Márgenes de un libro

photo(34)Murmuraba: «Es un gesto supersticioso, ridículo». Contemplaba: la malla del ron ciñendo mi muñeca. Creía: así entablan noviazgos los adolescentes posesivos. Pero desconfiaba: «¿Por qué estoy nervioso?».

Carlota nos llevó al círculo que los invitados formaban a mitad del salón. A ti y a mí, pues Boris recogía el fruto de su labia, arrancando gemidos a Chiara tras la puerta del cuarto de servicio.

Amparados en esa confianza que aporta el alcohol, todos teorizaban sobre burguesía, citando a Juan Bosch.

«En este país, la clase media está frustrada», decía uno. «Antes se consideraban “gente de primera” y, aunque no existiera acueducto, abrían clubes exclusivos. Los capitaleños se creían ricos si vivían en Gazcue o tenían pelo bueno».

Otra añadía: «O una profesión. Los médicos gozaban de mucho prestigio».

Y un tercero objetaba: «Porque la educación universitaria era un lujo… Y ya no digamos estudiar fuera: podías ser mediocre, pero un título europeo te convertía en genio».

Carlota había descorchado un vino espumoso: «Vivimos de apariencias», afirmaba. «Por ejemplo, cuando mi abuela nació, las sirvientas eran sinónimo de riqueza. Su papá vendía telas en San Carlos. ¿Saben cómo conseguía clientes? Alardeando de niñeras».

El grupo celebró la anécdota carcajeando.

Yo, incómodo con tanta afectación, apenas sonreí. Ninguno razonaba realmente, creo más bien que hablaban para caer simpáticos. Criticaban la clase media porque pertenecían a ella. Si Santo Domingo era un carnaval —tal como atinó Marola—, ellos integraban la principal comparsa.

Repetir ideas socialmente correctas sin luchar contra la pobreza, quizá demuestre erudición, pero es una careta.

Fabio bebía al otro lado del corro. No había participado en la discusión.

Mientras Carlota rellenaba copas, él movía su vodka-tonic, concentrado en los cubos de hielo.

Le estuve mirando durante un minuto hasta que advirtió mi curioseo. En ese momento aparté la mirada, pero vi de soslayo que rodeaba su muñeca con los dedos cordial y pulgar. Era sin lugar a dudas un mensaje: Fabio sonrió como si fuera mi dueño.

Resoplando de rabia, tiré de la malla, mordí un extremo, pero en lugar de ceder, aquel nudo me sometió.

¿Sabes algo? Te imagino torciendo la boca mientras lees estas líneas: estabas a mi lado, podías sacarme del apuro. Y eso pensé, créeme, pero después, notando el silencio de Fabio, Carlota mencionó su poema inacabado y, tras mucha insistencia, él declamó algunos versos.

Según dijo escuetamente, un «amigo» había inspirado la composición.

Fabio se arrastró hacia el centro del círculo. Ni la historia (un chico avergonzado de su negritud) ni el ritmo (resultado de repetir la palabra «niño») me impresionaron tanto como su voz. Fabio no recitaba con tono o ademanes convenientes: Fabio se transformaba.

«Tu vergüenza desata ternura», dijo, interrumpiendo las conversaciones. «Niño que derrama dolores cuando mira». (Niño que carga la noche en su piel mojada.)

Calló de repente y luego, inclinándose hacia mí, dulcificó su entonación: «Niño, ¿por qué me preguntas?». (Si tanto temes mis respuestas.)

Notaba el paladar seco, una emoción turbia me ganaba.

Por último, fingiendo pesar, Fabio exclamó: «Escucha otra vez mi ruego:/No cierres tus labios por rabia,/Arropa mi deseo con tu piel, niño». (Al alba, secaremos nuestras lágrimas.)

Acabó de pie, mordiéndose un labio, secando sus ojos.

«Aún tengo que pulir algunos versos», explicó. «Una canción incompleta tiene gracia, pero un poema no. Agradeceré su sinceridad».

Dudo que alguien reprobara aquel recitado, pero si fue así, enmudeció ante el estruendo de aplausos.

Fabio me observaba sin pronunciar palabra.

«¡Magnífico!», dijiste, besuqueando su mejilla. Él agradeció con una leve sonrisa, pues seguía sin apartar los ojos de mí: «¿Por qué no recitas uno de tus poemas?».

Tan pronto como habló, una sensación fría, de chapuzón en arroyo, caló mi cuerpo. La simple idea me producía un terror indecible: «¿Estás loco?».

Huyendo de su presencia, te seguí hacia el balcón, donde Marola afinaba una guitarra.

Aquella negra del #barriosanmiguel no me agradaba. Tenía aspecto de marisabidilla, doblaba tu edad y, encima, miraba a sus oyentes por encima del hombro. Nada más verte, frunció la boca y demandó una caricia. Hiciste el ademán propio del beso, sin llegar a tocar sus labios, pero ella lamió los tuyos.

«El poeta no te quita el ojo», dijo poco después, arrollando una cuerda. Y efectivamente, aun envuelto por admiradores, escuchando elogios o firmando servilletas, Fabio no paraba de mirarme.

«Por favor», echaste una risita, «ahora no confieses que eres gay y piensas acostarte con él… Por cierto, ¿Boris y Chiara siguen encerrados?».

Marola giró otra clavija: «Los negros lindos como tú enloquecen a Fabio».

Perdiendo la calma, repliqué en voz alta: «¡No soy gay!». Y de resultas, detuve el parloteo del salón, atrayendo todas las miradas.

El grito aún revoloteaba cuando susurraste a mi oído: «¿Hay algo más que quieras anunciar, Kike?».

Tras dudar un instante, pregunté: «¿Te preocupa que sea gay?».

Separaste los labios, titubeaste y, aunque disfrazaste de sonrisa la desazón, esta terminó reviviendo en tus ojos: «Claro que no». Era evidente que mentías: «Pero ya tenemos a una lesbiana en el grupo».

Bizqueaste para restar importancia al comentario, mas no pude refrenar la curiosidad: «En serio, Malva, ¿te preocupa?».

La expresión de tus ojos cambió. Algo destellaba dentro. Sin embargo, no eran lágrimas, parecía rabia, ese enfado contenido que te había advertido cuando nos conocimos en la cárcel.

«Eres callejero pero, en el fondo, un ingenuo», respondiste con gravedad, «y no soportaría que vivieras los atropellos que yo he sufrido». Luego bromeaste: «¿Capisce, prieto italiano?».

A manera de colofón, Marola rasgó varias cuerdas. La guitarra liberó un gañido. Deseé sinceramente tus labios.

«¡Mira, ahí vienen el bugartista y su conquista!», dijiste entonces, mientras Boris y Chiara surgían del pasillo.

Él hablaba gesticulando. Ella le prestaba oídos componiendo su melena revuelta. Pude interpretar qué sucedía: después de echar un polvo, cualquiera se traga una disertación sobre arte urbano.

Con todo, aquella fascinación mutua resultaba excesiva. Boris soñaba la intervención del Obelisco en voz alta, Chiara nombraba posibles mecenas, y así prolongaron el diálogo sin advertir nuestra presencia.

En cierto momento, Marola punteó All you need is love. Miré la malla del ron. Y cuando todos corearon esa frase, la tristeza me golpeó. Por eso volví a la cocina. No tenía por buena a Marola, tampoco me inspiraba confianza, pero mi huida apresurada no fue desplante sino tormento.

Allí, escuchando sus tonadas, abrí cajones, rebusqué entre cubiertos, pero no encontré las tijeras. Así que intenté arrancar la malla con un cuchillo. El nudo estaba muy apretado, la sangre serpenteó por mi antebrazo y desistí.

Regresé al salón media hora después.

Por efecto del ron, mi cabeza giraba sin parar y, en consecuencia, los sillones copiados a Le Corbusier formaron torbellino con aquellos desconocidos. La malla —ahora empapada en sangre— seguía oprimiendo mi muñeca.

Marola rozaba las cuerdas, pero quien cantaba a través de Fabio era Pedro Guerra. La canción invitaba a entrar, dudar, temer. Y comprendí que iba dirigida a mí.

Pasé el resto de la velada con náuseas.

Cerca del alborada, el grupo quedó reducido a siete personas: Carlota, Fabio, Marola, Chiara, Boris, tú y yo.

Chapurrando italiano, descubrí que Chiara era lombarda. Fantaseaba con un hermoso bebé mulato y, en espera del padrote ideal, hacía de disc-jockey en aquella casona de la #callesánchez donde vendían faláfel.

De repente, Boris apareció tarareando. Su embriaguez saltaba a la vista: ojos enrojecidos y bragueta abierta. A partir de aquí, el recuerdo se enmaraña.

¿La pareja en la hamaca eran Chiara y él? ¿Marola y tú? ¿O Fabio y Carlota? ¿Vomité sobre la alfombra? ¿Bailamos Light my fire semidesnudos o palos de Enerolisa? ¿Quién sugirió ir a la playa? ¿Por qué Fabio subió en mi lugar al jeep de Carlota? Si la malla del ron era un incordio, ¿por qué rechacé la navaja de Boris?

La autopista junto al mar parecía ensoñación. Sin embargo, cada vaivén de la furgoneta de Marola convertía los arrrecifes en amenaza.

Sentí miedo. A fin de cuentas, las pesadillas empiezan como sueños, pero tienen final horrendo.

Nunca te conté esto, Malva. El cansancio vencía mis párpados, y cuando Fabio saludó desde el jeep, arrimaron lágrimas: había atado una malla de ron a su muñeca.

Sonámbulos © Miguel Piccini

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-8:57 para el amanecer

2014-02-18 16.45.15Desde afuera, el baño apesta

(veinte, veintiuno, veintidós).

Pero adentro, Mijaíl silba muy quitao de bulla

(veintitrés, veinticuatro, veinticinco).

No aguanto un minuto más

(veintiséis, veintisiete, veintiocho).

Orino ahora mismo

(veintinueve, treinta, treinta y uno).

O mojaré los pantalones

(treinta y dos, treinta y tres, treinta y cuatro).

Un turista espera delante

(treinta y cinco, treinta y seis, treinta y siete).

Me observa por encima del hombro

(treinta y ocho, treinta y nueve, cuarenta).

Y echa un vistazo al suelo: «No, cincuenta y cinco».

Con esta interrupción aumentan mis ganas de orinar.

El tipo se vuelve: «Contabas mosaicos, ¿no?».

Habla despacio, con un acento peculiar, mezcla de tíguere europeo y dominicano barrial.

Aunque no respondo, el turista explica: «Hay cinco mosaicos de ancho y nueve de largo».

¿Será italiano?

«¡Aritmética básica, hombre!».

No, español.

«Cinco por nueve».

Uf, alemán.

«¿Cuántos muchachos crees que hay… outside… en el palace?».

Ah, un turista «multinacional».

De un momento a otro, los policías intentan sofocar la música, pero DJ Pancita sube el volumen y acalla las sirenas.

Entre mezclas y efectos sonoros, Ivory repite el curioso mensaje que, de acuerdo al Eddy, Vanesa envió por Whatsapp: «No se dejen asustar, el sol saldrá a las 6:04 de la mañana, ¡novanila.

El turista señala el #palacioconsistorial: «¿Esa palabra… Hmm…“novanila”… qué significa?».

Por toda respuesta, golpeo la puerta: «¡Mijaíl, depordió, me estoy meando!».

A continuación el tipo carga contra los amotinados. Critica todo: desde la música alta («¿Estáis sordos o qué?») hasta el método de protesta («La Primavera Árabe fue más excited»).

Yo, para ignorarlo, empiezo a contar parejas de jubilados y cueros, pero en vez de captar la indirecta, el turista sigue hablando: «¿Sabes cuál es vuestro problema? Que queréis solucionar todo bailando».

Y mientras preparo el puño para irme al bollo, el tipo menciona Occupy Wall Street, los libros de un tal Hessel y remata diciendo que los dominicanos tenemos merengue, pero ninguna ideología.

A punto de pegarle, retrocede un poco, así que aflora su verdadera identidad: extranjero, entrometío y arrogante, es decir, un «observador internacional».

Mijaíl abre la puerta y, con los ojos más brotaos que Chucky, señala la pulserita plástica del tipo: «Dime una cosa, brodel, ¿el “todo incluído” del resort no es bufé, cama y playa?».

El turista afirma, asustado.

«¡Entonces qué haces opinando, coño!».

Para molestar al tipo, nos encerramos en el baño, él reclama su turno y, como Mijaíl ni yo contestamos, se aleja llamando al manager.

Durante los segundos que siguen, disfruto la presión de mi orina y, luego, mientras descargo el inodoro, Mijaíl recibe un mensaje de Whatsapp.

«¿Tú ha’ vi’to al diablo, digo, subiendo mi zíper, «estos turistas compran un paquete y se creen con derecho a acabarnos».

Mijaíl asiente sin prestarme atención: «Loco, chequea este mensaje que me mandó Vanesa».

Cuando me pasa su celular, descubro que las palabras del chat —escritas sin mayúsculas, tildes o signos de puntuación— son las mismas que Ivory estuvo repitiendo desde el balcón del palacio:

segun la oficina nacional de meteorologia

el sol saldra mañana a las 6:04 am

novanila 😉

Leo el mensaje dos veces, pero, por más vueltas, no entiendo qué quiere decir.

«Seguro es una clave», comenta Mijaíl juntando sus rastas y, después, poniéndose la boina, añade: «Ivory lleva rato tuiteando lo mismo».

Tal vez tiene razón, pero conozco bien a Vanesa, y si el mensaje es un código para citar panitas rebeldes, entonces Eddy, Jairo, él y yo quedamos al margen. Todo por culpa de Ivory. El egocéntrico de Ivory. El hipermegacomemierda de Ivory.

A principios de año, Diva Negra —la mejor cantante de música afrodominicana— nos invitó a un festival muy peculiar. En teoría, allí se estudiarían alternativas de agricultura ecológica, pero salvo una charla sobre café orgánico, lo único verde era el lugar: un antiguo refugio de esclavos transformado en Woodstock.

Durante los tres días de festival, Diva Negra reunía a músicos indie, cantantes de Siete Días con el Pueblo*, estudiantes del conservatorio y percusionistas de La Zona iguales a nosotros. Pero también seudopunks, veteranos de las Olimpiadas Rock de Chiclets Adams y esos carajitos insoportables que cantan Come as you are teñidos de rubio.

En calidad de intérprete y, sobre todo, por bautizarnos con el nombre «Palenque de Bozales», Ivory gozó de ciertos privilegios que despertaron nuestra envidia. La tienda más cómoda del camping. Cantar Graciano Moreno a dúo con Diva Negra. Y la única entrevista grabada del festival.

Okey, sentir rabia por cosas así suena infantil, es verdad, pero en vísperas del concierto, nos emborrachamos con Diva Negra. Era una noche calurosa de enero. Y debajo de una enramada, bebiendo mamajuana, ella contó que Ivory le había ofrecido nuestras composiciones a cambio de un contrato exclusivo para él.

En aquel momento, cimarrones con teas corrieron por nuestras venas, exigiendo venganza. Los italianos aplican vendetta cuando hay rencillas entre rivales; nosotros, los zoneros, acabamos.

El sábado no hicimos caso a Ivory. Y el domingo, mientras decenas de muchachos se agrupaban frente al escenario, juramos que pagaría su traición.

Diva Negra presentó al grupo y, acto seguido, una luz cenital bañó a Ivory. Llevaba túnica africana y, esparciendo cinismo, citó a Bob Marley: «¡Cada hombre debe tener derecho a elegir su destino!».

La Suite folklórica de Luis Dias abría nuestro repertorio. Ivory esperó el preludio de cuerdas, la entrada de atabales, los sonidos del cencerro, pero, en cambio, escuchó silencio.

Cuando miró en dirección al público nos descubrió sonriendo entre rostros atónitos. Y así, solo sobre el escenario, nuestro «solista estrella» terminó acabado.

Desde entonces somos enemigos a muerte. Ivory nos quitó el nombre Palenque de Bozales, invadió nuestro banco del #parqueduarte y buscó nuevos músicos.

Para colmo, puso a Vanesa en nuestra contra, empleando su táctica favorita: hacerse la víctima.

Por eso no creo que el mensaje vaya dirigido a Mijaíl.

«¿Y si quieren enfriarse con nosotros?», razona él, quitándome el celular.

Aunque remota, esta posibilidad me hace reflexionar: «Bueno, pues le hablamos a Vanesa, pero recuerda que no vamos a hacer coro con Ivory porque…».

Un grito nos interrumpe: «¡Abran la puerta!».

Cuando salimos del baño, vemos al turista acompañado del manager. La pajarita de su uniforme es tan negra, grande y ridícula que parece un payaso enlutado. El manager se cruza de brazos y, como no consigue asustarnos, dice: «¡Qué mierda de país! Un grupo de tecatos allá afuera y dos maricones aquí adentro».

Mijaíl camina hacia el tipo dispuesto a estrangularlo, pero, entonces, otro ‘whatsapp’ de Vanesa le detiene:

 hola rubio

no era para ti

  olvidalo

:/

Este mensaje me da la razón: Vanesa no cuenta con nosotros.

Ivory se encoge de hombros y guarda su celular.

El manager nos corta los ojos y antes de abandonar el café, le gritamos: «¡Lambón.

Ya en la calle, observo el palacio y distingo a Vanesa detrás de DJ Pancita. Ella —estoy seguro— nos alcanza con la vista, pero disimula, mirando hacia el #condepeatonal.

Mientras La Zona vibra con los remixes, la multitud crece. Unos tígueres instalan una mesa de dominó bajo la ceiba del #parquecolón, piden salsa a DJ Pancita y beben cerveza.

No sé qué piensan hacer los amotinados cuando despunte el alba, pero algo tengo claro: esta noche será larga.

Sonámbulos © Miguel Piccini

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*Festival político-musical organizado por la Central General de Trabajadores en diciembre de 1974.

Hojitas autoadhesivas

2013-06-30 14.12.41«Boris es artista plástico y él… escribe poesía», dijiste, presentándonos en la puerta.

El rostro de Carlota rezumaba picardía y esta peculiaridad no pasaba inadvertida porque recordaba un poco a Daniel el travieso.

«¡Por fin traes gente decente!», exclamó, alzando los brazos, y con idéntica teatralidad, frotaste tus dedos contra el pecho.

Al principio creí que con Carlota tenías trato, pero no amistad. Como nunca la habías mencionado, pensé que pertenecía a tu extenso grupo de conocidos, esas personas encantadoras que, después de charlar contigo en cualquier supermercado, algún concierto en #plazaespaña o la fila del cine, sentían necesidad de invitarte a un trago.

No sé cómo capturabas su interés. Quizá tejías urdimbre con la risa —aquel estallido inconfundible de caracolas— o hacías de tu naturalidad el cebo: ninguna como tú en espontaneidad y sencillez.

El departamento de Carlota estaba cerca de la universidad. Allí había estudiado arquitectura por mandato familiar, pero una vez titulada, juró que nunca proyectaría edificios y resolvió vender material de construcción. Las torres que invadían Santo Domingo eran engendros de su cemento.

Durante el día, Carlota discutía con ingenieros y vestía camisas de hombre. Por la noche, sin embargo, maquillaba su rostro y bebía vino acompañada de amigos, casi todos gays, artistas o profesionales que vivían entre Gazcue y la Ciudad Universitaria.

«Bueno, escribo pero aún no publico», expliqué, mortificado por la libreta en blanco que escondía mi riñonera.

Entramos a un pasillo que parecía galería de arte. Desde el techo, pequeñas lámparas iluminaban fotografías de chicas desnudas.

«¿Ahora entiendes, Boris?», señalé, recordando la imagen pornográfica de Leire, «estas sí son fotografías artísticas».

Boris retrocedió para estudiar un desnudo: el vello púbico de la modelo figuraba una copa de vino. «Muy ingenioso», reconoció a su pesar.

«Boris está incursionando en el desnudo artístico», dije, desbordando ironía, «llegará lejos, es…».

Carlota rompió mi discurso: «¿Tu pareja?».

Boris volvió el rostro: «No, no, no, no… Me gustan las mujeres tanto como a ti».

Aunque su respuesta surgió espontánea, me sentó como carcajada en funeral. ¿Qué se creía? ¿El señero heterosexual?

Sin señal de sentirse agraviada, Carlota comentó: «Si te gustan como a mí, estás enfermo».

El pasillo conducía a un salón lleno de plantas, estanterías con libros y reproducciones de orquídeas fotografiadas por Mapplethorpe. Varias personas conversaban reclinadas del balcón, sentadas en sillones y tumbadas sobre cojines. En el equipo musical, Sting cantaba Fortress around your heart.

«People!», gritó Carlota, «Malva y unos amigos».

Algunos saludaron con la cabeza, otros sonrieron porque te conocían y el resto siguió conversando como si nada.

Carlota retiró su copa de un anaquel: «Las bebidas están en la cocina. No abusen del vodka, plis: solo queda una botella».

Pellizcaste su mejilla: «Los zoneros* bebemos ron, linda».

Vi tres fotografías sobre otro anaquel. En la primera, Carlota abrazaba a una negra de turbante vistoso.

Un marco acristalado ceñía la segunda foto: también aparecía aquella mujer, pero con pelo afro y un brazo en torno a Carlota. Alguien había escrito con letra plateada: «Malecón, Año Nuevo de 1998».

La tercera imagen era a blanco y negro. Carlota y otra chica disfrutaban una puesta del sol. Me costó reconocerte en aquella muchacha delgada, de pelo lacio y largo, que apoyaba la cabeza en su hombro.

Cuando miré a mi alrededor, Boris y tú habían desaparecido. Fui a la cocina pero no los hallé. Mientras sacaba hielo de la nevera, escuché a mis espaldas: «¿Sabes dónde escondieron el vodka?».

Había un tipo con lentes sentado en la encimera. Rondaba los cuarenta años y una porción de pelo gris crecía bajo su labio inferior. El hombre agitó su vaso y, por alguna razón, el sonido del hielo me pareció una orden.

Después se quitó los lentes y mordisqueó una patilla: «Hola, “amigo de Malva”».

Me serví ron: «Qué tal».

En vez de responder, me quitó el Brugal y, en un santiamén, enlazó la malla alrededor de mi muñeca: «Así que también eres poeta». Quizá levanté las cejas inconscientemente porque enseguida agregó: «Malva fue la chivata».

Bebí un trago de ron: «No, no soy poeta, aún no he publicado».

Con tono de reprobación, el hombre dijo: «Que tu nombre acompañe un título no significa que seas escritor».

Después, sonriendo, me tendió una mano: «Soy Fabio». Sus dedos presionaban suave. «Si quieres, nos vemos un día y leemos poemas».

Decliné la oferta con ademán nervioso.

Fabio creyó intuir el motivo: «¿Crees que intento acostarme contigo?».

Ignoro si eso pretendía, pero, en todo caso, continuaba estrechando mi mano.

«No estoy interesado», respondí balbuciendo. A continuación, me solté y avancé hacia la puerta.

Fabio comentó algo, pero mi perturbación era tal que solo escuché: «Qué lástima».

En el salón, Fernando Echavarría y la Familia André habían desplazado a Sting. Te encontré zarandeando las caderas con aquella negra de las fotos. Carlota aplaudía, prometiendo como la canción que esa noche comeríamos pato robado. Boris también bailaba pero quemando a una rubia. La muchacha se dejaba manosear mientras gritaba: «Boris, tu sei bello! Bellissimo!».

La malla del ron tiraba suavemente de mi muñeca. Sin saber qué dirección tomar, es decir, a cuál grupo unirme, fui al rincón más oscuro.

Otro desnudo colgaba de una pared. Aquella modelo sobrecogía. Tenía cuello terso, un pezón con argolla y piernas largas El marco cortaba su cabeza desde la nariz. Sin embargo, pude apreciar una lágrima de rímel. Y esa lágrima me guió a sus labios. Y esos labios a los tuyos.

Nunca me contaste cuándo posaste para Carlota, si aquel llanto era real o un capricho añadido artificiosamente. No recuerdo cuánto tiempo estuve frente a tu desnudez, pero no olvido la voz de Fabio: «Esa lágrima aporta encanto a la fotografía, ¿verdad?».

Afirmé con la cabeza pero no me volví. Su aliento calentaba mi nuca: «Pero poca gente reconoce la belleza del dolor».

Y así, posando su mano sobre mi hombro, mientras Boris acariciaba a Chiara y aquella mujer llamada Marola te besaba, Fabio hizo que algo cediera dentro de mí.

Sonámbulos © Miguel Piccini

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*Asiduo a la Zona Colonial.

-9:44 para el amanecer

capitulo8Otro déspota uniformado, de esos inflados por abusar del concón con crema de habichuelas, baja de un cuarto patrullero.

El hombre explica algo que Bola de sebo luego transmite a los policías. Ellos escuchan atentos, creyéndose agentes del FBI, es decir, haciendo gestos peliculeros: frente arrugada, labios abultados en bembita, movimientos afirmativos de cabeza…

«¿Adónde fue Benito?», pregunto a Mijaíl.

«Don’t know», responde, apurando la mezcla de ron blanco y jugo de piña que hemos bautizado novanila.

«¿Alguien conoce al gemelo de Godzilla?», dice el Eddy, señalando al nuevo gordinflón.

«Parece jefe de Bola de sebo», aventuro.

«¡Y un cabrón!», exclama Jairo, medio achispado, porque justo ahora, los agentes, con Bola de sebo delante, avanzan decididos hacia el #palacioconsistorial.

La angustia oprime mi garganta.

Escuchamos botas atravesando el vestíbulo, subiendo peldaños… y, segundos después, un boche del teniente: «¡Muchachitos de mierda!».

Insulta confiado, ejerciendo su autoridad con exceso, esa que emplea para tachar nuestros conciertos de «ofensa a la moral y las buenas costumbres». Porque en opinión de Bola de sebo, todo ofende a esa pareja de guanajas:

1) Tuitear en contra del Gobierno                                                                                        2) Denunciar bares que no aceptan negros                                                                          3) Abrazar hombres en público                                                                                          4) Beber cerveza después de medianoche                                                                         5) Preguntar por qué vas preso                                                                                          6) Rebelarte si (después de preguntar) te agalletean                                                            7) Los pantalones cargo militar                                                                                          8) Los dreads de rastafari                                                                                                    9) Caminar de noche por La Zona                                                                                     10) Abrir la boca, reír, respirar…

«¡Están subiendo!», grita Mijaíl, pero las parejas continúan bailando, ajenas al peligro.

De repente, Bola de sebo suelta otra maldición, las botas retumban en retroceso y los policías salen del palacio. El teniente regresa al cuarto patrullero, donde aguarda Godzilla a punto de estallar.

«¡Oh, gran Eddy!», digo, recordando el cambio de llavines.

«No celebres y cállate», me ordena él, «¿cuánto tardarán en romper las puertas?».

Benito Túpolev aparece: «¿Qué pasó? ¿Ya sacaron las metralletas?».

Antes de responder, veo que trae una botella de ron dorado y bromeo: «No, camarada: tú sabes que el romo es clave para empezar una batalla».

De inmediato, la botella circula entre nosotros.

Y como los amotinados siguen sin coger corte, Godzilla toma el megáfono: «¿Qué tenemos que hacer para que obedezcan?». Debido al enojo, el gordo enreda sus palabras: «¿Llamar apapimami?… ¿Trae’al ejército?».

La música se interrumpe, las parejas dejan de bailar y, con un megáfono idéntico, Vanesa contesta: «Para empezar, haga dieta».

Estas palabras provocan un estallido de risa entre la gente.

Godzilla replica furioso: «Mira, muchachita del carajo, si yo fuera tu pai…».

Vanesa corta el sermón: «Negaría que soy su hija».

Los viejitos «comulights» que beben whisky en #laesquizofrenia rompen a aplaudir y esta reacción quilla más a Godzilla: «Recuerda repetir eso en el destacamento».

Sin inmutarse, Vanesa grita: «¡Novanila, gordo!».

Con la bandera nacional todavía anudada al cuello, Ivory apoya los codos en una barandilla, agarra el megáfono y señala a Bola de Sebo: «¿Qué pasa, bola de mierda? ¿Ya no tienes a quién humillar en la calle?».

La pregunta provoca tal ovación que Ivory se luce: «¿Sabes qué? ¡Púdrete!».

El teniente esboza una sonrisa afectada: «Con redoblantes nadie me tumba».

Ivory truena los dedos: «¿Y con música electrónica?».

La escena parece orquestada: una melodía generada por sintetizadores desplaza a los redoblantes y, de pronto, DJ Pancita sale al balcón. Con su barriga asomando bajo la camiseta, de pie frente a la computadora, parece una versión caribeña del Buda de la Abundancia.

«¡Hey! ¡Bola de caca!», grita Vanesa, «de tus lacritas con amor».

Dos manos desenrollan una tela con el mensaje:

¿TE JODE? ¡TE AGUANTAS!

Los brazos de Ivory ciñen a Vanesa por la cintura.

Mijaíl me golpea un costado: «¿Ivory y Vanesa volvieron?».

Sacudo la cabeza: «¡Claro que no!».

Sin embargo, esta intimidad entre ellos comienza a quillarme. Cuando miro en dirección al balcón, mis ojos encuentran a Vanesa, ella no sonríe y, poco después, Ivory la conduce hacia dentro.

«Ese pana es peor que una lapa», insisto, dando un trago al ron.

Godzilla descubre a Bola de sebo tamborileando al ritmo de la música: «De la Cruz, ¿quiere subir a bailar?». La pregunta alarma al teniente, a tal punto que emudece.

«¿Vieron eso?», pregunta Jairo.

«¿Qué?», dice Benito.

Siempre certero, Jairo recalca: «Frente a Godzilla, Bola de Sebo es una auténtica bola de sebo».

La doble de Ángela Davis levanta el megáfono: «¡Porque mi afro me hace peligrosa y rara.

Godzilla le lanza una mirada amenazante.

El megáfono pasa de mano en mano y bullen reproches: «¡Por entrar de madrugada a un cajero!», «¡Por besar a otro hombre en la calle!», «¡Por negarme a dar dinero!», «¡Por escuchar bachata un Viernes Santo!»…

Ligeramente sorprendido, Benito pregunta: «¿Qué están haciendo?».

El dolor me atenaza: «Explicando por qué estuvieron presos».

Sonámbulos © Miguel Piccini

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Bloc amarillo

2013-09-12 12.11.36Nuestras andanzas empezaban o concluían en el estudio de Boris.

Detrás de una puerta con el letrero «SI SU CEREBRO ES CHIQUITO NO ENTRE» había una habitación muy luminosa que ofrecía una vista espectacular de toda La Zona.

Boris planeaba allí sus polémicas intervenciones urbanas mientras escuchaba música, se emborrachaba o tenía sexo.

Durante mucho tiempo, el departamento fue habitado por un escultor exiliado de la Guerra Civil española. Boris no pagaba alquiler porque había pertenecido a su padre, aquel famoso representante artístico que murió atragantado el día que nuestro amigo hizo la Primera Comunión.

La puerta estaba abierta todo el tiempo.

Ese día nos recibieron un meloso Joaquín Sabina —contando Mentiras piadosas— y Boris sin camisa, chorreando sudor, frente a una fotografía inmensa del Obelisco «macho».

Saludó fugazmente, agitando un aerosol, y enseguida cubrió el monumento con un preservativo rosa.

Después sonrió.

Y qué sonrisa tan hermosa tenía, ¿no? Cordial y pícara, de dientes blanquísimos y lengua inquieta.

«Tendré que robar un furgón de látex», dijo, emocionado con la imagen, «qué vergüenza: la erección dominicana más vista sin protección».

A diferencia de otros artistas, Boris no utilizaba lienzos o computadora para crear. Él prefería la ciudad. Sin embargo, jamás aceptó el título de grafitero. Lo suyo iba más allá de pintar sobre paredes.

Boris deseaba transformar el casco antiguo, añadir atractivo a tanta piedra colonial, tanto hormigón.

En aquel entonces quería proyectar desnudos en el #edificiobaquero y que los transeúntes prestaran atención al primer inmueble con elevador. También pretendía instalar una gramola en el #baluartedelconde con las promesas incumplidas del alcalde a todo volumen.

A veces, cuando dormir era un deseo inalcanzable, Boris recorría las calles y hacía dibujos «herejes»: los Reyes Magos haciendo ménage à trois, orgías de Evangelistas, monjas voluptuosas enseñando liguero…

Por esta interpretación del catolicismo fue apresado y golpeado en varias ocasiones. No creo que te sorprenda. En nuestro Vaticano de cartón, un ateo es todo menos persona.

«¿Les gusta?», preguntó Boris, señalando el grabado del Obelisco.

«¿Quieres nuestra opinión como amigos o nuestra opinión real?», subrayaste.

«Ambas», respondió él.

«La idea es estupenda», admití.

«Pero para el Obelisco de Buenos Aires», aclaraste, «aquí los mojigatos te lincharían por orden del Príncipe*».

Boris contempló el boceto.

Por un instante, su silencio me preocupó, pero finalmente bufó de risa: «Menos mal, acepto cualquier cosa menos ir a misa».

Encima de un baúl había botellas vacías de cerveza, condones sin usar y la fotografía instantánea de una muchacha desnuda.

«¿Y esa quién es?», pregunté.

Arrugaste la frente: «Boris, ¿cómo haces para convencerlas?».

Él encendió un cigarrillo: «Oh, me encuero».

Giraste la fotografía hacia mí y entonces identifiqué a Leire, aquella vasca de la oenegé que salió disparada del bar después de nuestra pelea con Mónica y los actores.

«¿Verdad que está buena?», preguntó Boris, exhalando humo por la nariz.

«Mucho pelo para mi gusto», dije, concentrado en sus axilas.

«Las españolas no se afeitan», observaste.

«Y las lesbianas tampoco», bromeé, pero en vez de reír, tu rostro se volvió severo.

Boris seguía emocionado: «Malva, ¿la española está buena o no?».

Desarrugaste el ceño: «¡Sí, pero no te la mereces!».

Boris soltó una risotada y colgó la fotografía entre anuncios de comida rápida, una postal que reproducía El Pont Neuf envuelto en tela y la imagen descolorida de su Primera Comunión.

«Tener una amiga lesbiana es lo mejor, ¿sabes por qué?», comentó, lanzando bocanadas en forma de anillo, «porque podemos compartir fotos de mujeres».

Le lanzaste una mirada maliciosa: «¿Y sabes qué es lo peor? Que tu amiga lesbiana las satisface mejor».

No pude contener una carcajada.

Con su natural desparpajo, Boris se bajó los pantalones. El bulto en sus calzoncillos era impresionante.

«Dime, por favor, que tienes una media ahí dentro», dijiste.

Boris se apretó el paquete: «No, chula, made in Dominican Republic».

Luego entró al baño, escuchamos un chorro de agua y su voz desluciendo a Sabina: «Yo le quería decir la verdad/Por amarga que fuera,/Contarle que el universo era más/Ancho que sus caderas,/Le dibujaba un mundo real/No uno de color de rosa,/Pero ella prefería escuchar/Mentiras piadosas»…

Un olor a jabón inundó la habitación.

Echada en el sofá, mirando las vigas descubiertas del techo, comentaste: «Nunca me he acostado con un hombre».

Tus párpados se entrecerraron.

«¿Te gustaría?», pregunté.

«¿Para qué?», dijiste, poniéndote de pie.

Permanecimos callados durante un rato.

Cuando terminó la última canción de Sabina fui hasta la mesa. Por hacer algo, empecé a contar cidís. La fotografía de Primera Comunión cayó sobre el Maldito duende de los Héroes del Silencio.

Antes de clavarla en la pared, estudié al hombre de bigote que acompañaba a Boris. Parecía merenguero, un integrante de los Hijos del Rey: afro descomunal, camisa abierta y medalla de la Virgen de la Altagracia.

«¿Cuántos años tenía Boris cuando murió su papá? ¿Nueve?», dudé.

«Siete», respondiste.

Me volví hacia ti.

El estudio tenía un balcón que daba a la #callehostos. Y allí estabas asomada, con los ojos quietos en algo que no alcanzaba a ver.

«Qué manera tan pendeja de perder la vida, ¿no?», dije, «un hueso de pollo».

No abriste la boca, continuabas entregada a la reflexión.

Por curiosidad, me acerqué y también miré hacia la calle: moría solitaria en un declive de casitas vistosas.

A punto de pronunciar tu nombre, dijiste: «Sí, no entiendo cómo algo tan valioso es así de frágil».

Cuando salimos los tres, dispuestos a peinar La Zona en busca de diversión, ya habían encendido las farolas que atraviesan #elcondepeatonal como una médula luminosa.

«Parece un retrato en sepia», señaló Boris.

«¿Qué cambiarían de La Zona?», pregunté.

«Sus atardeceres», dijo él, «a veces son muy tristes para ser caribeños».

No hablaste. Contemplabas el cielo y su crepúsculo de cirros rotos.

Caminamos un largo trecho hasta que tu voz escapó con fiereza: «Yo quitaría iglesias: sin tanta inquisición, La Zona sería perfecta».

Sonámbulos © Miguel Piccini

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* Curioso personaje de Sonámbulos que se imagina dueño de la Zona Colonial.

-10:03 para el amanecer

 

palacio7

Benito se acerca a los comunistas que beben whisky en #laesquizofrenia.

Avanza canturreando La internacional porque niega lo que salta a la vista: ni Vanesa ni los amotinados han ocupado el #palacioconsistorial para exigir una sociedad sin clases, solo protestan contra los tres pelagatos que mangonean en La Zona.

Los comunistas que reciben a Benito no llevan barba ni cargan panfletos como él: son cuatro señores bien papeaos*, fragantes y en chacabana, un grupito de esos tiguerones que aprovecharon el marxismo para fundar partidos, viajar en business y hacer caja.

Estos abuelitos —que Jairo bautizó como los «comulights»— abundan en La Zona y, aunque parecen indefensos, son una amenaza para cualquier zonero.

El abuelito «comulight» te llama vago                                                                              (pero su única actividad es hojear el periódico).

El abuelito «comulight» te tilda de ignorante                                                                       (y después te masacra con hazañas inventadas).

El abuelito «comulight» nunca oye tus argumentos                                                     (diserta sobre los Castro como si esto fuera La Habana).

Mijaíl corre a un colmado por ron.

Jairo y yo nos plantamos frente al Eddy, tratamos de sacarle más información, pero por más amenazas, él repite la misma historia: «Loco, ustedes ya leyeron el juasá, ¿qué más quieren que yo diga? Vanesa solo escribió que mañana el sol sale a las seis y #novanilaTú ere’ el cerebrito, Kike, traduce».

Algo en la tranquilidad del Eddy me resulta sospechoso.

«¿Cuándo te pidió Vanesa que bloquearas las puertas?», le pregunto.

El Eddy me lanza una mirada cargada de sorpresa. El guanajo es tan pariguayo que olvidó su confesión de hace quince minutos.

Jairo me hace un gesto para que siga preguntando, pero no es necesario: el Eddy asiente con resignación y, mientras observa el palacio, empieza a poner orden en su versión «trespatinesca».

«¡Okey! Vanesa no me pidió que bloqueara las puertas», dice, estrujando su cara, «fue Lina: ella organizó el golpe antes de matarse».

El Eddy baja el rostro y, después, durante varios segundos, ninguno de los tres pronunciamos palabra.

Lina fue la última inquilina del #edificiodíez, tocaba el bajo en la banda de Otto y pertenecía al grupito feminista que Vanesa fundó en uno de los bancos del #parqueduarte.

Según tengo entendido, no era tan hembrista como mi ex, que me gritaba «machista» por mear parado y vivía buscándole una perspectiva de género a todo (digo, todA): desde los merengues de la Era** hasta el vaso fon de beber romo.

Su suicidio había estremecido a media Zona.

Una tarde, al edificio se presentaron policías, su «majestad» el teniente Parmenio de la Cruz —a.k.a. Bola de sebo— y un par de ingenieros enviados por el Corruptillo.

Bola de sebo pegó un oficio que declaraba al Díez como «inmueble en deterioro», la artimaña del Corruptillo para robar edificios y convertirlos en casinos.

Lina trató de impedir el desalojo y cuando comprendió que su departamento acabaría lleno de máquinas tragaperras, pidió permiso para empacar, salió al balcón y, echando un último vistazo a La Zona, se lanzó al vacío.

«¿Qué más te pidió Lina que hici…», Benito llega y me interrumpe: «¡Una revolución es resistencia!».

Supongo que está viendo una escena de nuestra guerra civil, adolescentes fabricando cócteles molotov o resistiendo el bombardeo yanqui, en lugar de a esta turba encendida por música de redoblantes.

«Ya tienen la atención de los jóvenes, ahora compartan el espíritu de lucha», dice y, acto seguido, agrega la frase temida, esa que aprendimos en primaria y todos derrochan como papel higiénico: «Hablen de patriotismo».

Por eso, y no por otra razón, cambiamos de tema.

«Eddy, ¿te gusta como pintó Mijaíl el Volkswagen?», pregunta Jairo.

«¡Quedó mortal, viejo!», responde el Eddy.

«Está bien», comento, «pero no quedó fluorescente como había dicho».

Aunque hablamos de su vehículo, una vez animado, es imposible callar a Benito: «¡No todo está perdido! ¡Al fin veo compromiso!».

Examino el ambiente de verbena a nuestro alrededor y, entre los Camisas Azules que aplauden cada meneo de Vanesa y los japonesitos que hacen fotografías para sus panitas en Fukushima, no encuentro ningún rastro de interés genuino.

«¡No más abusos de autoridad!», grita Benito, «¡no más…!».

Sujeto su hombro: «Viejo, cálmate».

Sin embargo, él sigue perorando con un ardor ingenuo: «Hay que redactar un manifiesto, organizar comités y extender la revolución».

La música aplaca nuestras palabras, pero no apaga el vozarrón del camarada, que fue refinado, sin duda alguna, en las protestas contra el Triunvirato, allá por los sesenta.

Por fortuna, Mijaíl aparece con cinco vasos fon, una botella de ron blanco y jugo de piña.

El Eddy tuerce la boca: «¿Ron blanco?».

Mijaíl pone un vaso frente a cada par de pies: «La borona no alcanzó pa’ ron dorado. Si los ‘chinitos’ de Kike no pagan el tour, seguiremos sin cuartos».

Jairo sonríe: «Hablábamos del Tigrito, Mister Tuneo’».

El Eddy levanta un pulgar: «¡Te quedó aperísimo.

Mijaíl mezcla jugo de piña y ron blanco en los vasos: «Pues al camarada no le gusta».

Yo me río bajito porque siempre me resulta gracioso que Mijaíl llame «camarada» a su padre.

Benito sorbe el trago: «Diferencia de criterios».

Mijaíl le mira con expresión de disgusto: «Querías pintarlo de rojo y al Che Guevara en el capó. You’re so boring.

Sigo la conversación en silencio, y, sinceramente, no comparto que Benito sea aburrido por preferir símbolos comunistas. En su mundo coexistían la Revolución Bolivariana, Cuba y una sociedad sin clases; en el nuestro, Youtube, La Zona y menos control policial.

Y ahí acababa todo.

Miríadas de estrellas seguían centelleando, los sublevados bailando… y el jugo de piña con ron blanco, delicioso: «¡Qué vaina más buena!».

El Eddy asiente: «Sí, loco, ¿y este invento?».

Mijaíl revuelve la bebida: «Otra prueba de nuestra olla***».

Jairo dice: «Necesita un nombre».

Yo propongo: «¿Que tal novanila.

Y Benito sugiere: «No, mejor romopiña».

Entonces, por orden de Bola de Sebo, indudablemente, cortan la energía eléctrica.

Y la música se desvanece.                                                                                                  Y el rumor de los amotinados envuelve el palacio.                                                               Y escuchamos el zumbido de un generador.                                                                       Y unos focos potentes de rodaje iluminan los balcones.                                                      Y Ivory aplaude emocionado.                                                                                              Y los redoblantes suenan otra vez.                                                                                      Y Vanesa silba en señal de regocijo.                                                                                   Y Mijaíl pregunta: «¿Pues #novanila.                                                                               Y el Eddy, Jairo y yo respondemos:

 «¡Sí, NO VAmos A NIngún LAo!».

Sonámbulos © Miguel Piccini

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Foto: Ciara Acevedo

* Bien comidos

** Dictadura de Trujillo

*** Pobreza

Reverso de un ‘flyer’

parada77Tras la ruptura de Boris y Mónica nunca volvimos a Bellas Artes.

Asumo que la «merced» concedida por ti era de beneficio inmediato, pues saliendo del Museo Naval se levantó a una sueca, la primera extranjera de una lista interminable.

Es de comprender: a los veinte años tenemos una bola de pinball en lugar de corazón. Tú sabías eso mejor que nadie, pues superaste la traición de Sheyla —aquella estrafalaria Lady Macbeth negra— robándome un beso.

Sheyla te llamó al celular varias veces.

En la primera llamada aguantaste sus gimoteos. La segunda vez colgaste. Y después del tercer telefonazo lanzaste el aparato por un inodoro.

Más adelante supimos que alguien chivateó a las lesbianas por haber convertido el baño de Bellas Artes en un motel y, desde entonces, un guachimán prohibía la entrada a extraños.

Boris conquistaba mujeres en cada salida.

Todas rubias, todas calientes, todas europeas. Porque hay que decirlo: era el mulatón más deseado de La Zona.

En aquellos días no era tan famoso por sus intervenciones urbanas, pero sí por sus borracheras en el bar de las paredes firmadas, ese tugurio donde juramos que nada nos separaría, escribiendo nuestros nombres en una columna.

Boris y sus pantaloncillos rojos a la vista.                                                                      Boris y la mochila llena de aerosoles.                                                                             Boris y su aire de «yo sé que estoy bueno, pero me hago el pendejo».

La sueca filmaba un documental para UNICEF. Como pasaba mucho tiempo entre barrios pobres y hospitales mugrientos, él aprovechó para conquistar a esa española que nos hartó porque vivía comparando Santo Domingo con San Sebastián. Por cuanto recuerdo, se llamaba Leire y redactaba informes en una oenegé.

Aquella noche, mientras ella y Boris bailaban una canción de los Fabulosos Cadillacs, Mónica y su grupito de actores entraron al bar vestidos como los duendes de El sueño de una noche de verano.

Mónica tiró de la mochila de Boris.                                                                                     Y lo sacó a la calle.                                                                                                             Y tú saliste.                                                                                                                         Y yo detrás de ti.                                                                                                                 Y la muy fresca preguntó a Boris: «¿Qué pasaría si quiero volver contigo?».                       Y él respondió: «Te bajaría de la nube».

A medida que examinaba a Leire, Mónica enfureció: «Déjame adivinar: ahora te gustan planas*».

Tú interrumpiste:  «No, ahora sale con mujeres, no con grillos**».

Mónica escupió: «Cuando digan pájara***, ¡tú hablas!».

Y por efecto, la abofeteaste. Boris le propinó un puñetazo a Waldo. Yo, envalentonado por los tres cubalibres que me había bebido, arremetí contra Franklin, pero él me golpeó tan fuerte que casi pierdo el sentido.

Ya no recuerdo cuándo ni cómo paramos, pero sí la nariz sangrante de Mónica, su voz entrecortada: «Odio… tener que decirlo… pero… te extraño, Boris».

No continuó.

Te miró fijamente de arriba abajo. Y después echó a andar entre Waldo-Polilla y Franklin-Grano de mostaza.

Boris y tú me observaron intrigados.

«¿Qué pasa?», pregunté.

«Mi’jo, ¿quién te enseñó a pelear?», dijiste, «¿una hermana de la Caridad?».

Los ojos de Boris recorrieron la calle: Mónica y el grupito de duendes habían desaparecido. Para colmo, Leire nos miró boquiabierta y, sin dar explicaciones, corrió asustada hacia la #antiguaatarazana.

Boris se encogió de hombros: «Vamos a necesitar mucho alcohol para curarte esa herida».

«¿Cuál herida?», pregunté, sorprendido. 

«Franklin te abrió la frente», me dijiste y entonces sentí el dolor.

Por eso farfullé: «¿Mucho alcohol?».

Tú respondiste: «Con coca-cola».

Y Boris gritó: «¡Yo invito!».

Sonámbulos © Miguel Piccini

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* Sin nalgas.                                                                                                                        ** Chica fea y vulgar.                                                                                                          *** Forma despectiva de llamar al homosexual.