacionales, una mirada de reproche acompaña su pregunta: «¿Quién fue a Cuba, poeta, usted o yo?».

Por eso decido morderme la lengua, prestar oídos y memorizar estas escenas…

Sobre el fondo musical de “Misión imposible” en versión chachachá:

1. EXT. MALECÓN DE LA HABANA, CUBA – DÍA

Una ola rompe contra los arrecifes y sus gotas salpican un Chevrolet rojo que avanza a gran velocidad.

2. EXT. MINISTERIO DE LAS FUERZAS ARMADAS – DÍA

El Chevrolet rojo se detiene.

Un militar abre una puerta y BENITO sale del automóvil. Su edad es “secreto de Estado”. Tiene barba enmarañada y la piel ligeramente colorada de los blanquitos caribeños.

Benito entra al edificio acompañado del militar.

3. INT. PASILLO DEL MINISTERIO DE LAS FUERZAS ARMADAS – DÍA

El militar conduce a Benito hacia una puerta, la abre y este entra.

4. INT. OFICINA DEL COMANDANTE EN JEFE DE LAS FUERZAS ARMADAS REVOLUCIONARIAS Y BLA, BLA, BLA… – DÍA

La melodía de “Misión imposible” en versión chachachá desaparece.

Benito se detiene delante de un escritorio. Al otro lado hay un militar con boina. El hombre enciende un habano, gira su sillón y resulta ser:

FIDEL CASTRO: Tome asiento, compañero.

Benito obedece.

FIDEL CASTRO: Iré directo al grano: el pilar que sostiene este país es la lealtad. Sin ella hoy seríamos víctimas del imperialismo yanqui. Lamento tener que decirlo, pero muchos cubanos están cometiendo actos desleales a la Revolución.

Fidel Castro lanza bocanadas de humo.

FIDEL CASTRO: Por eso le busqué. Porque la lealtad escasea en Cuba. Y porque, según cuentan mis agentes infiltrados en Santo Domingo, los dominicanos pierden el culo por defender la Revolución cubana.

Fidel Castro arroja un pasaporte cubano sobre el escritorio.

FIDEL CASTRO: Ahí tiene, compañero.

Benito hojea el pasaporte con dedos temblorosos.

P.O.V. de Benito: en la página correspondiente a los datos personales aparece su fotografía y “Cienfuegos” por lugar de nacimiento.

FIDEL CASTRO (O.S.): A partir de ahora es cubano.

Benito mira a Fidel Castro con expresión de placer.

BENITO: ¿Por qué Cienfuegos, Comandante?

FIDEL CASTRO: Porque usted parece más guajiro que Liborio.

Fidel Castro suelta una carcajada.

FIDEL CASTRO: Mis agentes dicen que no existe dominicano más fiel al comunismo que usted y quiero saber si aceptaría una misión arriesgada.

BENITO: Sería un honor para mí.

Fidel Castro estrecha la mano de Benito.

FIDEL CASTRO: Una última cosa, compañero: ¿si los dominicanos admiran tanto la Revolución cubana por qué no vienen a vivir a Cuba?

Benito esboza una sonrisa nerviosa.

5. INT. HANGAR DEL AEROPUERTO BARACOA – NOCHE

Cinco PILOTOS del Regimiento Aéreo Ejecutivo, todos negros azulados y disgustados, escuchan la voz de:

BENITO (O.S.): … de acuerdo con estos informes, Jimmy Carter ordenaría la invasión a la isla antes de octubre… Como ya saben, nuestros compañeros rusos cuentan con la tecnología militar más avanzada…

Benito señala el diagrama de un bombardero.

BENITO: … y para hacer frente a los americanos, el gobierno del camarada Brézhnev ofreció seis aviones Túpolev Tu-142. Mañana volaremos a Moscú, donde aprenderemos a pilotarlos, así que aprovechen esta última noche para estar con sus mulatas. ¿Alguna pregunta?

BA’BARITO levanta la mano.

BA’BARITO: ¿Puede decirnos por qué coño el Comandante lo escogió a usted?

Benito contempla a Ba’barito, perplejo.

BENITO: Explíquese mejor, compañero.

BA’BARITO (levantando la voz): ¡Que aunque usted tenga el pasaporte no es cubano, caballero!

BENITO (nervioso): La… la única patria verdadera son tus ideales, Ba’barito… y yo… yo…

Los pilotos se dirigen a la entrada del hangar.

BENITO (gritando): ¿Adónde van? ¡Estoy hablando!… Compañero Ba’barito, oiga, respéteme que yo soy el…

Los pilotos salen sin volverse.

BENITO: … jefe de esta misión.

6. EXT. BASE AÉREA DE ZHUKOVSKY, MOSCÚ – DÍA

Las hélices de un vetusto cuatrimotor de la Fuerza Aérea de Cuba dejan de girar. Un humo denso envuelve la aeronave.

Benito desciende por la escalerilla. Tras él bajan Ba’barito y los otros pilotos morenitos cargando regalos: ron, habanos, elepés del Benny Moré y una pata de lechón asada.

Una comitiva de militares y políticos rusos espera en la pista. El Secretario General del Comité Central del Partido Comunista, LEONID BRÉZHNEV, destaca debido a sus medallas.

Benito extiende una mano hacia él.

Ba’barito mira con frialdad a Benito.

BENITO (en ruso): Továrishch Brezhnev: ot imeni Fidel Castro, ya poblagodaritʹ–

(SUBTÍTULOS: Camarada Brézhnev: en nombre del comandante Fidel Castro, quiero agradecer por–)

Benito descubre a una mujer entre los militares. Tiene grandes pómulos, ojos grisáceos y es bastante hermosa: SONJA (26 años).

BENITO (flirteando): ¡Coño, rubia!… Cómo me gustaría saber más ruso para decirte “Tú si me gustas”.

Sonja examina a Benito con desconfianza.

SONJA (en perfecto español): Se dice: “Yaidiot”. Repítelo…

Benito sonríe.

BENITO: Yaidiot, mami.    

(SUBTÍTULOS: Soy un idiota, mami).

SONJA (divertida): Me di cuenta.

7. INT. BAR PENUMBROSO – NOCHE

Ba’barito y los pilotos morenitos reclaman a un BARMAN con gorra bolchevique. Gesticulan acaloradamente mientras el ruso devuelve una mirada gélida.

SONJA (O.S.): … por eso, aunque nuestro Gobierno prometió a los Estados Unidos que no volvería a ofrecer armamento ofensivo a Cuba, el camarada Brézhnev…

En un rincón apartado, al fondo de la barra, Sonja conversa con Benito. Él observa a la mujer con ojos arrobados.

SONJA: … quiso donar los bombarderos Tu-142 y ayudar a Fidel Castro. Todo esto corriendo el riesgo de que estalle un conflicto entre Rusia y– Camarada Benito, ¿piensa mirarme con esa cara de estúpido todo el tiempo?

BENITO (avergonzado): Disculpa, chula… Este… Entonces mañana mismo comienza el entrenamiento… y–

BA’BARITO (en voz alta): ¿Y la Sonora Matancera?

Benito y Sonja voltean el rostro: Ba’barito y los pilotos morenitos hostigan al barman con gorra bolchevique.

PILOTO MORENITO #1: ¡Vicentico Valdés, compañero! ¡Vicentico del Septeto Jabón Candado!

PILOTO MORENITO #2: Coño, chico, ¿y qué oyen aquí en Mo’cú?

Sonja termina su vodka de un trago.

SONJA (preocupada): ¿Seguro que podemos confiar en ellos?

8. INT. AULA DEL INSTITUTO DE INVESTIGACIÓN DE VUELO GROMOV – DÍA

Un INSTRUCTOR DE VUELO muestra un modelo a escala del bombardero Túpolev Tu-142 a Benito y los pilotos morenitos.

INSTRUCTOR DE VUELO: ¿Alguien me puede decir qué tienen de especial estos cuatro motores?

Ba’barito hojea su manual disimuladamente.

Benito levanta la mano, emocionado.

INSTRUCTOR DE VUELO: Sí, továrishch Benito…

Benito recita como estudiante de primaria:

BENITO: Son motores Kuznetsov NK-12, maestro… Y… y están equipados con hélices contrarrotatorias… Y… y tienen una potencia de… de… 8.948 kilovatios.

El instructor de vuelo aplaude.

INSTRUCTOR DE VUELO: ¡Excelente, továrishch Benito! (A los pilotos morenitos) ¿Y ustedes cinco por qué no se aplican un poco más?

Benito lanza un vistazo por la ventana: destellos de sol escapan de un bombardero Túpolev Tu-142 en pista.

Ba’barito dibuja en su manual.

INSERTO – MANUAL DE BA’BARITO

La punta del lápiz traza un barbudo ahorcado idéntico a Benito.

Se oye el RUGIDO de un avión despegando y:

9. EXT. PISTA DE LA BASE AÉREA DE ZHUKOVSKY – DÍA

Bajo la mirada atenta de Sonja, un bombardero Túpolev Tu-142 despega. La mujer sonríe emocionada.

FUNDIDO RÁPIDO A:

10. INT. CABINA DEL BOMBARDERO TÚPOLEV TU-142 – DÍA

Benito grita lleno de júbilo, echa la aeronave hacia un costado y, ganando velocidad, hace un violento giro de 180 grados.

FUNDIDO RÁPIDO A:

11. EXT. CIELO DESPEJADO – DÍA

El bombardero Túpolev Tu-142 se aleja. La cámara hace un cambio de longitud focal y, poco a poco, pasa de plano lejano a un plano cercano de la palabra que resplandece al exterior del fuselaje: “Туполев”.

DISUELVE A:

12. INT. TABERNA – NOCHE

La aguja de una máquina de tatuar graba esta palabra en el antebrazo de…

«Perdón que interrumpa otra vez, camarada», digo, «¿pero no se hizo el tatuaje aquí en Santo Domingo?».

Si uno detecta incongruencias en las aventuras de Benito es preferible pasarlas por alto, pues se ofende.

«¿De dónde coño saca usted eso?», pregunta y, sin darme tiempo a responder, el muy terco continúa: «El nombre del tatuador era Markov, también piloto y natural de Volvogrado».

El camarada me ofrece más espaguetis, rechazo con la mano y, sin otra alternativa, corrijo la secuencia mentalmente…

12. INT. TABERNA – NOCHE

La aguja de una máquina de tatuar QUE EMPUÑA UN TATUADOR LLAMADO MARKOV, TAMBIÉN PILOTO Y NATURAL DE VOLVOGRADO graba esta palabra en el antebrazo de Benito, quien está rodeado de pilotos rusos.

PILOTOS RUSOS: Da zdravstvuet továrishch!      

(SUBTÍTULOS: ¡Qué viva el camarada!)       

Benito, Markov y los pilotos rusos entonan el “Himno del Partido Comunista”.

13. INT. BAR PENUMBROSO – MISMO TIEMPO

Sonja se despide del barman con gorra bolchevique, camina hacia la puerta, pero dirige su atención hacia un rincón, donde está Ba’barito hablando por teléfono en compañía de los pilotos morenitos.

Sonja se oculta detrás de una pared, asoma la cabeza y escucha.

P.O.V. de Sonja: Ba’barito tiene las facciones tensas. Con una mano sujeta el auricular; y con la otra, unos folios confidenciales del bombardero Túpolev Tu-142.

BA’BARITO (al teléfono): Sí, sí… y nos envía a Rusia con un blanquito que ni siquiera es cubano…

14. INT. DESPACHO OVAL, CASA BLANCA, WASHINGTON, D. C. – DÍA

Un TRADUCTOR levanta su pulgar, complacido. Delante tiene un teléfono con la función “manos libres” activada.

INTERCORTES: TRADUCTOR/BA’BARITO

TRADUCTOR: El Gobierno de los Estados Unidos está muy agradecido por estas informaciones.

BA’BARITO: Sí, sí, sí… pero ahora dígame el nombre del espía que nos va a sacar de aquí y–

TRADUCTOR (fingiendo): ¿Cómo?… No se entiende bien… ¿Puede repetir?… No le oigo…

El traductor corta la llamada y comparte una carcajada burlona con el presidente JIMMY CARTER, que está inclinado ante un mapa físico de Cuba.

JIMMY CARTER: Poor bastard…   

(SUBTÍTULOS: Pobre diablo…)

15. INT. BAR PENUMBROSO – NOCHE

Con el rostro sudoroso por la ira, Ba’barito grita al auricular:

BA’BARITO: ¡No me lo haga’, gringo!… No me lo haga’!… ¡No me…!

Ba’barito cuelga y mira a los pilotos morenitos, asustado.

BA’BARITO: Cambio de planes, compañeros.

Sonja sale del bar sigilosamente y…

16. EXT. CALLEJÓN OSCURO – NOCHE

… nace de las sombras a bordo de una vespa. La motocicleta derrapa suavemente y sale de cuadro.

17. INT. CUARTO DE UNA PENSIÓN – NOCHE

Benito ensaya expresiones seductoras frente a un espejo.

BENITO (con marcadísimo acento dominicano): Dimeavé, mami: yo ya soy piloto. ¿Resolvemo’ ahora mi’mo?

Unos NUDILLOS golpean la puerta.

Benito abre: es Sonja.

BENITO (coqueto): Te estaba esperando, chula.

SONJA (angustiada): Hay algo importante que debo decirte, Benito.

BENITO: Y yo a ti, linda…

Benito rodea a Sonja con sus brazos, la atrae hacia él y besa sus labios apasionadamente. Ella se aparta, empujándolo.

SONJA (alterada): ¿Qué estás haciendo?

Benito señala la cama.

BENITO: Es verdad, no perdamos tiempo: vamo’ a lo que vinimo’

SONJA: ¡No, Benito! ¡Tus compañeros están conspirando!

Benito observa a Sonja, atónito.

Se oye nuevamente el (puñetero) fondo musical de “Misión imposible” en versión chachachá y…

18. INT. BURÓ POLÍTICO DEL COMITÉ CENTRAL DEL PARTIDO COMUNISTA – DÍA

Leonid Brézhnev se pasea de un lado a otro, pensativo.

Varios políticos rusos discuten entre ellos.

Benito gira el disco de un teléfono.

La versión chachachá de “Misión imposible” se interrumpe.

Sonja se acerca a Leonid Brézhnev, intranquila.

SONJA: Chto vy budete delatʹ teperʹ, továrishch Brézhnev?    

(SUBTÍTULOS: ¿Qué piensa hacer ahora,camarada Brézhnev?)

Leonid Brézhnev entrecierra los ojos y:

IMAGINACIÓN DE BRÉZHNEV – FESTEJO DEL 30 ANIVERSARIO DE LA R.D.A.

Leonid Brézhnev besa en la boca a Erich Honecker, presidente del Consejo de Estado.

LEONID BRÉZHNEV (V.O.): Sortirovatʹ ikroĭ,litr vodki i prinyatʹ yego v postelʹ… 

(SUBTÍTULOS: Ordenar caviar, un litro de vodka y llevarlo a lacama…)

VUELTA A ESCENA:

Benito acerca sus labios al auricular:

BENITO: ¿Comandante Castro?

Leonid Brézhnev, Sonja y los políticos rusos rodean a Benito.

INTERCORTES: BENITO/FIDEL CASTRO

FIDEL CASTRO (seco): Dígame, compañero Benito…

BENITO: No soy quién para dar órdenes, pero debe activar de inmediato los códigos de emergencia: el imperialismo yanqui sedujo a Ba’barito y los pilotos… ¡Están conspirando!

FIDEL CASTRO: Hablé con Ba’barito hace un rato.

BENITO (extrañado): Ah, ¿sí?

FIDEL CASTRO: Sí… y me contó todo sobre la conspiración.

BENITO: Ba’barito es un enemigo de la Revolución, Comandante.

FIDEL CASTRO (enfurecido): ¡El enemigo de la Revolución eres tú!… Coño, chico, ¿de verdad tú crees que yo soy un estúpido?

BENITO: No, comandante: Ba’barito miente, lo está engañando.

FIDEL CASTRO: Ba’barito cree en la Revolución y me contó todo: que revelaste nuestros planes al comemierda de Carter y planeabas irte a la Florida en uno de los aviones… ¡Tú piensas que yo soy pendejo, Benito!… Ba’barito tiene razón: antes de creer la palabra de un dominicano, es mejor confíar en una puta…

Fidel Castro cuelga.

Los ojos aterrados de Benito buscan a Sonja: ella estruja sus manos, preocupada.

19. EXT. CALLE DESIERTA – DÍA

Ba’barito está apoyado contra un poste. La visera de su gorra le cubre parcialmente el rostro.

P.O.V. de Ba’barito: Sonja y Benito llegan en la vespa, aparcan y entran a la pensión.

Ba’barito sonríe maliciosamente.

20. INT. CUARTO DE UNA PENSIÓN – DÍA

Benito mete ropa en una maleta.

SONJA: No puedes regresar a Cuba, Benito.

BENITO: Di mi palabra a Fidel Castro. Creo en la Revolución. No soy ningún traidor, Sonja. Y tú me ayudarás a demostrarlo.

SONJA: Pero no puedo–

BENITO (interrumpiendo): ¿Significo algo para ti?… ¿O no?

Sonja responde “sí” con un tímido movimiento de cabeza.

El tíguere Benito desliza su lengua entre los labios de la rusa.

21. EXT. AZOTEA DE UN EDIFICIO – DÍA

Ba’barito encañona la ventana del cuarto con un rifle.

P.O.V. de Ba’barito: la mirilla apunta hacia Benito y Sonja mientras se besan.

Los demás pilotos morenitos, apostados a derecha e izquierda, también dirigen sus fusiles en la misma dirección.

22. INT. CUARTO DE UNA PENSIÓN – DÍA

Benito besa a Sonja con violencia, ella abre los ojos y:

P.O.V. de Sonja: Ba’barito mira a través de la mirilla de su arma.

Un DISPARO rompe el cristal de la ventana.

Sonja tira al suelo a Benito y ambos resultan ilesos.

SONJA: ¡Es Ba’barito! ¡Son ellos!

Una DESCARGA de disparos perfora cama, armario y paredes. 

Sonja y Benito sacan sus pistolas y abren fuego.

El intercambio de disparos se prolonga hasta que Benito hiere mortalmente a Ba’barito y…

23. EXT. AZOTEA DE UN EDIFICIO – DÍA

La sangre escapa del pecho de:

BA’BARITO (adolorido): Ay, Vi’gen de la Carida’… y yo tan lejo’…

El cuerpo de Ba’barito cae al pavimento en cámara lenta.

FUNDIDO ENCADENADO:

24. EXT. PLAZA ROJA DE MOSCÚ – DÍA

La nieve se acumula sobre los adoquines.

Benito y Sonja caminan abrazados. Él sujeta un telegrama.

BENITO (lee): “… y olvídese de Cuba. STOP. Atentamente: el Comandante. STOP”.

SONJA (escandalizada): ¿Eso es todo?

BENITO: No, también dice: “Hijo’eputa. STOP”.

Benito arruga el telegrama y lo lanza lejos.

SONJA: ¿Qué piensas hacer?

BENITO: Aunque Fidel no crea en mí, seguiré siendo fiel a mis ideales: los tipos como Ba’barito son una amenaza para el comunismo… ¿Por qué preguntas? (pícaro) ¿Me vas a proponer algo?

Sonja sonríe y lleva las manos de Benito a su vientre.

25. EXT. PUERTO DE SAN PETERSBURGO – DÍA

Sobreimpreso en pantalla: “Un año después”.

Una hilera de pasajeros espera para embarcar. Benito y Sonja figuran entre ellos. Él carga una bolsa de lona al hombro; ella, un bebé que duerme plácidamente, chupándose el dedo.

SONJA: ¿Soportará el calor?

Benito besa la frente del bebé.

BENITO: Claro: es mitad dominicano.

Un EMPLEADO de la compañía naviera se acerca.

EMPLEADO: Vash bilet, pozhaluĭsta…  

(SUBTÍTULOS: Sus boletos, por favor…)

Benito entrega los boletos.

Cuatro marineros empieza a cantar “La internacional”.

Los ojos de Sonja se llenan de lágrimas y:

SONJA: Tengo que ir al baño.

BENITO (extrañado): ¿No te puedes esperar hasta subir al barco?

Sonja le entrega al bebé y cubre su cabecita.

SONJA: Adelántate… ya voy.

Benito sube al barco con el bebé en brazos.

Los marinos siguen cantando el himno obrero.

Sonja rompe a llorar mientras huye del puerto.

DISUELVE A:

 26.  EXT. MAR CARIBE – DÍA

La proa del barco corta las aguas.

28. EXT. CUBIERTA DEL BARCO – DÍA

Un SILBATO anuncia el fin del trayecto.

Benito observa los arrecifes frente a él y levanta al bebé.

BENITO (emocionado): Saluda, Mijaíl… Es tu ciudad: es Santo Domingo…

Los ojitos grisáceos del bebé se abren y…

Mijaíl retira los platos brúscamente: «Ya terminaron, ¿verdad?».

Era de prever: la mención de Sonja, su madre, le provoca un malestar que apenas disimula.

Para Benito, aquella mujer valerosa, integrante legendaria del Politburó, merece honores. Mijaíl, en cambio, la considera otra partidaria loca de Lenin. Una desconocida que le telefonea cada cumpleaños, que insiste en llamarlo «Misha», que nunca le amamantó por preferir el comunismo.

Benito acaba el vodka.

La nostalgia quiebra su voz: «Uno es fiel a su palabra, Eddy. Siempre».

Mijaíl vuelve las espaldas y, antes de atravesar el comedor, lanza un torpedo a Benito: «Aunque por eso descuides a tu hijo»

Sonámbulos © Miguel Piccini

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* Periodista asesinado por el régimen balaguerista conocido como Los Doce Años (1966-1978).