«Voy a apagar la luz para pensar en ti»

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III

Lloraba tierra.

De tanto repasar una lágrima, un polvo sucio había modelado recodos en la mejilla del hombre. Por alguna razón, ese reguerillo oscuro me pareció otra herida, el rastro de una pena vertida con los ojos clavados en las montañas. La oscuridad comenzaba a devorar el almendro, descendía en sigiloso planeo hacia la finca. Detrás de mí, sin embargo, la cordillera recogía los últimos fulgores. Debido a la expresión detenida en sus ojos, el hombre daba la impresión de encontrarse fascinado con la puesta del sol.

La visibilidad empezaba a ser escasa, pero suficiente para vislumbrar el círculo de las chapas, y sobre la línea casi invisible de lanzamiento, el tenis enlodado del haitiano. La sangre impregnaba camisa y terreno. Un olor penetrante, repulsivo como trago de agua putrefacta, cargaba el aire. Provenía del sudor atrapado en sus axilas y, aunque había reparado antes en ello, fue la evidencia definitiva: no se trataba de Papa.

(Edouard olía a perfume incluso cuando sudaba)

De todos modos, por si acaso, saqué el recorte de periódico del bolsillo. Con un hilo de aliento que apenas me alcanzó para desdoblar el trozo de papel —no conseguía refrenar los sofocos causados por el muchacho de la gorra—, estiré el brazo. Pero inclinada como estaba, la cabeza del haitiano no coincidía con el cuello de Papa. Intenté de nuevo, moviendo mi mano hacia la derecha, pero desde ese ángulo tampoco pude confirmar si aquella cabeza pertenecía al cuerpo decapitado en la fotografía.

De manera que avancé hacia el almendro. Mi pulgar herido palpitó: o la tierra invadía el hueco en la uña, o una corteza se endurecía sobre el dedo. Observé por largo tiempo el recorte. Aunque el encuadre no mostraba pruebas de excesos, los militares sonreían como en francachela. El más gordo sujetaba la metralleta contra el pecho, en actitud altiva, pero tan afectada que resultaba falsa. A su lado, había un soldado risueño con boina y fusil en ristre. A juzgar por su postura, trataba de proyectar una imagen de militar corajudo. Sin embargo, el gesto en su rostro lo traicionaba. Quizá volvía de correrse una juerga, tal vez evocaba una obscenidad cuando el fotógrafo accionó el obturador. Muy cerca del carialegre estaba Papa, el único de los tres con genuina apostura marcial, el único uniformado conforme el reglamento, y el único, desgraciadamente, sin cabeza.

Debajo de la fotografía, fechada en 1994, se podía leer:

 

Los militares patrullan desde ayer las calles de Puerto Príncipe. En la imagen (con boina) Prosper “Bounda” Bellamy, cabecilla del Frente por el Avance y Progreso de Haití, junto a dos golpistas no identificados.

 

«Golpistas». Mi madre balbucía, divagaba, desviaba la conversación, pero nunca explicaba con exactitud qué significaba aquella palabra. Durante mucho tiempo, creí que un golpista hacía eso: propinar puñetazos, romper narices, dejar sin sentido a su rival. Un día, sospecho que cansada de mi preguntas, me confesó que así llamaban en Haití a los «militares importantes». Experimenté entonces una oleada de euforia. Papa era amigo del general de la mandíbula prominente y golpista, o sea ¡todo un tutumpote!

A medida que su regreso se dilataba, mi madre dio a la palabra otros significados: «¡Déjame tranquila!» y «¡No seas tan necio, muchacho!». Para colmo, cada vez que pronunciaba una de estas frases, colocaba un coscorrón en mi cabeza, a manera de tilde. Pero los nudillos no apaciguaron mi curiosidad. Por eso elaboré otra definición con aquellas informaciones confusas y las palabras más repetidas del artículo: «poder efectivo», «Jean-Bertrand Aristide», «dictadura militar» y «americanos». Por tanto, «golpista» terminó significando algo así como:

 

Un militar importante y con el poder efectivo de Jean-Bertrand Aristide para dejar tranquila a la dictadura militar americana.

 

Al menos, sonaba interesante.

 

Ahora me pregunto cómo no sentí miedo. A fin de cuentas, aquel era un extraño que había visto agonizando. Por si fuera poco, según Frandy, un espectro transmutado en chivo vagaba por el monte cuando oscurecía. ¿Y si el fantasma caminaba errabundo convertido en muchacho con gorra? Las posibilidades eran remotas, pero por lo que pudiera suceder, me persigné cuatro veces. Así de raro era yo: la historia del chivo me hacía temblar, pero el difunto frente a mis narices no.

Confundir a Papa con ese hombre había sido una estupidez. No obstante, levanté el recorte por segunda vez y, colocándome a un lado del cadáver, contemplé su cabeza ladeada. Tenía sangre en los rebordes de la nariz. Mientras escudriñaba sus facciones, me pareció conocido, pero mi memoria mostraba resistencia a recordar de dónde. Era mi impresión cuando bajé el recorte para examinar sus ojos. Aunque muerto, algo resplandecía en aquellas pupilas, estremecidas aún por el trance último. No estaba equivocado. Había visto esos ojos antes. Y para ser exacto, en dos ocasiones. La primera vez

una voz de vibraciones graves acompañó los acordes iniciales del bolero:

 

Voy a apagar la luz para pensar en ti.

Y así dejar soñar a la imaginación…

 

En el pasillo de Radio Recuerdo, los gatos maullaban dando vueltas alrededor de un cuenco vacío. Apestaba a rancio, pero aquel olor no provenía de la mezcla de excremento y polvo que impregnaba la moqueta. Allí dentro se respiraba una desolación que la escoba de Mamá no desvanecía jamás. Un gato manchado como tigre trepó a una pila de vinilos.

La voz de Don Medardo escapó sorpresivamente de la cabina:

—¡Ahí tienes otra pista!

Un gato negro entró al pasillo y frotó su espinazo contra mis tobillos. Sin parar de remover las hilachas de carne que cargaba en una cacerola, afiné el oído, pero un estrépito de objetos no me dejó adivinar quién interpretaba:

 

Ahí donde todo lo puede, donde no hay imposible.

¿Qué importa vivir de ilusiones si así soy feliz?…

 

Don Medardo atacó de nuevo:

—Septeto Jabón Candado… Hermano de Alfredito y Óscar… ¡Voy a apagar la luz, Eduar!

El gato atigrado abandonó la pila de discos. Mis ojos se abrieron, emocionados. La carátula superior del rimero pertenecía a un bolerista vestido de etiqueta tropical. El disco llevaba por título «Negro bonito». Y para confirmarlo, el mulato de la fotografía sonreía, ensanchando su bigotito estilo Zorro.

—¡Vicentico Valdés!—grité.

—¡Vicentico Valdés!—repitió Don Medardo, complacido.­—Ahora dime, ¿a quién recomendarías este bolero?

Por un instante, la voz de Vicentico me arrastró a un lugar desconocido, donde el cielo era intensamente azul, las palomas batían sus alas y mi madre corría perseguida por Papa:

 

¡Cómo te abrazaré! ¡Cuánto te besaré!

Mis más ardientes anhelos en ti realizaré…

 

Los gatos hundieron su cabeza en el cuenco cuando eché la mezcla de carne y harina. Otro ruido de objetos se oyó en la habitación que Mamá desempolvaba.

—A los enamorados.

—¡Parfè, Eduar!

Don Medardo tosió. Luego, con un hilillo de voz, entrecortando las sílabas, dijo:

—Tu turno. ¿Hoy qué vas a enseñarme?

Entre el viejo locutor y yo existía un convenio que justificaba mi presencia en la estación. Ese acuerdo, firmado con ceniza sobre una carátula del Trío Matamoros, fue bautizado como «Pacto de Intercambio Cultural Mutuo» y, por medio de una cláusula nunca redactada, me hacía responsable de la alimentación de sus gatos. La reciprocidad de conocimientos era sencilla: a cambio de palabras en kreyòl, Don Medardo me enseñaba canciones. Todo comenzó como un juego mientras Mamá combatía la mugre de los rincones, pero con el transcurrir del tiempo, el viejo aprendió a pronunciar correctamente los acentos y yo logré diferenciar un son de una guaracha, sin ningún esfuerzo.

Mientras abultaban la tripa, los gatos hacían un sonido bronco similar al ronquido. Don Medardo me había dicho que así demostraban su alegría. Encogí el cuerpo hacía la moqueta. La cabeza de Lucho Gatica, el gato atigrado, quedó casi frente a la mía, tan próxima que podía sentir su olor, una mescolanza de pis, arena cagada y sudor.

—¡Minino!—le grité a Don Medardo, tendiendo una mano hacia Bienvenido Granda, el gato negro.

Desde el día que pisé Radio Recuerdo por primera vez, había despertado en él una atracción irrefrenable, un amor de «vieja mantenida» como definió Don Medardo, pues la pasión que Bienvenido manifestaba frotando su panza contra mis tobillos, era relegada sin contemplaciones en cuanto tenía comida delante.

La voz de Don Medardo atravesó un interludio de cuerdas:

—¿Chat? ¡Esa fue la lección de lunes! Qué mala memoria, profésé.

Era una voz gruesa pero grata al oído. La Voz de guarapo que durante décadas encarnó galanes de radionovelas, narró carreras de caballos y conmovió a miles con crónicas luctuosas. Sobra decir que cuando Don Medardo hablaba, liberando aquellas palabras empolladas meticulosamente, Mamá soltaba el plumero, cautivada por sus eses. Acaricié el espinazo de Bienvenido Granda. Los pelos erizados pincharon mi palma. El condenado revolvía todo con el hocico, empujando a Lucho Gatica, tragando sin masticar la carne.

—Entonces… ¡Viann!

—¿Cómo dice, profésé?

Viann, señor élèv. ¡Viann!

Viann. ¿Y qué significa, profésé?

—¡Carne, señor élèv! Repita: viann.

Pero del interior de la cabina, sólo escapó el vozarrón acompasado de Vicentico Valdés, anticipando el final del bolero:

 

Te morderé los labios, me llenaré de ti.

Voy a apagar la luz para pensar en ti…

 

Viann, señor élèv—repetí.

—Eduar…

La voz de Don Medardo murió en su garganta. Miré hacia la puerta entreabierta, coronada por un rótulo fundido que rezaba:

 

SILENCIO. EN EL AIRE

 

Esperé todavía unos segundos, pero la Voz de Guarapo había enmudecido. No hubo cambio de elepé, ningún avance informativo, tampoco escuché la grabación que Don Medardo reproducía continuamente para explicar que Radio Recuerdo transmitía «desde Santo Domingo, capital de la República Dominicana, a través de los 100.8 megahertz de frecuencia modulada.»

Un fatídico augurio replegó mi entusiasmo.

—Don Medardo…

Caminé por el pasillo. Aburrido de lamer el cuenco, Bienvenido Granda me adelantó. El corazón sacudía mi pecho con pulsaciones violentas. Había vinilos por todos lados: a lo largo del pasillo enmoquetado, apilados en el vestíbulo. Eran elepés de boleros, guarachas, merengues apambichaos. En las portadas, los artistas presumían su gloria imperecedera, sonriendo como Vicentico. Ante aquel silencio de mal agüero, sin embargo, esas caras radiantes se me antojaron macabras.

Mi voz fue un bisbiseo insuficiente para rasgar el silencio:

—Terminó el disco, Don Medardo.

Al empujar la puerta escuché un sonido: la aguja del tocadiscos rozando las estrías del vinilo. Después, poco a poco, la puerta fue descubriendo, con un agudo rechinar de bisagras,

una fotografía dedicada de Alberto Beltrán,

el bastón blanco,

un micrófono desplegado,

una taza de café,

el cenicero, donde humeaba un cigarrillo,

y a Don Medardo,

con el cuerpo inclinado hacia un lado, junto al tocadiscos. Bienvenido Granda subió a la repisa. Tras un instante de indecisión, comenzó a dar zarpazos cortos sobre la superficie del disco.

—¡No, Bienvenido!

Algo no andaba bien: Don Medardo seguía frente al micrófono sin moverse. Tiré al gato de un manotazo. Bienvenido primero maulló y después permaneció quieto, observándome. Entonces vi de lleno los ojos del viejo locutor. Allí dentro había existido siempre un fangal, donde una intrusa celebraba ahora su infamia, chapoteando. Un deseo de gritar me acometió inesperadamente. Notando quizá el fatídico acontecimiento, Bienvenido acudió a frotarse contra los pantalones de Don Medardo. Escuché un ronroneo a mi espalda: Lucho Gatica avanzaba hacia nosotros con la cola erguida. La cara del viejo parecía reseca. Y en sus mejillas afloraba ya una palidez mortal.

Los giros del vinilo estremecían suavemente la aguja. Trasladé el brazo del tocadiscos al extremo del elepé. De inmediato, el arrullo potente de Vicentico Valdés emergió de los violines:

 

Voy a apagar la luz para pensar en ti.

Y así dejar soñar a la imaginación…

 

La Voz de guarapo murmuró en mis pensamientos.

(Abre tus oídos a la música, Eduar)

El llanto me anegó los ojos.

(Escúchala)

Lucho Gatica maulló.

(Comprenderás las miserias de la gente)

Don Medardo había sido consecuente hasta la muerte. El cable que conectaba los equipos con la antena llevaba varios años roto. De todos modos, él madrugaba día tras día, para complacer al hipotético público que imaginaba ferviente de sus elecciones musicales. Tengo la sensación de que Alberto Beltrán, desde el cartel que colgaba encima del tablero, lo miraba con lástima. Desolado por la oscuridad del cuarto, augurio de lo que acontecería después del entierro —allegados codiciosos, subasta de discos, gatos envenenados, demolición del edificio—, sentí la obligación de cerrar sus ojos. Así que, reprimiendo los sollozos, plegué sus párpados. Acto seguido, razoné sobre la inutilidad del gesto. Desde los veinte años, Don Medardo vivía en tinieblas. No obstante, los ojos cerrados daban a su semblante otra expresión. Sin buscarlo, instalé alivio en su rictus.

Agarré el bastón de ciego. Bienvenido Granda dio unos maullidos largos. En cuclillas, acaricié con la mejilla su cabeza tibia.

—Sí, Bienvenido

En el plato del tocadiscos, el elepé de Vicentico Valdés daba vueltas. La vida podía escabullirse, vencida por las ausencias, el dolor, los infortunios, pero

(La música resiste siempre, Eduar)

Creo que me aclaré la garganta, tragué saliva, respiré profundo. No recuerdo bien. Pero en todo caso, mi voz temblaba cuando entoné:

 

Voy a apagar la luz para pensar en ti…

 

La segunda vez que vi los ojos del haitiano también había música.

Pero era distinta: una música de bullicio y algarada, de viernes dominicano. Curiosamente, ese ritmo armonizaba con el hervidero del barrio. Irrumpía como riada, enredando kòmpas y bachatas, aplacando el estruendo de claxones. Mi madre estaba en cama, con los pulmones inflamados. Yo intentaba restar importancia a sus males, pero sabía que eran graves. A Mamá le costaba respirar porque las paredes revenidas del cuarto la estaban matando. En la calle, los latidos del Pequeño Haití impulsaban un trajín de mercancías. Y esa música seguía perturbando con su cadencia de comparsa, animando el correteo de las putas, colándose por las grietas de nuestro cuarterío.

Había una cucaracha atrapada en el sumidero del patio. La observaba, reclinado en una persiana sin tablillas. Cada cierto tiempo, la cucaracha extendía sus alas para escapar, pero tropezaba siempre con los desperdicios del conducto.

—No te pongas así, por favor.

Las palabras de Mamá tenían una suavidad arrulladora. Si cerraba los ojos, podía imaginar una llovizna bajo sol, el pelaje de Bienvenido Granda, un fósforo despidiendo chispas. Cautivado, volví la cabeza. Mamá intentó animarme, sonriendo. Las costillas se insinuaban a través de su bata, transparentada por el sudor.

Chita tandé, souplé—dijo débilmente, palpando la sabana.

Y eso hice: sentarme a oír. Mamá acarició mi cabeza por un momento. Sentía el ardor de su cuerpo. Olía a ungüento mentolado. Cada noche, le frotaba espalda y pecho con aquel bálsamo. Después salía del cuarto y me volvía centinela de su angustia. El ungüento nunca bajaba la fiebre, pero al menos nos hacía olvidar el tufo a letrina del patio.

—Delia te cuidará. Es tu madrina.—Mamá me rodeó la cintura con un brazo, pero lo retiré enseguida—. Eduar, escúchame.

Me crucé de brazos, bajé la cara. No entendía por qué tenía que irme con aquella mujer, tampoco comprendía la actitud de mi abuela. ¿Por qué no estaba con su hija si vivía a dos cuadras? Mamá levantó mi barbilla y nuestros ojos se encontraron.

—Ahora más que nunca debes ser obediente.

—¿Y la abuela, manman? ¿Y si mejor voy con ella?

Una amargura repentina fue apoderándose del rostro de Mamá. De improviso, sus ojos brillaron con resquemor:

—¡No, con ella no!

—¿Por qué no?

—Déjalo, Eduar. No me siento bien.

Me levanté, furioso:

—¡Pues no voy con esa mujer!

No sabía con toda seguridad qué odiaba más de Madrina: si sus ojos burlones, o los comentarios mordaces. En todo caso, vivir en Carretero, un pueblo fronterizo que, según ella, nunca había aparecido en los mapas, sonaba a castigo. Madrina me repugnó desde el primer momento. Era una mujer emperifollada sin criterio. Tenía pómulos de chimpancé, mechones teñidos de púrpura, y la tarde que apareció en casa, un ridículo pantalón de lycra ceñía su voluminoso trasero. Mientras conversaba con Mamá, examiné su cabellera y las putas del cuarterío llegaron a mi memoria. Todos los domingos se reunían en el patio para suavisarse el pelo. Durante el tiempo en que reían, comparaban bimbines y compartían tragos de cerveza, las melenas brotaban bajo un abrasador efecto químico. Yo las observaba desde el cuarto, medio oculto por las ringleras de ropa, atraído por el olor a sábila o coco que cargaba el aire. A veces, las putas sumergían los cabellos en agua coloreada por jugo artificial. El resultado era invariable: cabellera lacia, teñida de colores tan irrisorios como «zapote verde», «cereza de temporada» y «uva de playa», el color más apreciado por todas, el mismo que Madrina lucía.

En eso pensaba cuando noté que sus ojos me estudiaban. No sabía si aquella mirada expresaba desagrado o disimulaba un odio inexplicable. Madrina encendió un cigarrillo, caminó por el salón y dijo:

—Bueno, es narizón, pero no salió tan prieto.

Había algo de genuina conmiseración en sus palabras:

—Pero que no hable patuá si quiere triunfar.

Mamá me agarró una muñeca y aquel recuerdo se evaporó. Bajo la débil presión de sus dedos había miedo:

—Tienes que ser obediente, Eduar.

—¡No quiero!

Sacudí el brazo, me deshice de ella y fui a la persiana. Debajo del fregadero, la cucaracha se revolcaba. El tubo del sumidero tenía cisuras y afluentes de agua sucia surgían entre las baldosas.

—Mírame, souplé.

Negué con la cabeza.

—¡Mírame, Eduar!

Prefería al insecto.

El ardor en mis ojos presagiaba llanto. No quería ir a Carretero con esa mujer. No quería ir a ningún lado. ¿Por qué me pedía eso? Papa vendría al Pequeño Haití. Y después íbamos a vivir felices los tres en Port-au-Prince. Desesperado, busqué amparo en nuestros planes, pero parecían recuerdos vagos de un tiempo remoto.

Mamá tosió. Aunque volví el rostro, no me acerqué a ella. Respiraba con dificultad, parecía a punto de vomitar, pero sólo trataba de arrancar las flemas del pecho. Cuando la tos paró, me devolvió una mirada desvaída:

—Edouard irá por ti a Carretero.

En vez de alegrarme, aquella noticia me sorprendió.

—¿Papa?

Mamá asintió. Como respiraba por la boca, un hilillo de saliva le empezó a escurrir por el mentón. Su voz sonó trémula.

—Por eso tienes que ir con ella, cariño.

—Júramelo.

Mamá quedó un instante en silencio, con la boca abierta. Al fin, repitió:

—Edouard irá por ti a Carretero.

—Júramelo, manman.

Pero cerró los ojos. Su pecho subía y bajaba con violencia. Afuera, el estrépito crecía. A la mezcla atronadora de ritmos se había sumado una salsa. Dirigí la mirada al portal y alcancé a ver, al otro lado del vestíbulo, los camiones con destino a Haití. Una puta de cabellera roja entro al cuarterío, acompañada de un cliente. Mientras subían las escaleras, tarareó algo incomprensible.

—Te lo juro, mi amor.

Escuché la voz de Mamá y rompí a llorar. Mi vida estaba dando un vuelco. Debajo del fregadero, los espasmos sacudían a la cucaracha. Cuando el temblor de sus patas cesó, se dejó llevar por un riachuelo negro. Me sequé los ojos.

—Cuando te sanes vas a…

Mamá estaba quieta, pero sonreía, observando las grietas del techo.

—¿Manman?

Toqué su frente. Aunque sus ojos miraban hacia arriba, no reflejaban el sol que penetraba en finos rayos, sino un abismo. Eran los ojos de Don Medardo, muy abiertos, sorpresivamente vacíos. Esta vez, sin embargo, sentí una desolación infinita. Tenía apenas ocho años y la presencia de aquella intrusa volvía a destrozarme. Cerré los ojos de Mamá, pero no me acurruqué contra su espalda como de costumbre. Ese cuerpo que siempre me había hecho sentir protegido, parecía distante. Podía tocarlo, es cierto, pero en realidad no estaba allí. De repente, escuché ruidos en la habitación contigua. Primero fueron los muelles de un colchón recobrando su posición, después una conversación:

—Me vuelves loca, papi.

—Porque estoy pagando.

—Te digo la verdad…

Y ya no pude contener el llanto.

(Por debajo del alambre, novela inédita, fragmento)

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«No digas que me viste»

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Uno

II

 

Corrimos pendiente abajo, avanzamos en el sentido de la alambrada, luego cruzamos los tablones del canal artificial y dejamos atrás la finca. La tierra crujía. Y con cada pisada, con cada hoja aplastada, dos palabras crepitaban en mis oídos.

(Pitit mouin)

Para llegar a la carretera, acortamos por el monte. A medida que nos abríamos paso a través de la espesura, una idea se fue metiendo en mi cabeza.

(Pitit mouin)

El ocaso había alborotado a decenas de mosquitos. Cuando atravesé el nubarrón de insectos, me vino una sospecha. Ni el zumbido de trompetilla, ni los picotazos y su consecuente ardor me agobiaron tanto como aquella emoción repentina.

(Pitit mouin)

Distinguí la copa del almendro en una colina y comprendí de inmediato que no me faltaba aire porque había corrido; una sospecha oprimía mi pecho, producía la sensación de asfixia.

Frandy separó las ramas de un arbusto:

—Mejor por aquí, ¡apúrate!

Empujado por la angustia, negué con la cabeza y no me moví.

«Hijo mío».

Un sentimiento terrible impedía a mis pies avanzar. Exceptuando mamá, nadie me había llamado así, ninguna persona vestía de ternura una expresión tan corriente. La parte lógica en mí rechazaba al hombre muerto, renegaba de cualquier lazo entre nosotros. El sector del fantaseo, en cambio, se aferró a una posibilidad escalofriante:

 

ATANSION

Consumido por la desnutrición y el agotamiento, Edouard Péralte, capitán del Ejército haitiano, regresa por su hijo tras finalizar con éxito una misión secreta.

 

—Eduar, ¡muévete!

—Voy a regresar.

—¿Qué?

—Olvidé mis chapas—mentí.

Frandy me miró con ojos sorprendidos. O no asimilaba del todo mis intenciones, o creía simplemente que había perdido el juicio. Al mismo tiempo que intentaba descifrar su prolongado parpadeo, la sensatez me impulsó a una orilla de la memoria donde las palabras de mi madre rompían, entretejiendo recuerdos, quizá inexactos o ilusorios, pero vitales en cualquier caso:

(No tengo sueño, manman. Háblame de Papa)

(Ya te dije: es un militar elegante, fuma puros)

(¿Y qué más?)

(Siempre cuida la raya de los pantalones al cruzar las piernas)

(¿Qué más?)

(Es un negro buenmozo, las mujeres fantasean con sus manos)

Cuando Madrina escarbaba en los recuerdos de mamá para avivar las incertidumbres entorno a Papa, yo encontraba refugio en aquella voz entre cariñosa y exasperada:

(¿Papa vendrá por nosotros?)

(Duérmete)

(¿En un tanque grande?)

(Sí, en un tanque grande, con escolta)

(¿Oliendo a perfume, manman?)

(Oliendo a perfume)

Pensaba a menudo en ese encuentro. Tras un largo periplo por terrenos escabrosos, Papa cruzaría la frontera en uno de esos vehículos blindados con cañón y tracción de oruga. En la calle, los niños correrían para alcanzar el tanque y las mujeres suplicarían por tocar al «haitiano apuesto». Más tarde, Papa entraría al cabaré de Madrina, rodeado de soldados y despidiendo un agradable vaho a roble. Con los codos apoyados en la barra, preguntaría en kreyòl:

—¿Quién es el niño junto al tocadiscos?

Yo soltaría el trapo de limpiar vinilos:

—Tu hijo, Papa.

—¡Pitit mouin!

Observaría los galones del rango de capitán en su manga.

—Sí, soy yo.

Edouard

Eduar. Es como tu nombre pero con menos letras. Mamá pidió «Edouard». La señora del registro entendió «Eduard». Y el escribiente copió «Eduar»… ¿No te acuerdas?

Papa acariciaría mi cabeza porque los militares no abrazan ni besan. Y finalmente, los miembros de su escolta romperían a palmotear en señal de entusiasmo.

Así tenía que ser nuestro encuentro, así había prometido mi madre que sería. ¿Por qué entonces aquel muerto me quitaba el sosiego? Papa no era un llorica. Papa jamás salía sucio a la calle. Papa nunca se arrastraba por el suelo… Bueno, quizá para avanzar bajo redes de alambre de espino, pero eso sí, flanqueado siempre por hombres rana.

En aquella época imaginaba La Sospecha como una señora embustera que fingía la voz de Madrina para exponer sus conjeturas. Que Frandy pusiera los ojos en blanco cuando mencionaba a Papa me tenía sin cuidado, pero abrir los oídos al sarcasmo impertinente de esa voz era insufrible. Digamos que, por ejemplo, le comentaba al barman del cabaré que Mamá solía consultar la lotería en mi iris derecho, pues al instante surgía un murmullo ensordecedor:

(Los prietos como tú tienen ojos negros)

Así, pues, olvidaba los ojos dorados y en cuanto empezaba a narrar detalles del glorioso arribo de Papa a Carretero, la puñetera vocecilla irrumpía nuevamente taponando mis orejas, debilitando mi voluntad de continuar el relato:

(Ya son tres años, papito, ¿y por qué no llega?)

No era nada fácil seguir esperando y al mismo tiempo hacerme el sordo. Ignorar la ironía de Doña Sospecha, es decir pasar por alto el tono burlón que empleaba Madrina para referirse a Papa, significaba apaciguar una ansiedad que luchaba constantemente con las promesas de Mamá. Muchas veces cerraba los ojos, con la frente apoyada contra la pared, o tendido en mi catre, y repetía hasta cansarme:

¡Papa es mano derecha del general de la mandíbula prominente!

¡Papa es un experto desarmando ametralladoras!

¡Papa

(vieja estúpida)

está vivo!

Los ojos de Frandy dejaron de taladrarme:

—Busca chapas en el mercado.

—No—lancé una rápida mirada a mi alrededor, la luz había dejado de proyectar sombras.—Tengo que volver, Frandy.

Él no parecía preocupado, pero sí perplejo.

—Allá tú, palomo.

Con un movimiento brusco, se hizo espacio entre dos tallos y la emprendió a toda prisa por un camino terroso. Después el silencio extendió un gran manto: arropó sus pisadas, ondeó con pliegues densos entre la arboleda, ahogó el zumbido de los mosquitos. Eché a andar por el atajo angosto que él había elegido, una especie de vereda con huellas de ganado. Giré en una bifurcación, avancé por un ramal inhóspito, y divisé a lo lejos el declive del canal de riego. A varios metros de allí, el almendro transmitía su desolación, recortado contra la oscuridad incipiente.

Me cuesta precisar cuándo noté los movimientos dentro de la maleza. ¿Me di cuenta antes de tropezar con el raíl camuflado en madera? No, creo que los advertí después. El pedazo de carril rompió la punta de mi tenis. Casi me derrumbé hacia un lado. A través de la abertura, asomó la uña ensangrentada del dedo gordo. Cuando lo presioné para detener la hemorragia escuché un enérgico manotazo, seguido de una palabrota en kreyòl. Sentí un temor nuevo, pero estaba tan obstinado en llegar al almendro que, apartando cualquier conclusión alarmante, supuse que Frandy había vuelto.

—¡Vete! ¡No necesito tu cabeza!—caminé por un sendero, en dirección opuesta a las ruinas del almacén.—¡Y palomo eres tú!

De repente, escuché con total claridad las pisadas, un crujir de ramas y nuevos

plaf

(¡nan gèt!)

plaf

(¡nan gèt!)

plaf

(¡med!)

El pánico me turbó de tal modo que permanecí inmóvil en medio del camino. Aquella voz no pertenecía a Frandy. Él tenía una disposición innata para proferir sanantonios, rasgo distintivo —junto con los tobillos despellejados— de los niños de Carretero, pero no hablaba patuá, como llamaba despectivamente al kreyòl. El zumbido de un mosquito resonó cerca. Alguien corrió entre los matorrales: sus pisadas primero se oyeron lentas, después muy rápidas. El mosquito posó sus pies en mi antebrazo, hundió el aguijón y lo despachurré con la palma.

¡Plaf!

Limpié mi mano del grumo sanguinolento y poco a poco, conforme transcurrían los segundos, cobré conciencia del error que había cometido. El golpe atrajo la atención del extraño: la dirección de sus pisadas cambió. En vez de escucharlas al otro lado del matorral, oí cómo se acercaban despaciosamente. Mis párpados cayeron vencidos por el miedo. Al cabo de unos segundos eternos, las pisadas cesaron. Entonces reuní valor, levanté la mirada y contemplé

la uña rota de mi pulgar,

boñiga seca,

piedras y yerbajos,

trozos de madera podrida,

la vía despedazada del ferrocarril

y un muchacho,

con una gorra calada hacia atrás, transpirando a chorros. Presumo que estaba tan aterrado como yo: un leve temblor sacudía su labio inferior. Algo abultaba su camisa en el costado izquierdo. Nos miramos un rato, con las mandíbulas tiritando en sincronía.

Pa di ké ou ouè-m—dijo, apuntándome con un objeto brillante.

Tenía la boca tan seca que no pronuncié palabra.

El muchacho empezó a retroceder. El objeto brilllante era un reloj de pulsera. Mientras dirigía sus pasos en dirección al almacén, insistió:

—¡Pa di ké ou ouè-m!

«No digas que me viste».

Sin darme cuenta prácticamente, se volvió un monigote veloz al final del sendero. Cuando sus pisadas se apagaron, nuevas preguntas enfilaron la espiral de mi ansiedad. ¿Quién era él? ¿Qué escondía bajo la camisa? ¿Por qué no podía mencionar nuestro encuentro? Pasé un buen rato preguntándome si tenía sentido lo que pretendía hacer. A esa hora, Madrina me esperaba en el cabaré para repasar la selección de boleros. El haitiano muerto no era Papa. Tenía que alejar esa idea de mi pensamiento, pero…

(Pitit mouin)

Lo imaginé reclinado contra una estacada

(Ya te dije: es un militar elegante, fuma puros)

o, mejor dicho, imaginé «aquello» que consideraba Papa:

(Ya son tres años, papito, ¿y por qué no llega?)

brazos fibrosos, pantalón de camuflaje,

(Sí, en un tanque grande, con escolta)

botas lustrosas, atadas por encima de los tobillos,

(Oliendo a perfume)

todo cubierto de sangre.

La incertidumbre destilaba agonía. Por eso, atento a cada sonido esporádico que escuchaba a mis espaldas, aguanté el dolor del dedo gordo, crucé los tablones del canal artificial y subí la pendiente…

(Por debajo del alambre, novela inédita, fragmento)

Por debajo del alambre (fragmento)

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Uno

 

I

 

Cuando hallé la imagen, tuve que esconder mi cara. Si Frandy me pillaba riendo, estaba perdido. Desde el árbol de quenepa, su cabeza parecía un melón. Era tan singular que la examinaba en secreto. Por su tamaño podía aparentar una sandía, pero si advertías la deformidad del cráneo pensabas en un coco. Frandy echó atrás la cabeza, sus ojos buscaron los míos, pero no habló. De pronto apoyó una rodilla en el suelo y empezó a clasificar nuestras chapas de refresco. Cubrí mi boca con la mano: tenía razón, aquella cabeza recordaba un melón.

Una sensación de borboteo recorrió mi garganta, desató una carcajada. La risa mudó en eco, se esparció colina abajo y fue tragada por el follaje. Frandy reunió las chapas en dos grupos. Sentí entonces remordimiento. Bueno, a decir verdad, no era pesar, sino más bien un malestar impreciso. Él era mi único amigo. Y para conservar una amistad hay que evitar ciertos juicios, reprimir el impulso de gritar: «¡En un circo, tu cabeza me haría rico!».

Frandy hundió un palo en el terreno.

—¿Y quenepa?—pregunté, tocando el racimo que colgaba frente a mí—. Intenta decir quenepa.

En el espacio formado entre mis piernas, vi su cuerpo inclinado hacia delante, mientras trazaba una línea.

—Baja—dijo, al fin, mirándome.

El sudor le escurría por la frente. En la frontera, el calor más envolvente escapa de la tierra.

Arranqué el racimo de quenepas:

Kénèp, se dice kénèp.

Moví las piernas para gozar el vacío que me separaba del suelo. Sin soltar el racimo, miré nuevamente bajo las ramas. Frandy se había agachado para dibujar un círculo. La risa por poco me ahoga. Observando con suficiente detalle, su cabeza no parecía un melón, sino una semilla de quenepa, una semilla descomunal de quenepa.

—¿De qué te ríes, narizón?—me gritó, arrojando el palo a unos matorrales.

«Narizón». Antes de continuar, voy a dejar en claro una cosa: yo tengo grandes las narices, es cierto, pero su cabeza era la más fea del mundo.

 

Me gustaba subir al árbol de quenepa y extender la vista por el campo. El sol atravesaba las hojas, calentaba mi cara. Había muchos parajes agrietados, pero también una prolongada extensión cultivada de plátanos. En los límites de esa plantación, empezaba una senda que conducía al almacén abandonado de sisal, un lugar que Frandy y yo rara vez pisábamos. Detrás del almacén se hallaba el lecho de un río extinguido. Y un poco más allá, una serie de montañas altas que eran Haití.

Durante el atardecer, esas montañas parecían tonos rebajados de una pintura. La luz palidecía sus contornos, acentuando el aspecto de lejanía. A veces un humo denso las desvanecía durante días enteros. Cuando eso ocurría, en el aire flotaban restos muy finos de madera calcinada y respirar ardía. Las montañas altas que eran Haití no brillaban ni siquiera en tardes como aquélla, que hasta las piedras centelleaban.

Frandy escupió sobre la tierra que cubría su chapa:

—Voy a comenzar sin ti, Eduar.

En Santo Domingo, yo era diestro con las bolas de vidrio. Atesoraba frascos repletos de ojos de gato, esas pequeñas esferas con un filamento interior que semejaban el ojo del animal. De vez en cuando jugaba con chapas, pero nunca como en Carretero, donde era parte del entretenimiento llenarlas de tierra. Cuando llegué al pueblo, me sorprendieron las peñas de juego. Eran auténticas cofradías dirigidas por pequeños rufianes con poder para cancelar partidas o rechazar jugadores.

Como pueden imaginar, en mi condición de forastero rasaba el suelo igual que las chapas. Podía participar en el juego, pero haciendo de espectador mudo, siempre de brazos cruzados y a la sombra. Mi situación me convertía en una carga vergonzosa, incluso para los «guanajos», una categoría que agrupaba a niños pequeños, novatos y jugadores degradados por rencillas interminables.

Los «guanajos» barrían el terreno de juego. Los «guanajos» tenían callos en los nudillos. Los «guanajos» no jugaban con muchachitos como yo porque

era «capitaleño»,

(Se cree mejor que nosotros por sus canicas)

«medio haitiano»

(Si pierde te hace brujería)

y para mayor escarnio, «torpe».

(Tira como una mujercita)

Un día, deambulando por el mercadillo, descubrí a un chico que revolvía la verdura podrida. La impresión que su cabeza causó en mí fue de consternación: se movía a ambos lados, sin intermisión, cual pesada mole a punto de derribar un muro. Desde un lado, aquella cabeza oblonga parecía una guanábana; desde el otro, un tinaco para almacenar agua. ¿Qué estoy diciendo? Era una guanábana y un tinaco para almacenar agua. No. Era una guanábana, un tinaco para almacenar agua, pero también el balón de basquetbol desinflado de Cayeyo, una bombilla, la Tierra vista desde el Apolo 17 y las nalgas de mi madrina sobre una silla. Todo al mismo tiempo.

El cabezudo estudiaba una chapa con residuos de tomate. Había escuchado a los «guanajos» intercambiar anécdotas fabulosas sobre él. De hecho, hasta imitaban su estilo de caminar, ese saltito encajado cada dos pasos que, según el canon reggaetonero, bastaba para intimidar, pero que únicamente invitaba al pitorreo.

Aquella cabeza multiforme reaccionaba cuando articulabas un apodo:

—¿Dedos de metralla?

El chico levantó la cabeza, pero la bajó enseguida y fingió examinar la chapa.

—Haz cita.

—Tú eres Dedos de metralla, ¿verdad?

Desde el suelo me dirigió una mirada de fastidio:

—No hablo con… ¿Eres «guanajo»?

En efecto, frente a mí estaba Frandy, Dedos de metralla, una gloria del juego de chapas. En aquel momento ignoraba que mi vida cambiaría, que ganaría un compinche, que mejoraría los lanzamientos. Y todo gracias al rasgo más llamativo de mi cara, un atributo que encantaba y repelía.

—¡Qué pedazo de nariz!—exclamó él, tras examinarme de pies a cabeza.—¿Y tú por cuántos respiras, chamaco?

Una ira repentina hincó mi pecho, revolviéndolo. Seamos sinceros, una cosa es tener conciencia de tus defectos y otra muy diferente que alguien haga alusión a ellos. ¿Qué se había creído el «globo terráqueo» ese?

—Respiro por mí y por tu cabeza.

Frandy me observó pasmado. Antes de que pudiera resarcir el agravio, ya se había levantado. Me sacaba una cabeza, poco más o menos, pero teniendo en cuenta las dimensiones de la suya, aquello era una barbaridad. «Me voy a quedar sin dientes», dije para mis adentros. Si sus dedos eran de metralla, los puños tendrían indudablemente dureza de acero. Frandy no dijo palabra, ni hizo el menor movimiento. Cuando apreté los ojos para recibir el primer puñetazo, rompió a reír. Mi descaro —¿o debería decir cobardía?— le había divertido. De esta manera, la Cabeza más grande de Carretero simpatizó por la Nariz más impresionante de Santo Domingo.

Una semana después, las peñas «chaperas» se disputaban mi presencia. A partir de entonces, los «guanajos» empezaron a chismorrear porque

era «pana» de Frandy,

(Se cree mejor que nosotros porque andan juntos)

«bueno» sacando chapas del círculo

(Aprendió haciendo brujería)

y con dedos «parejeros», es decir sin callos.

(¿Tú crees que se unta vaselina?)

Mi destreza repentina con las chapas no tenía nada de sobrenatural. Sólo me había convertido en el alumno aventajado del Método Dedos de Metralla, una táctica de lanzamiento inventada por Frandy y popular a ambos lados de la frontera. No estoy exagerando. Los niños primero memorizaban sus principios y después aprendían las tablas de multiplicar:

 

  • Lejos del círculo, golpeas la chapa con el índice.
  • Cerca del círculo, utilizas el pulgar.

 

—Voy a tirar, después no digas que…

Frandy no terminó la frase y avanzó hacia la línea de lanzamiento, trazada cerca del terreno levantado por las raíces de un almendro.

—Estoy bajando—dije, pero me quedé quieto.

Un cúmulo de mosquitos brilló por encima de los plátanos. Yo estaba un poco embobado con la luz derramada sobre el árbol. Mi mamá decía que los príncipes nacen cuando la tierra recibe el último fulgor del sol, durante esa porción brevísima del atardecer que llamaba curiosamente «hora dorada».

—Frandy, ¿a qué hora naciste?

No respondió. Y su silencio tenía una explicación muy simple. De todos los niños que conocía, Frandy era el único que manifestaba su enfado como adulto: arrugaba la frente, entrecerraba los ojos y enmudecía.

—Yo nací a las cinco y media—hice una pausa.—En la «hora dorada»—descubrí una quenepa especialmente gorda en el racimo.—¿Sabes qué pasó cuando Papa me cargó por primera vez?

—Cenó tu cerebro.

—¡Claro que no!

—¿No dices que es haitiano?

—¡Era la «hora dorada», cabezón! Y los

últimos rayos de sol iluminaban la habitación. Un destello escapó de mi cuna. Papa me tomó en brazos y descubrió trocitos de bronce dentro de mis ojos. Otro padre habría mostrado a su hijo, envanecido por los murmullos de admiración, pero él me escondió. Desde ese momento, sintió la necesidad de descifrar el misterio de mis ojos dorados. En lugar de dormir, se paseaba por la casa, pero por mucho que ahondaba, no lograba encontrar una respuesta al enigma. Durante las noches que pasaba en vela, Papa retrocedía a una etapa entrañable de su vida, o al menos eso creía Mamá, una época de recepciones con champán, juramentos de lealtad a la Junta Militar y puros importados.

A veces, él la despertaba al alba y decía con voz apagada que Simbi De Dlo, el general que habita las aguas, había meado mi cara para anunciar una tragedia. En otras ocasiones explicaba que mis ojos eran reflejo del fuego guerrero de un tal Ogoun. Después de muchas reflexiones, Papa viajó a Port-au-Prince convencido de que los luases habían depositado un mensaje fatalista en mis ojos. Cierto o no, a la semana siguiente, los infantes de marina expulsaron de Haití a su «jefe», un general de mandíbula prominente y apellido Cédras. Para entonces, Simbi De Dlo, Ogoun y demás amigotes habían borrado el color amarillento de mis pupilas.

Mi madrina no dejaba pasar oportunidad para señalar contradicciones, para insistir en que mamá había mitificado este capítulo de mi vida, un recuerdo que, como otros tantos vinculados a Papa, yo creía a pie juntillas. A causa de esas supuestas incoherencias, que ella ponía de relieve torciendo la boca,

(A mí me dijo que tus ojos eran verdes)

pocas personas creían mi versión.

Para ser totalmente franco, no me importaba. Mamá juró antes de morir que mis ojos despedían chispazos bajo la luz y que Papa me buscaría en Carretero. Habían transcurrido tres años desde aquella promesa, es verdad, pero él iba a aparecer tarde o temprano,

(Ueje, ueje)

y yo sería el primero en verlo, desde el árbol de quenepa.

Cuando Papa visitó Santo Domingo por última vez, yo acababa de cumplir dos años y ya farfullaba palabras en kreyòl. Por muy sorprendente que resulte, de esa visita quedaba en mi memoria un recuerdo que Madrina desconocía: la sensación de un perfume intenso, algo rancio, que picaba en la nariz; la prueba fehaciente

(Vieja amargada)

de que Papa existía.

Frandy meneó la cabeza, entornó los ojos al cielo y soltó un resoplido. Con la «hora dorada» había encontrado una estupenda conexión a mi monólogo favorito,

«Papa es perfecto»,

tema que, de tanto escucharlo, terminó aborreciendo. Por eso me callé. No le dije que durante la «hora dorada» sólo ocurrían cosas buenas. Los hijos de los reyes nacían. Tus ojos se volvían oro… ¡Y las quenepas gordas escondían semillas gemelas!

—Con esa cabeza, seguro tapaste el sol.

Frandy levantó hacia mí una mirada burlona:

—Pues yo al menos sí tengo cabeza.

Me dio por pensar que quizá merecía el comentario. Yo había disfrutado a costa de su melón-sandía-coco-quenepa y no sabía cómo era la cabeza de mi propio padre. La única fotografía que tenía de él estaba incompleta. Ilustraba el artículo sobre una conspiración para derrocar al presidente Aristide: tres hombres con metralletas, apoyados contra un jeep. La imagen estaba rota a la altura del cuello del tercer militar. El hombre sin cabeza tenía buen físico, botas de combate y pantalón de camuflaje. Ese hombre era Papa. Y en palabras de Madrina, su «decapitación» era tan precisa como sospechosa.

 

Me pareció escuchar un gemido en algún lado.

—¡Mi papa también tiene cabeza!—dije, inclinándome en dirección a Frandy.—¡Y no tires todavía!—mordí la cáscara ligeramente rugosa de la quenepa y asomó una pulpa doble.—¿Obiste? No bibes bobabía.

Un sabor ácido me llenó el paladar. Las semillas se habían separado. En lugar de chuparlas, me las pasé de una mejilla a otra. Como Frandy seguía sin contestar, metí el racimo de quenepas en un bolsillo y empecé a bajar del árbol. De repente sentí unos movimientos extraños. Algo se arrastraba por el suelo, pero no estaba seguro. No podía mirar a través de las ramas. Quizá había sido el viento que sacudía las quenepas: las hojas se frotaban unas contra otras, haciendo un sonido curioso, como de patas de iguana atravesando yerba seca.

Cuando miré hacia abajo, Frandy me estaba observando de una forma inquietante, con la boca abierta.

—¡Be vi! Bisaste ba binea.

Escupí una semilla y se lo repetí porque parecía ausente:

—Pisaste la línea, ¿verdad?

No respondió. Estaba paralizado, con la cara contraída. Pensé que observaba los matojos que crecían junto a la alambrada de la finca. Separé unas ramas y miré hacia allí, pero vi solamente la sombra del árbol de quenepa sobre hojas secas.

El aire se llenó sorpresivamente de un hedor a sobaco.

—Te vi, Frandy—mentí ante la posibilidad de tirar primero—. No seas tramposo.

Él me miró y como no parpadeaba, noté en sus ojos que intentaba decirme algo. Sin pensarlo dos veces, me colgué de una rama, salté y caí de pie, junto al círculo que rodeaba las chapas. Cuando me acerqué a Frandy y vi finalmente lo que él estaba viendo, sentí que mi garganta se cerraba.

Había un hombre tirado entre los matorrales. Tenía la piel muy oscura, negra como ese hollín que cubre los hornos de carbón. Una respiración agitada estremecía su pecho. Creí que estaba descansando de una larga carrera, pero justo entonces hizo una mueca y se llevó la mano a un costado. No pude reprimir un sobresalto: por entre sus dedos, brotó la sangre. El hombre apretó los ojos. Intentó aspirar aire, pero de su boca escapó algo parecido a un silbido.

—¡Vámonos de aquí, Eduar!—gritó Frandy asustado, y acto seguido empezó a recoger las chapas.

El hombre me paralizó con la mirada. Tenía unos ojos muy negros, nublados de dolor, que vibraban y morían. Esos ojos se apartaron repentinamente de los míos y contemplaron las montañas altas que eran Haití. No sé cómo lo consiguió, pero se arrastró hasta el tronco del almendro. Un chorro de sangre roció el suelo. El hombre señaló el monte con un dedo y me devolvió una mirada suplicante. La frente, los pómulos y las mandíbulas se crisparon en su rostro. Tragué la pulpa de quenepa. La semilla amargó mi boca.

Frandy me agarró del brazo:

—¿Me estás oyendo?

El hombre seguía mirando en dirección a los arbustos. Había soltado un tenis. Cuando vi la suela cubierta de barro y el cordón deshilachado en una punta, sentí una compasión indescriptible. Sin saber con toda seguridad por qué lo hacía, caminé lentamente hacia el almendro.

—Eduar, ¿adónde vas?

Aquel hombre parecía estar esperando algo de mí. Una lágrima escapó de su ojo y se mezcló con la sangre que ensuciaba su camisa. Le miré el pantalón: había cadillos en las perneras, unos puntitos verdes formando constelaciones sobre la tela. Me acerqué un poco más. Sus ojos me miraron con asombro y pude ver el resplandor de la «hora dorada» extinguirse en sus pupilas. En ese momento, un viento repentino barrió la tierra.

El hombre separó los labios:

Pitit mouin

«Hijo mío».

Aquellas palabras helaron el sudor que corría por mi espalda.

Pitit mouin—repitió mientras se apoyaba en el almendro y el polvillo grisáceo que había estado suspendido en el aire caía sobre sus cabellos. La mirada que, por un instante, escapó de su agonía repasó las montañas altas que eran Haití. A continuación soltó un gemido y su cabeza se inclinó de golpe.

—¿Qué dijo?

Me giré hacia Frandy. Estaba lejos, bajo el árbol de quenepa, intentando relajar el rostro, que mantenía tenso, con la expresión de todos los temores imaginables. Escupí la semilla, pero el sabor amargo permaneció en mi boca. El brillo fue desapareciendo lentamente de los ojos del hombre. Sólo entonces advertí un detalle que había pasado por alto: era haitiano.

—Murió—dije.

Frandy dio tres zancadas y se detuvo a mi lado:

—¿Cómo lo sabes?

No era la primera vez que estaba cerca de un muerto, pero había tantas voces dentro de mí, tantos pensamientos confusos, que no fui capaz de decírselo. Frandy miró al haitiano, hizo un gesto de repugnancia y dio media vuelta.

—Los muertos hieden.

Después corrió hacia los matorrales y desapareció.

En algún lugar del monte, se levantó el sonido agudo y continuado de un insecto. Sentía un vacío raro en el estómago. Bajo mi camisa, el corazón palpitaba fuerte. Los matorrales brotaban al borde de una pendiente árida, salpicada de guasábaras. Empecé a alejarme del almendro, volviendo la cabeza de vez en cuando hacia el haitiano. El crepúsculo cayó sobre las montañas altas que eran Haití. En cuestión de segundos, la «hora dorada» se esfumó, arrastrada por las sombras…

La última carta de Wesolowski

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Por Miguel Piccini*

Son las cinco de la mañana de un viernes de agosto. En el Colegio de los Penitenciarios, de Ciudad del Vaticano, un franciscano recorre los pasillos. De pronto, a sus oídos llega un rumor de voces. El religioso se acerca a una puerta, toca dos veces, pero nadie abre. Tras una espera de varios segundos, grita un nombre, pero tampoco recibe respuesta.

El franciscano lleva su mano al pomo, respira hondo y empuja la puerta. Una luz azulada baña las paredes y los muebles de una habitación pulcra. Delante del televisor encendido hay un hombre de cabello blanco, frente ancha y mofletes. Es Josef Wesolowski y, aunque tiene los ojos muy abiertos, lleva varias horas muerto…

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Tal vez nunca será posible reconstruir con exactitud las últimas horas de vida del ex nuncio apostólico acusado de abusar sexualmente de adolescentes dominicanos, pero el hermetismo entorno a su muerte sigue propiciando toda clase de especulaciones y teorías, pese a los esfuerzos de la alta jerarquía católica por cerrar el caso.

La nota sobre el entierro divulgada por Associated Press vuelve a plantear interrogantes. Son apenas tres párrafos acompañados por una fotografía de la ceremonia fúnebre. En la imagen, un grupo de allegados espera por el féretro mientras sacerdotes y monaguillos se organizan para despedir al ex prelado. El artículo sería irrelevante, salvo por un detalle: la mención de una carta —o cartas, según la agencia AFP— leída por familiares de Wesolowski durante el sepelio.

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En estas misivas, cuya transcripción no ha sido publicada por ningún medio, el ex nuncio insistía en su inocencia y alegaba que le fueron «atribuidas acciones que jamás cometió». Si las pocas informaciones que se pueden deducir son correctas, se tratarían de cartas enviadas por Wesolowski en fechas indeterminadas y que mueven a sospecha: ¿el ex nuncio presentía su muerte, son mensajes escritos cuando fue recluido en el Colegio de los Penitenciarios… o la revelación de una «despedida premeditada»?

La enfermedad imprecisa, oportuna y suspicaz

La muerte sorpresiva del ex nuncio generó un sinnúmero de hipótesis y no es para menos: con su desaparición física quedaba sin efecto un juicio que pretendía crear precedentes en la historia del catolicismo. Wesolowski era el primer ex obispo bajo arresto en el Vaticano, el primer ex religioso que sería juzgado por casos de pederastia y uno de los pocos en recibir la «degradación al estado laico», pena máxima para un prelado.

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Un día antes de la apertura del juicio, la salud del ex nuncio saltó a los titulares. Su abogado presentó un documento en el que certificaba que había sido ingresado la noche anterior en el hospital romano Gemelli. En aquel momento se habló de problemas cardiacos, pero poco después fuentes no oficiales del hospital declararon a la agencia AFP que Wesolowski habría tratado de suicidarse con una mezcla de medicamentos y alcohol.

A partir de entonces, las conjeturas más variadas sobre el estado real del ex nuncio se empezaron a propalar en todos los corrillos. Algunos medios señalaron que Wesolowski padecía problemas cardiacos, otros se limitaron a destacar unos quebrantos tan imprecisos como «apropiados» para evitar los tribunales, pero la hipótesis del intento de suicido continuó gravitando sobre Ciudad del Vaticano.

Finalmente, a las pocas semanas, el ex diplomático, que había nacido 67 años antes en la ciudad polaca de Czorsztyn, fue hallado sin vida en el apartamento donde guardaba prisión y, de inmediato, la autoridades explicaron que su muerte se había producido por «causas naturales», información confirmada días después a través de la autopsia encargada por la propia cúpula católica.

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Descorrer el velo tan tupido que cubre esta muerte, encargar otro examen al cadáver, entrevistar a las últimas personas que estuvieron con Wesolowski, romper la legendaria reserva del Vaticano suena a labor titánica, pero el Gobierno dominicano debería asumirla si aún pretende llevar algo de justicia a las víctimas del ex nuncio. Para empezar, habría que publicar el contenido de las citadas cartas, pero también investigar quiénes son las fuentes del hospital Gemelli que, aquella noche de julio, dijeron a los periodistas de AFP que Wesolowski había tratado de quitarse la vida con una mezcla de alcohol y pastillas.

(*) Publicado en la revista digital Retina

Notas: las fotografías pertenecen a agencias y medios digitales. Si desea que no aparezcan en esta nota, agradeceré me envíe un mensaje a piccini.miguel@gmail.com. 

“Indignarse no basta, hace falta acción” (entrevista publicada en Retina)

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Entre marzo y julio de 2014, Miguel Piccini (Santo Domingo, 1978) publicó Sonámbulos, una novela concebida para redes sociales: Facebook, Instagram y Twitter. Este ejercicio de literatura transmedia cuenta la historia de un grupo de zoner@s (jóvenes de la Zona Colonial) que se amotinan en el Palacio Consistorial para impedir que monumentos y edificios emblemáticos acaben como casinos de un proyecto turístico llamado Zonavegas.

La novela proponía tres niveles de lectura asociados entre sí, pero independientes. Los capítulos eran publicados tres veces por semana en la página de Facebook. Después, en la cuenta de Instagram, el lector tenía oportunidad de «visitar» los monumentos etiquetados. Y por último, a través de microhistorias de Twitter (entre 118 y 140 caracteres), conocer la identidad de los amotinados.

Esta rara avis digital es un homenaje al casco antiguo de Santo Domingo, pero también a esa juventud inquieta que, cuando es necesario, aparta la distracción del celular para alzar su voz contra los abusos políticos, religiosos y policiales, o, como ocurre en Sonámbulos, convertirse en centinela del patrimonio arquitectónico y monumental.

En esta conversación, el también guionista, periodista y columnista de Retina, nos habla de su experiencia escribiendo ficción para redes sociales y ofrece detalles de la etapa final del proyecto: el lanzamiento de un juego de mesa que recrea el argumento de la novela.

La entrevista completa en: http://retina.do/leo/entrevista-leo/1482/miguel-piccini-indignarse-no-basta-hace-falta-accion.html

Cuatro observaciones para Hipólito

1- “Hay gente que quiere modificar todo a uno, hasta cómo sentarse. Tendré que sentarme como un mariconcito”.

Como ya conoce la forma de sentarse de un “mariconcito”, no vendría mal una demostración. Digo: para alertar a la ciudadanía. De este modo, si un hombre cruza las piernas, la gente podrá gritar: “¡Peligro! ¡Un mariconcito!”.

Me sorprende su mala memoria. En el pasado, para referirse a los homosexuales, usó una expresión más denigrante y dominicana: “pájaro”. Sin embargo, en aquella ocasión, el colectivo LGTB resultaba favorable para sus aspiraciones.

(Ver desde el minuto 2:00 hasta el minuto 2:15)

TRANSCRIPCIÓN:

Hipólito Mejía: Yo tuve un movimiento: ‘Pájaros con Hipólito’. En Esperanza.

(Carcajadas de los tertulianos, entre ellos Ramón Núñez) 

Huchi Lora: (burlón) ¿¡Qué!? Eso… no puede ser, ombe…

Hipólito Mejía: ¿Qué tú quieres? Son una realidad. Hay muchísimos. Y nada más inscribió (el movimiento) a seis (al partido).

(Más risas burlonas de los tertulianos)

Hipólito Mejía: Esos pájaros son ricos todos. Ahí no hay pobres…

2- ”No, yo quiero ser como soy, al pan, pan, y al vino, vino… Mucha gente dice ‘tú no deberías decir eso’. Lo digo y qué”.

Lea esta oración cinco veces para que entienda su gran contradicción.

“Usted quiere ser como es” (y lo hace, no cabe duda). Y eso mismo desean homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales, etcétera. Perdón, para que me entienda: “el gremio de los mariconcitos”.

Mucha gente considera que usted es bruto por su forma tan campechana de expresarse. Asumo que no le molesta.

3- “‘Creced y multiplicaos’ y así no se crece. No hay forma de embarazar a un compañero tuyo”.

La realización personal no se alcanza necesariamente con hijos. Hay hombres y mujeres estériles, parejas heterosexuales que deciden no dejar descendencia.

Me vuelve a sorprender, mi querido. Reduce la sexualidad a la procreación. Usted que pregona “dar estilla”.

4- “Si a mí me toca firmar un decreto de matrimonio (igualitario), yo no lo firmo” (entrevista anterior).

Para firmar un decreto tendría que ser presidente y con estas declaraciones tan desafortunadas le costará muchísimo…

Aquí la nota publicada por El Diario NY:

http://www.eldiariony.com/hipolito-mejia-crea-polemica-por-comentarios-anti-gay

 

#puetapalomío

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Quienes me conocen, saben que soy muy activo en las redes sociales. Disfruto subir artículos periodísticos al muro de Facebook, publicar en Instagram fotografías de mis viajes y participar del intercambio de ideas políticas en Twitter. Esto explica por qué me chocan los comentarios de personas que adoptan el papel de censores y arremeten contra los usuarios que actualizan sus estados continuamente, comparten selfies, o tuitean a cada instante. El uso de las redes sociales es también un ejercicio de libertad individual, pues nadie está obligado a aceptar una solicitud de amistad, comentar un video o hacer like bajo tus fotos.

Con el tiempo, he descubierto que detrás de los críticos más airados se ocultan grandes «voyeristas», individuos que consideran impúdico publicar imágenes de un almuerzo, pero te espían, porque, gracias a las redes, pueden comerboca sin dejar rastro. Para alguien que pasa la mitad del año lejos de su país, estar conectado es fundamental, porque sólo así es posible seguir la actualidad política y, sobre todo, los cambios vertiginosos que experimenta nuestra sociedad…

Sigue leyendo esta Postal urbana en Retina.